Especial: Sobre la Resistencia a la Propaganda

Por Daniel Romo Vega

No hubo momento más preciso de comenzar este blog. Lamentablemente los tiempos no se han dado para terminarlo completamente y a esa tarea me dedicaré a partir de mañana. Por ahora nos centraremos en el tema de esta semana, que ha logrado opacar a nivel interno todo lo que interesa al país desde hace mucho tiempo: la demanda boliviana en La Haya. La gran pérdida de tiempo y dinero en el que se afanan dos países que será analizada en este espacio más adelante.

Hay cosas que he ido leyendo de los tweets que van saliendo a diario. Y otras que he ido meditando a medida que pasan las horas después de tan duro acontecimiento, como ha sido lo acaecido en la Universidad Nacional Arturo Prat. Algunos hablarán de «ataque», otros de «ajusticiamiento», pero lo cierto es que ha renacido la figura del paladín del pinochetismo y la extrema derecha en los medios de comunicación. De pronto dejamos de comprender la verdadera necesidad de separar lo que realmente cuenta de aquello que lo resalta a la opinión pública. Dicho de otra forma, separar la forma de su fondo. Por lo tanto la primera pregunta que debo hacer es ¿lo ocurrido es justo o no?

Pongámonos en contexto. Recién asumido el nuevo presidente de la república, comienzan a emerger muy lentamente las figuras de los probables candidatos a los siguientes comicios que se desarrollarán en cuatro años más. «Hay que ganar tiempo y espacio, es fundamental en todo proceso. La multitud es voluble, olvidadiza». Ese pensamiento ha utilizado hace mucho tiempo la clase política para permanecer largos períodos en el poder. Ejemplos hay muchos, desde Iván Moreira hasta Guido Girardi. (Así es, acá se habla de todos los espectros políticos, sin excepción).

Cuando todo el mundo tiene puestos los ojos en dos países debido a los alegatos en La Haya, y más de algún corresponsal internacional es enviado a presenciar y despachar notas sobre el ambiente social y político imperantes en Chile emerge la figura de José Antonio Kast, tratando de aparecer en los campus de universidades estatales tales como los de Concepción e Iquique, intentando hacer su discurso, que no es más que el burdo plagio de los intolerantes discursos del nacional socialismo impuestos por la propaganda del gobierno de Hitler para someter por la fuerza carente de razón a Alemania y llevarla a una guerra genocida. Ese mismo discurso pretende establecerse en Chile, convirtiéndonos de nuevo en un experimento a nivel mundial sobre lo que puede ser el nazismo como tendencia social y política.

Desde luego, se canceló dicho evento en Concepción, mientras que en Iquique ocurrió lo que se temía: una horda de estudiantes cede a la provocación de los sicofantes adherentes de Kast, golpeándolo y echándolo a patadas -literalmente- de la Universidad. ¿Un hecho fortuito? Claro que no. Esto estaba contemplado como una posibilidad cierta. No olvidemos que la dictadura militar en Chile promovió el nazismo en Chile, aunque muy veladamente para no provocar resentimientos ni repudios en gobiernos que hicieron «vista gorda» de lo ocurrido: Estados Unidos y el Reino Unido, por ejemplo. Francia y Alemania, muy informados de lo que estaba ocurriendo, no dieron ni siquiera una mirada a Chile. Claro, ellos por ley proscribieron la ideología nazi de sus respectivas sociedades.

De modo que ahora tenemos otro escenario muy conveniente para los intereses de la Propaganda de la derecha reaccionaria: la agresión a José Antonio Kast vista por el mundo entero. Recordemos que sólo un día antes el presidente de Bolivia, Evo Morales, dijo en La Haya que había sido tratado «como un indio» cada vez que había visitado Chile. Pues bien, ese discurso ha sido ratificado por actos como los acontecidos en Iquique, donde los estudiantes no resistieron la tentación de expulsar a patadas al líder de la ultraderecha quien en todo momento enarboló la bandera de la tolerancia, que no es más que un sinónimo de sumisión a sus ideas y que Karl Popper ha explicado estupendamente en varios tratados.

Visto el fondo, nos remitimos a la forma, descabellada y a la altura del accionar propuesto por los mismos simpatizantes del nazismo en Chile. No nos corresponde como sociedad reaccionar de esta forma, sobre todo si entendemos que las ideas de ultra derecha no se debaten ni se toleran, sólo se prohíben. Y es ésta la mayor deuda que nos tenemos todos como sociedad. Deuda que los altos dignatarios de la ley (como son los parlamentarios) no se molestan en saldar. Porque les conviene mantener en vilo y dispuestas a dichas masas para su propio provecho. Así de simple. No existe gran análisis.

Nos falta a todos -me incluyo- experiencia para afrontar los resabios de la dictadura, puesto que hay no pocos de ellos en nuestra sociedad. También en nuestra política. El más resaltado es nuestra Constitución, pero otras como el sistema de operar de las fuerzas armadas, orden y seguridad no deben estar ajenas a nuestra mirada.

Y acá viene la segunda pregunta: ¿Cómo debemos actuar? Creo que está bastante avanzada la respuesta. La intolerancia al nazismo propone como solución el simple silencio, con el cual la filosofía desaparece. La propaganda infesta el aire de mitos, fakes y noticias falsas que van saturando nuestras convicciones. Seamos proactivos a incentivar el debate de ideas realmente constructivas en las que consideremos un avance social y no el estancamiento en el cual la doctrina nazi habita.

Como final, quiero recordarles que la intolerancia en Chile ha cobrado demasiados ríos de sangre a lo largo de nuestra historia, desde el asesinato de los hermanos Carrera, pasando por la matanza de la Escuela Santa María de Iquique (curioso, la misma ciudad donde Kast desarrolló este guión), y por supuesto, la dictadura militar. No vamos a involucionar ahora. Recuerda que los intolerantes siempre ladran, pero son pocos los que se atreven a morderte. Con ellos sólo debes tener cuidado, pero jamás miedo. Y, menos aún, respeto.

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