Democracia sin Bastardos (Repudiar al Nazismo)

Por Daniel Romo Vega

En esta oportunidad, comenzaré proponiendo una conversación ficticia. Imagine usted una pareja en una mesa, y de pronto una de ellas interpela bruscamente a la otra, tratando de cautivar su atención.

Mira, quiero que me escuches… he sido repetitivo en esto porque, al final, sé que por cansancio dirás que sí. Tienes que entender: te regalo chocolates, te invito al cine, te llevo a fiestas, y hasta te limpio la casa. Te exijo que me ames, porque me preocupo por tí. No me interesa ni la loca de tu madre ni el pelmazo de tu viejo. Y ni hablar del drogadicto de tu hermano. Eres tú quien me importa. Y te lo pediría, pero suplicarte sería algo que no estoy dispuesto a hacer. Simplemente te lo exijo y esta situación termina. ¿Lo has comprendido…?

Ahora le pregunto: ¿estaría usted dispuesta (o dispuesto) a ceder un trato así? Lo más probable es que no. El punto a revisar es el sentimiento que fluye. El interlocutor acá trata por la fuerza hacer fluir un sentimiento como el amor, el que no está presente en la otra persona. Razones pueden haber muchas y no vamos a ahondar en ello.

La tolerancia entre las personas y también con las situaciones que les toca enfrentar fluye automáticamente de acuerdo al grado de empatía que tengamos con la situación o persona en particular. Somos tolerantes con la muchedumbre en el Metro porque comprendemos que todos tenemos derecho a llegar a nuestros destinos, ya sea el trabajo, el colegio, etc.. Pero también somos tolerantes con quienes sentimos genuina empatía. Una persona tolera una espera de atención del vendedor que está afanado atendiendo la tienda repleta… total, el empleado ya se ha acercado a ella y le ha explicado de alguna manera. La tolerancia -insisto- fluye implícitamente entre nosotros en nuestras interacciones sociales. Esto, por sí solo, nos hace crecer como individuos o entes sociales.

Adolf Hitler pasando revista a sus tropas en la PreGuerra

Un aspecto social fundamental entre nosotros debiera ser la política. Entre todos hemos tolerado cosas realmente muy graves en la sociedad y de pronto vemos que también nos ponen a prueba en este contexto, aprovechando el silencio hipócrita que hemos mantenido todos desde que tenemos conciencia de ella. De pronto despertamos y tenemos el nazismo tratando de hacer su reingreso triunfal a la historia; intentando, en esta oportunidad, ganar por la fuerza de los votos algo que alcanzaron de facto el año 1973. Y nuestra sociedad no sabe hacerle frente, simplemente porque no sabe cómo hacerlo.

La política chilena trata -cada vez con menos efecto- de mostrar una cara que no tiene, una democracia que no existe, si bien analizamos los actores que la componen y los hechos que van ocurriendo con los años. Vemos aún en estos días a personajes que fueron colaboradores activos de la dictadura. Se nos acumulan los Chadwick, Longueira, Coloma, Cardemil, Melnick, Larroulet… que aparecen frente a nosotros como los rostros de un gobierno neoliberal y democrático. ¿Cómo es eso?¿En qué momento ocurrió? Eso es tema para una columna completa por sí solo, pero para el caso que analizamos ahora constituye la base sobre la que descansa el discurso de José Antonio Kast, el cual exige tolerancia como una forma de sumisión. Ese es el caso que nos convoca, no confundir la tolerancia con la sumisión a una filosofía proscrita en gran parte de los países del orbe. En Europa no existe y, analizando el caso de Alemania, fue esa proscripción, juicio a los líderes y colaboradores del partido nazi, y la persecución hasta el cansancio de toda señal escrita o hablada de tan nefasta ideología lo que propugnó la alianza comercial y posterior amistad política con los países vecinos, incluso con aquellos que fueron invadidos por las fuerzas del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Vale decir, sobre las cenizas del Nacional Socialismo alemán asienta sus cimientos la democracia europea. No hubo convivencia con ellos. Sólo el encarcelamiento, muerte y proscripción.

El ingreso a Colonia Dignidad en los años 70

En Chile, la cosa es muy distinta, ya que los sicofantes seguidores del nazismo tienen una masa suficiente para decidir elecciones presidenciales. Y eso convierte a Piñera en cómplice silencioso de esta situación. De ahí que tengamos a dichos colaboradores trabajando junto a él por mucho tiempo más. O al menos hasta que el pueblo se decida a combatir y erradicar el nacional socialismo de una buena vez.

Eso nos pone una tarea importante: ya que los aparatos de la propaganda de la derecha estarán permanentemente dando pantalla a los exmiembros de la dictadura, es nuestro deber no darles espacio al debate, negar de facto lo indicado a quienes se escudan en la tolerancia para perorar su rancio discurso y avanzar en los debates políticos reales, aquellos que nos llevan a crecer como sociedad. Porque -dejémonos de cosas- a un nazi le importa bastante poco que a una abuela le alcance la pensión de hambre que percibe para llegar a fin de mes. O que a los estudiantes les asignen materias acordes a su formación académica y social. Todo eso lo recubren de propaganda. Joseph Goebbels sonríe desde su fosa común. Es nuestro deber disipar su placer con la indiferencia que da el poder del convencimiento.

Ingreso de las tropas aliadas en Berlín, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.

Y, por cierto, le doy mi receta. Medítela y aplíquela a su conveniencia: no escucho a Kast, no atiendo llamados de la UDI y cuando un admirador del nazismo se me atraviesa, lo bloqueo. En el mundo de las redes sociales, donde las casas centrales radican en los países que han desterrado la ideología del nazismo (o fascismo) les va a dar un enorme placer suspender de por vida la cuenta de uno de ellos. Ya me ha ocurrido con varios. Y luego que lo haga, revise por segunda vez las noticias, ya que más de algún hecho relevante va a pasar detrás de las noticias de los encuentros de Kast en Chile y no lo advertiremos. Por ejemplo, el día de la agresión en Iquique, Piñera ordenó aplicar la Ley de Seguridad Interior del Estado. Es ahí donde realmente van las cosas.

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