El Miedo en la Historia de Chile: PROHIBIDO REÍR (Parte II)

Por Felipe Pezoa Dittus

Como menciona Maximiliano Salinas en varios de sus trabajos, en los inicios del período republicano se fue dando un rechazo por parte de la élite hacia las expresiones festivas del bajo pueblo. Sin embargo, las prohibiciones de los juegos y fiestas populares tienen una data más antigua, pues ya en la Colonia las autoridades hispanas trataron por todos los medios de censurar juegos tales como el palín (por ser considerado un “atentado a la moral” ya que los hombres jugaban casi desnudos, y las mujeres se cambiaban de ropa), las peleas de gallos e inclusive los volantines, pues al caer sobre los techos provocaban la caída de tejas y las consiguientes lesiones en la cabeza.
No obstante, durante la República se fue dando una mayor intolerancia y censura hacia las fiestas del bajo pueblo, por cuanto en la etapa colonial muchas veces las prohibiciones fueron burladas o quedaron sin efecto, limitándose las autoridades a reglamentarlas. Varias figuras de la historia local se caracterizaron por su seriedad, como Andrés Bello (que rechazaba la comedia de Aristófanes por considerarla inmoral), Diego Portales (que se limitaba a escuchar música en las chinganas, sin beber nunca) o Manuel Montt (de quien Sarmiento afirmó que nunca lo vio reír); no sería casualidad que ambos pasaran a formar parte de la galería de personajes ilustres de la historia “oficial”, pues encarnaron el ideal burgués y serio que, a juicio de la elite, debía caracterizar a los ciudadanos, a la “gente de bien”, poco dada a la risotada y a las burlas. Lo mismo puede decirse de figuras más recientes, como Jorge Alessandri (apodado “Don Malas Pulgas” en la caricatura de un diario) o Augusto Pinochet, que reconoció ser “fome para el trago, fome para la comida, fome para las fiestas” y bajo cuya dictadura (debido al toque de queda) se puso fin a la vida nocturna que caracterizó al Chile de mediados del siglo XX.
Retomando la idea, la clase dirigente por un lado trató de reglamentar las expresiones festivas populares, sin éxito. Así ocurrió por ejemplo con las chinganas en Valparaíso en 1848, o los baños en la playa del puerto veinte años después, prohibiéndose entre otras cosas el bañarse sin ropa. Por otra parte se pasó a la crítica y censura de tales manifestaciones, como ocurrió con la fiesta de la chaya o challa en Santiago. Esta fiesta se celebraba entre enero y febrero de cada año (durante la época del Carnaval, antes del inicio de la Cuaresma), y en ella los participantes se arrojaban agua y harina, entre otras cosas. Este jolgorio fue visto con malos ojos por las autoridades ya desde la Reconquista, al ser prohibida por el gobernador Marcó del Pont (retratado como afeminado por la “historia oficial”), y más adelante por O’Higgins y Manuel Montt. La élite criticaba el que la “gente de bien” fuera ensuciada por la plebe partícipe de la fiesta, así como que el comercio cerrara durante los días de carnaval; un tercer motivo para sus protestas era que muchas veces estallaban reyertas, que culminaban con muertos y heridos. Las detenciones policiales de personas que celebraban la chaya (por ebriedad y desórdenes) se hicieron frecuentes, desde finales del siglo XIX; también durante esos años, y en especial tras la guerra civil de 1891, la celebración de las Fiestas Patrias y Navidad fue perdiendo su carácter popular, pasando a ser expresiones sobrias y privadas. La Iglesia Católica tuvo un rol importante en la crítica al carnaval y sus desbordes, así como a la hora de prohibir otras expresiones festivas: el padre Sebastián Englert prohibió en Rapa Nui los koro ei, fiestas de cantos de maldición, en donde dos grupos rapa nui se burlaban del contrario por medio de cantos, perdiendo el primero que se enojaba. Englert los consideró una mala costumbre y las prohibió hacia 1937; también los grupos protestantes, y en especial los pentecostales, se han caracterizado por su seriedad y oposición al consumo de alcohol. Asimismo las fuerzas de orden, junto con detener a los participantes de la challa, reprimieron fiestas como el chiajóus, (ceremonia de iniciación yagán) en 1935 tras la muerte accidental de un joven. Debido a este incidente prohibieron a los yaganes de Navarino que volvieran a realizar la ceremonia, bajo pena de arresto.
Empero no debe pensarse que el carnaval desapareció de nuestra cultura, pues la challa permaneció durante buena parte del siglo XX en ciudades como Iquique (como lo muestran los relatos de Carlos León y Sady Zañartu) y Copiapó, por ejemplo; en el barrio Yungay se ha vuelto a celebrar la fiesta de la challa en los últimos años, aunque sin alcohol. Además se podría decir que si el carnaval fue perdiendo popularidad en Santiago, surgió otra celebración que fue cobrando importancia: la Fiesta de la Primavera, iniciada en 1913 por estudiantes de la Universidad de Chile y celebrada por última vez en 1972. En ella los jóvenes creaban carros alegóricos (como la famosa Máquina Mardones, que servía para enderezar…), se elegía a una reina y se hacían concursos literarios y bailes. Tras el Golpe hubo intentos infructuosos por replicarla, hasta el año 2017 por parte de la FECH.
De todas formas se mantiene la imagen de que Chile no tiene carnaval, debido al miedo que ha tenido la elite al desorden popular, a la pérdida de tiempo y a la criminalidad y embriaguez. De hecho muchas figuras célebres de nuestra historia que se caracterizaron por su alegría, como Gabriela Mistral y Violeta Parra, han sido transformadas por la cultura dominante en personajes serios y trágicos. Nuestra oligarquía se ha comportado desde hace más de cien años como el perro del hortelano: no ríe ni deja reír al resto. 

Chingana del siglo XIX

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