El Miedo en la Historia de Chile. Miedo, política y conflictos sociales en los años veinte (Parte III)

Por Felipe Pezoa Dittus

Afiche de la candidatura de Alessandri, en 1920

Una constante a lo largo de nuestra historia y geografía ha sido el miedo, por parte de los grupos dirigentes, al robo de sus propiedades por parte del Otro, es decir los grupos marginados de la sociedad (pueblos originarios, bajo pueblo), independiente de que sus bienes los hubieran obtenido gracias al esfuerzo (palabra muy manida por este grupo) o por el fraude y despojo, como ha ocurrido al sur del Biobío. Ya mencionamos en nuestra primera columna el rumor de que la primera Junta de Gobierno en 1810 iba a expropiar tierras e inmuebles a la Iglesia; tales rumores y miedos se suelen manifestar en períodos de crisis sociales, como ocurrió hacia 1850-51 cuando, durante la expansión de la Sociedad de la Igualdad (de tendencias liberales y contraria al orden autoritario y conservador) circularon alarmantes noticias en la prensa, referentes a que la agrupación lanzaría a sus seguidores al saqueo de las propiedades de la elite. En ellas aparece una idea que se haría recurrente en los medios oficiales chilenos a futuro, en especial durante el siglo XX: el bajo pueblo “bueno” (en este caso los artesanos) es “corrompido” por líderes ambiciosos, que sólo buscan “aprovecharse” del robo de bienes en beneficio propio, utilizando para ello doctrinas “foráneas” y “perniciosas para el orden social” ¿Le suena conocido este discurso, estimada lectora/lector? Si la respuesta es afirmativa, se debe a que el miedo oligárquico al Otro y al robo de la propiedad ha sido una idea fija en el imaginario elitista, desde los inicios de nuestra vida republicana. Este miedo se manifestó con mayor fuerza durante el siglo pasado, ya fuera ante las movilizaciones populares y obreras (como aquella que culminó con la masacre de la escuela Santa María, en Iquique en 1907) o frente a algunas campañas políticas y gobiernos en el siglo pasado, como veremos a continuación.
1920 fue un año agitado, desde el punto de vista político y social: frente a la candidatura del liberal Arturo Alessandri, sus rivales políticos conservadores y el gobierno de Sanfuentes desencadenaron una fuerte campaña que podemos calificar de patriotera y xenófoba, ya que el León de Tarapacá fue acusado de estar vendido al “oro peruano” (en futuras campañas se hablará del “oro de Moscú”), y el Diario Ilustrado, periódico de la Iglesia Católica, lo acusó de querer convertirse en el “Lenin chileno”, utilizando los sucesos de la Rusia de entonces como una herramienta para atemorizar a una parte de la población ilustrada, con respecto a los supuestos planes maximalistas de Alessandri. Por su parte el ministro de guerra Ladislao Errázuriz, basándose en la supuesta movilización de tropas peruanas y bolivianas a la frontera, envió a los militares al norte; ello no habría sido más que una excusa para que la guarnición de Santiago (que apoyaba a Alessandri) no pudiera votar. De allí que se hablara de la “guerra de don Ladislao”, fuertemente criticada por grupos como la FECH y la Federación de Obreros de Magallanes, ante lo cual los grupos nacionalistas respondieron atacando el local estudiantil el 21 de julio, quemando libros y destruyendo el mobiliario, todo ante la impasible mirada de la policía. Peor fue lo ocurrido a la FOM: el 27 de julio en la noche su lugar de reunión fue atacado a balazos e incendiado por nacionalistas, matando a aquellos que intentaban escapar. Algunos obreros fueron capturados y “fondeados” (arrojados al mar) en el estrecho de Magallanes, salvándose al menos uno de ellos, que contó el espantoso hecho. A pesar de todas estas maniobras brutales y de la que sería la primera «campaña del terror» en nuestra historia, Alessandri se impuso a su contendor Barros Borgoño, pero ello no significó el fin del miedo de la oligarquía hacia el representante de las clases medias.
En 1924 surgió la organización oligárquica TEA (siglas de Tenacidad, Entusiasmo, Abnegación), compuesta por militares de alto rango y civiles como el ya mencionado don Ladislao y Jorge González Von Mareés (futuro líder del Movimiento Nacional Socialista), que buscaban derrocar a Alessandri y que efectuaron actos terroristas como la instalación de una bomba en la casa del gran maestro de la masonería santiaguina, o el ataque nocturno a un ministro, dejándolo semidesnudo. Si bien este grupo no pudo derrocar al presidente como era su intención, debido al “ruido de sables” y la posterior renuncia de Alessandri en septiembre de ese año, su creación y acciones de tipo fascista nos muestran el grado de temor y odio que provocó el jefe de estado en un sector de la oligarquía, con su discurso violento y personalista. Empero no hay que olvidar que durante su gobierno se efectuaron masacres como la de la oficina salitrera San Gregorio (1921) y la de La Coruña en 1925, en donde el Ejército bombardeó la instalación y asesinó a cientos (algunas fuentes hablan de miles) de trabajadores salitreros, mujeres y niños.
Lo anterior nos lleva a un aspecto característico de la historia social y política chilena reciente: la represión y aniquilación del Otro, en especial durante las primeras décadas del siglo XX. En esto no sólo se destacó Alessandri durante sus dos gobiernos (como lo muestran las matanzas de Ranquil en 1934, y la del Seguro Obrero en 1938), sino también la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo entre 1927 y 1931. Durante el régimen del “Caballo Ibáñez” las torturas con electricidad y golpes contra los opositores, y en especial contra los adherentes de izquierda, se convirtieron en algo común; lo mismo pasó con las relegaciones, expulsiones y desapariciones de personas, como el “fondeo” de homosexuales que habría ocurrido durante estos años, un hecho rumoreado durante décadas pero nunca confirmado. Tampoco debemos olvidar que fue Ibáñez quien centralizó las policías existentes, creando en 1927 el Cuerpo de Carabineros, policía militarizada que en el último tiempo ha sido criticada por su corrupción y excesiva violencia, aunque esto último la ha caracterizado desde sus inicios, por desgracia.

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