El miedo en la historia de Chile. Polarización política y miedo durante los gobiernos radicales (1938-1952) (Parte IV)

Por Felipe Pezoa Dittus

La campaña presidencial de 1938, en donde tres candidatos se disputaron el sillón de O’Higgins, puede ser considerada como la segunda “campaña del terror” efectuada en nuestra historia reciente, debido a las acusaciones y exageraciones proferidas en especial contra el radical Pedro Aguirre Cerda (abanderado del conglomerado de centro-izquierda del Frente Popular) por parte de la prensa oficialista y los partidos de derecha, que apoyaban al candidato Gustavo Ross, ex ministro de Hacienda durante el segundo gobierno de Alessandri. El tercer candidato, el ex dictador Carlos Ibáñez del Campo, basaba su apoyo en el Movimiento Nacional Socialista y otros grupos independientes de izquierda, aunque tras la masacre del Seguro Obrero (ocurrida el 5 de septiembre de ese año) renunció a su candidatura, por lo que sus seguidores comenzaron a apoyar a Aguirre.
Al igual que lo ocurrido durante la campaña de 1920, en estas elecciones se abusó del miedo al Otro para perjudicar al rival, sobre todo por parte de los sectores oficialistas y los grupos más conservadores de la elite. Afirmaron por ejemplo que, al igual que lo que ocurría en España en esa época, el Frente Popular chileno provocaría el caos social, persiguiendo al clero, destruyendo iglesias, saqueando bancos y arrebatando las propiedades a sus dueños; el propio Don Tinto refutó en un discurso la imputación de que desencadenaría una persecución religiosa, añadiendo que se había ordenado a los sacerdotes refugiarse fuera de Santiago. No obstante también el FP cayó en el juego de la deslegitimación, señalando que en caso de que triunfara Ross, se instauraría un gobierno fascista y perjudicial para las masas (señalando irónicamente: “si a Ross tenemos, arroz no tendremos”); además el abanderado de la derecha fue apodado “el último pirata del Pacífico”. Por si lo anterior no hubiese sido suficiente, durante la campaña hubo denuncias de ataques políticos por parte de los adherentes de ambos candidatos, y tras el conteo de votos que le dio el triunfo a Aguirre Cerda por una pequeña diferencia, comenzaron a circular rumores de golpes de estado que evitarían la llegada de Aguirre a La Moneda, y la Bolsa comenzó a bajar, ambas situaciones que se repetirían en la campaña de 1970.
A pesar de que el candidato frentepopulista ganó la elección de manera limpia, algunos grupos conservadores, antimarxistas y fascistas no abandonaron su desconfianza hacia el mandatario, lo que se manifestó por ejemplo en algunos complots para derrocarlo: ya en julio de 1939 una agrupación nacionalista y antimarxista llamada Frente Nacional Chileno (integrada por algunos oficiales castrenses y ex miembros de la Milicia Republicana) planificó apoderarse de radios y oficinas gubernamentales, para así generar la caída del gobierno de Aguirre Cerda. Si bien esta conjura fue desbaratada tras ser descubierta por agentes de Investigaciones, un mes y medio después se llevó a cabo otra intentona golpista, cuando el general Ariosto Herrera (relevado de su cargo de comandante en jefe de la II División tras descubrirse su postura favorable hacia los militares partícipes del complot de julio) se atrincheró en el regimiento Tacna, junto con Ibáñez. Herrera deseaba implantar un régimen fascista en Chile tras derrocar a Aguirre Cerda, pero la fidelidad constitucional del resto del Ejército y el apresamiento de oficiales rebeldes en otras unidades, provocaron el fracaso de la sublevación. Además hubo un gran apoyo ciudadano al gobierno, expresado en una multitudinaria concentración de veinte mil personas reunidas alrededor de La Moneda, para defender al gobierno; el propio presidente dejó en claro a sus ministros que estaba dispuesto a “morir matando (con una pequeña pistola que poseía) en defensa del mandato que me dio el pueblo”. Los responsables fueron condenados a penas de confinamiento en diversas ciudades latinoamericanas, aunque en 1941 fueron amnistiados; Ibáñez huyó y se asiló en la embajada paraguaya.
Pocos años después el miedo y odio hacia el comunismo volvieron a expresarse con fuerza, durante el gobierno de Gabriel González Videla: por un lado surgieron grupos como la Acción Chilena Anticomunista (ACHA), un grupo armado nacionalista compuesto por militares en retiro, civiles y miembros de diferentes partidos políticos (desde conservadores hasta socialistas), que llevó a cabo acciones callejeras de propaganda y violencia en contra de comunistas y todo aquel que protestara contra las alzas de precios; también ocurrió en esos años un ataque armado contra la embajada soviética, un hecho muy poco conocido y nunca aclarado (Neruda llegó a responsabilizar a Investigaciones en el atentado, como lo señaló en su discurso Yo Acuso), que refleja la odiosidad de ciertos grupos contra el marxismo. Por otra parte, y debido a diversos factores (huelgas en las minas de carbón, sectarismo y persecución de comunistas contra miembros del PS, crecimiento electoral del PC) llevaron a González a romper relaciones con los países de la Cortina de Hierro en 1947, a la detención y prisión de dos mil comunistas en el campo de reclusión de Pisagua (a cargo del entonces capitán Augusto Pinochet), y a la aprobación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia el año siguiente, que proscribía al PC local. Lo anterior no sólo provocó miedo y sufrimiento a los adherentes comunistas y sus familias, por las consecuencias inmediatas que se generaron (despidos, violencia y torturas), sino que también evidencian el temor y odio que había llegado a generar el marxismo en una parte de la población, que se ha mantenido con algunos matices en la actualidad. La llamada “ley maldita” fue derogada diez años después, como parte de una campaña de parlamentarios de centro e izquierda que buscaban reformar el sistema electoral vigente y poner fin al cohecho, a través del establecimiento de la cédula electoral única y el fin de la proscripción al comunismo. 

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