El miedo en la historia de Chile (VIII). El reinado del terror en los primeros años de la dictadura (1973-1980):

La «parrilla», técnica de tortura habitual durante la dictadura, dibujada por el ex prisionero político de Villa Grimaldi Miguel Montecinos (extraído del sitio https://villagrimaldi.cl/historia/formas-de-tortura/).

Si hay algo que caracterizó a la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet (1973-1990) fue su violencia, inédita hasta entonces en nuestra historia. Si bien nuestra historia no ha estado exenta de derramamientos de sangre, como lo muestran las masacres, persecuciones a los pueblos originarios y conflictos bélicos internos o con nuestros vecinos del norte, en este caso el odio al Otro (la población militante o con simpatías por los grupos de izquierda), llevó a que una parte de los chilenos quisiera exterminar a aquellos que no pensaran como ellos. Este sentimiento fue alimentado por la prensa y otros medios de comunicación, así como por influencias externas: por medio de la Escuela de las Américas, el gobierno de EEUU difundió la Doctrina de Seguridad Nacional, que postulaba que el comunismo soviético se expandiría por el hemisferio occidental a través de guerrillas y movimientos sociales. De allí que toda manifestación a favor de mejoras o cambios en la economía y sociedad vigentes, independiente de su afiliación política, pasara a ser vista como una “herramienta” del marxismo ateo y foráneo (interpretación sesgada que aún persiste en la sociedad latinoamericana actual). Como respuesta a esta amenaza percibida, las fuerzas armadas al sur del río Bravo fueron adoctrinadas para la lucha sin cuartel contra el “enemigo interno”, validándose moralmente toda forma de lucha en su contra; todo era válido para extirpar el “cáncer marxista”. Lo anterior nos ayuda a entender la profundidad y amplitud que tomó la represión estatal contra la izquierda en Chile, a partir del 11 de septiembre de 1973.
La erradicación y exterminio de la ideología marxista, y de sus adherentes, tomó varias formas: la más conocida fue la represión física, por medio del encarcelamiento de opositores al régimen y en particular por los asesinatos y ejecuciones ilegales de miles de personas (unas 2.130 aproximadamente, incluyendo 221 menores de 20 años), a veces como resultado de consejos de guerra basados a su vez en pruebas obtenidas bajo tortura. Otro medio particularmente cruel e injustificable fue la desaparición forzada de personas durante la dictadura, en especial en sus primeros años: a lo largo del período dictatorial se hicieron desaparecer unas 1.095 personas (incluyéndose 86 menores de 20 años, y restando los 7 casos de falsos detenidos desaparecidos); hasta la fecha se han encontrado restos de un poco más de cien de aquellas víctimas. Las cifras anteriores son aproximadas, y tal vez nunca sepamos la cifra completa de seres humanos, que sufrieron la muerte a manos de sus propios compatriotas, y que hasta hoy sufren del olvido e indolencia del estado y la clase política, que han hecho muy poco para esclarecer la verdad de lo ocurrido. La tortura física y psicológica de los prisioneros de esta desigual “guerra”, que duró sólo un día (pues el 11 de septiembre sólo hubo enfrentamientos en La Moneda, Tomás Moro, población La Legua y Neltume) y que por parte de las FFAA sólo tuvo 111 víctimas en 17 años (incluyendo aquellos que murieron por disparos accidentales), también fue un método para generar terror entre los opositores al régimen de facto, por medio de diferentes técnicas como la “parrilla” (que ilustra esta columna), el “submarino” seco y húmedo, palizas, violaciones (a veces utilizando perros entrenados para tal fin), uso de drogas e hipnosis, entre muchas otras. Estas tres formas de erradicación del marxismo ayudaron a expandir el terror en una parte importante de la población nacional, así como otras tales como el soplonaje y el uso de delincuentes y personas doblegadas por la tortura, para infiltrarse en las organizaciones clandestinas de izquierda. Hasta hoy muchos justifican este aberrante actuar, o lo minimizan diciendo que Pinochet no sabía de tales excesos, pero su conocida frase “Aquí no se mueve ni una sola hoja sin que yo lo sepa” y la investigación que ordenó realizar a su ministro de Defensa, general Herman Brady, en 1976 (y que consignó diversos casos de asesinato y violaciones a mujeres de diferentes edades, por parte de miembros del Ejército) demuestran que supo desde un principio lo que ocurría.

            Un elemento que contribuyó al odio de los militares y sus adherentes civiles hacia la izquierda, fue el famoso Plan Z, supuesto programa de exterminio de la oposición por parte del fenecido gobierno de la UP. Nunca se han encontrado pruebas fehacientes de su existencia, y la lectura de los documentos del Libro Blanco muestra un bosquejo muy rudimentario de qué debía hacer la izquierda en caso de que los militares intentaran un golpe (o apoyaran a Allende). Todo apunta a que fue una creación de la inteligencia naval chilena (por ejemplo “operación Z” fue el nombre en clave dado por los japoneses al ataque a Pearl Harbour), basado en los numerosos rumores de autogolpe que circularon en nuestro país desde el gobierno de Frei Montalva (como expuse en columnas anteriores) y que la prensa adherente al nuevo orden ayudó a difundir. Como señaló Carlos Herrera Jiménez, condenado por el caso Degollados: “Creo que lo justificó todo”. Por su parte la prensa también contribuyó al odio y justificación del exterminio del Otro, no sólo por medio del Plan Z sino en particular por los montajes realizados por los servicios de seguridad, tales como el supuesto “enfrentamiento” en Rinconada de Maipú entre extremistas y agentes de la DINA en 1975 (una excusa para ocultar el asesinato de seis personas en Villa Grimaldi), el “suicidio” de personas como José Tohá y Carmelo Soria (también asesinados por agentes del régimen) y las muertes de miristas en Argentina producto de “ajustes de cuentas”  o tras enfrentamientos con militares, que en realidad fue un operativo de la DINA para encubrir la desaparición de 119 personas detenidas, y que buscaba minimizar los casos de detenidos desaparecidos, haciendo creer a la población que las desapariciones sólo eran un truco de los extremistas clandestinos para huir al exterior. Los medios de esos años reprodujeron tales falacias, llegando al escarnio de las víctimas como lo demuestra el infame titular de La Segunda del 24 de julio de 1975: “Exterminados como ratones”.

            Asimismo la represión se extendió al ámbito de la cultura, desde la muerte de Víctor Jara y la quema de libros en la remodelación San Borja, hasta el “blanqueamiento” de las paredes que tuvieran murales; se llegó a niveles absurdos, como ocurrió en Tarapacá al prohibirse a la población que pintara sus casas de color rojo. Esta “limpieza cultural” también se manifestó en la censura de palabras referentes a la ideología de izquierda, y en el cambio de nombres de aquellas poblaciones y campamentos con nombres referentes a aquel ideario, a lo largo de Chile: por ejemplo la población Nueva La Habana en Santiago, fue rebautizada como Nuevo Amanecer, o la población Che Guevara de Talca, que tras el golpe pasó a llamarse José Miguel Carrera. También lo anterior afectó al aspecto personal y la moda de la gente, pues los militares cortaron el pelo públicamente a aquellos jóvenes que lo usaban largo, cortando además los pantalones usados por mujeres (pues las nuevas autoridades consideraban que la mujer sólo debía llevar falda, y que su lugar estaba en el hogar). No es de extrañar por tanto que en este ambiente, circularan rumores que reflejaban la esperanza y desazón de los partidarios de la UP ante la inexistencia de una resistencia efectiva contra los golpistas, como aquel que decía que el general ® Carlos Prats encabezaba un ejército leal al gobierno desde Concepción, lo que tuvo que desmentir públicamente poco después del Golpe para que la Junta lo dejara salir a Argentina (sólo para asesinarlo un año después); otras especies reflejaban las violaciones a los DDHH que ocurrían diariamente, como los rumores de asesinatos de adherentes y políticos de izquierda (incluyendo el de Allende), o acerca de bombardeos a poblaciones (una exageración basada en los vuelos rasantes de aviones de combate sobre La Legua). Todo lo anterior nos muestra por un lado el grado de odio que tuvieron las autoridades de facto y sus partidarios civiles en contra del “enemigo interno”, y por otra parte el terror que la represión provocó en buena parte de la población nacional. Recién a principios de los 80 la gente comenzaría a expresar públicamente su repudio a la dictadura, pero de ello hablaremos la próxima semana.

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