El racismo en la historia de Chile (I). El desprecio al Otro en nuestro país entre los siglos XVI Y XX:

Joven mapuche preso en un cepo, fines del siglo XIX o inicios del XX.

En Chile los sentimientos del racismo (superioridad de una “raza” sobre otras), discriminación racial y xenofobia (odio al extranjero o inmigrante) no constituyen un fenómeno nuevo, sino que por desgracia han estado presentes en nuestra historia. De hecho el prejuicio étnico cuenta con ciertos antecedentes prehispánicos, como lo muestra el mito de Kawhayulh: según se cuenta, fue un chamán haush (habitantes del extremo oriental de Tierra del Fuego) que, junto con su grupo étnico, fue asesinado por los yaganes, pues no querían compartir con aquellos la carne de una ballena varada. Tras ser decapitado, la cabeza del chamán cobró vida y provocó la muerte de sus asesinos, internándose después en el bosque e iniciando una epidemia; el mito indica que todo aquel que la vea morirá. Este relato nos muestra que el desprecio y desconfianza hacia el Otro (aquel que tiene otras costumbres o rasgos físicos, el que es “diferente”) han estado presentes en la mentalidad de los habitantes de esta angosta franja de tierra desde hace muchísimo tiempo.
Ya con la conquista española estos sentimientos se manifestaron por medio del sistema de castas, en donde los blancos (españoles y criollos después) estaban en la cúspide, teniendo en sus manos las labores administrativas y de control sociopolítico, mientras que los mestizos, pueblos originarios y afrodescendientes se ubicaban en la base, dedicados a las tareas manuales y de extracción de los recursos agrícolas y mineros. En todo caso no debe creerse que sólo hubo discriminación por parte de los europeos, pues también el pueblo mapuche expresó extrañeza primero, y recelo después, hacia las personas de ascendencia africana: por ejemplo hacia 1542 un barco con vituallas zozobró en las costas de Choapa, y los nativos del lugar se sorprendieron al descubrir un esclavo africano entre los náufragos; creyendo que su color de piel era artificial, lo lavaron con agua caliente y refregaron con corontas de maíz hasta matarlo, al ver que no cambiaba de color. Lo mismo le ocurrió a otros desafortunados africanos en la desembocadura del río Maule en 1544, cerca de La Imperial (actual Carahue) en 1548, y a una mujer en Valdivia en 1556 (en este último caso, los mapuche la desollaron y rellenaron su piel con paja). La desconfianza y odio del mapuche hacia el africano fue creciendo debido a su participación como auxiliar de las fuerzas españolas en la Guerra de Arauco, así como por su rol de verdugo (según La Araucana, Caupolicán pateó al verdugo africano que lo llevaba al patíbulo) y de capataz en las encomiendas y minas, lo que era considerado por los “indios encomendados” como algo muy humillante. Empero, con el paso del tiempo ambos grupos étnicos comenzaron a interactuar y a fusionarse entre sí, sobre todo en la zona central, al estar ambos sometidos por los españoles y vivir en un mismo espacio (encomiendas, haciendas, estancias y casonas); de allí que pronto comenzaran a surgir grupos mestizos en los ámbitos urbano y rural del Chile viejo, como por ejemplo en el sector de La Chimba (actual Recoleta) en Santiago. También se fue dando una mayor aceptación hacia africanos y mestizos de color en la Frontera, llegando a formar parte de las fuerzas bélicas mapuche; incluso se habló de la existencia de numerosos zambos (mestizos de nativo y africano) en los alrededores de Villarrica, tras la destrucción de la ciudad por los konas mapuche en 1602.
A pesar de lo ya mencionado, las elites dominantes en nuestro país no demostraron tener la misma capacidad de aceptación del pueblo mapuche, con respecto a otros pueblos que no fueran europeos y “civilizados”. Esto no sólo se hizo patente con el sistema de castas que, como ya mencionamos, estableció que los grupos mestizos y de color debían realizar el trabajo pesado, recibiendo muy poca o nula educación (básicamente religiosa, impartida en las misiones o en parroquias), sino también por medio de los prejuicios y rumores que circularon alrededor de esos grupos. Por ejemplo tras el terremoto que destruyó Santiago en 1647, se difundió la especie de que los grupos subordinados (mestizos, nativos y africanos) se alzarían en contra de los criollos, lo que llevó a la formación de grupos de vigilancia y a ejecutar a un esclavo autoproclamado “hijo del rey de Guinea”, que buscaba movilizar a los esclavos. Rumores parecidos circularon en Tokio en 1923 cuando, tras el gran terremoto de Kanto que afectó a la región, se esparcieron rumores de que los trabajadores semi-esclavos coreanos estaban aprovechando el cataclismo para provocar incendios, saquear y envenenar los pozos de agua. Como resultado fueron asesinados casi tres mil coreanos y chinos, a manos de improvisadas patrullas civiles; y no olvidemos los rumores que circularon en algunos sectores de Santiago tras el sismo de 2010, que apuntaban a pobladores marginales como responsables de supuestos saqueos. Es curioso cómo los grandes desastres naturales a veces gatillan expresiones de xenofobia y odio al Otro.
Volviendo al punto central de esta columna, durante los siglos XIX y XX (y en un grado algo menor en la actualidad) la población chilena en general y la elite en particular manifestaron abiertas posturas racistas y despectivas hacia los pueblos mapuche y rapanui: de los primeros se ha afirmado desde la Conquista que son “borrachos” (está comprobado científicamente que los pueblos con genes asiáticos, como los pueblos originarios americanos, tienen menos tolerancia al alcohol que los europeos), “ladrones” y en particular que “dejan botada la tierra que tienen”, lo que se explica por el hecho de que la sociedad mapuche pasó de basar su economía en la agricultura a la ganadería, tras el contacto con los españoles (lo que llevó a que el cultivo agrícola fuera visto por lonkos y ulmenes como una actividad “inferior” en comparación con la cría de vacunos y caballos, en el siglo XIX), así como porque el pueblo mapuche no posee la visión mercantilizada de la tierra como un recurso para explotar a cambio de ganancias, sino para vivir. También fue considerado como un pueblo “salvaje” que debía ser civilizado por la razón o la fuerza, o inclusive ser exterminado, con el objeto de apoderarse de sus fértiles tierras y de “incorporarlas” a la soberanía del Estado chileno. Esta visión racista de los chilenos no cambió tras la violenta ocupación de la Araucanía y la radicación del pueblo mapuche en tierras pobres, para entregar los suelos más fértiles a colonos extranjeros y latifundistas, pues los comentarios peyorativos en su contra se han mantenido hasta hoy, y no sólo en los grandes centros de poder (como el Congreso) o en los medios de prensa, sino también en otras partes ya que esta postura racista se expresó por ejemplo en las escuelas entre finales del siglo XIX y el XX pues, al no poder pronunciar “correctamente” algunas letras o palabras (el mapudungún tiene una fonética distinta al castellano), los niños mapuche eran castigados físicamente y humillados por sus profesores; también sus danzas y expresiones culturales fueron objeto de mofa. Asimismo en el ámbito judicial el pueblo mapuche ha sido criminalizado y tratado como ciudadanos de segunda, desde las estafas que sufrieron a manos de tinterillos y colonos inescrupulosos (para arrebatarles sus tierras) hasta el caso de Lorenza Cayuhán, que dio a luz estando engrillada el 2016, sin olvidar las veces en que aquellos mapuche acusados de ladrones sufrieron el corte de orejas o eran marcados a fuego, como animales.

            Con respecto al pueblo rapanui, a partir de 1895 su isla pasó a convertirse en una estancia ganadera (primero del francés Enrique Merlet, y después de la compañía inglesa Williamson Balfour), y los habitantes fueron obligados a vivir en una reducida superficie de mil hectáreas en Hanga Roa, mientras el resto del territorio se dejó para el pastoreo de ovejas y vacunos. Los rapanui debían pedir permiso para entrar a las tierras de la compañía, así como para pescar, y no se les vendía carne; también sufrieron la destrucción de sus plantaciones a manos de capataces, y de trabajos forzados en la estancia, recibiendo castigos corporales si no obedecían. Otra forma de castigo fue enviar a rapanui sanos (hombres y mujeres) al leprosario, junto con las víctimas de esa enfermedad. Asimismo se les vendía a los rapanui azúcar morena, pues el azúcar blanca correspondía a “los blancos”, y debían transitar por una vereda distinta a aquella por la que caminaba la “gente blanca”; y al igual que con el pueblo mapuche, la escuela demostró ser otra herramienta de exclusión racista, pues los niños rapanui eran castigados y sentados aparte de los alumnos blancos, y no se les enseñaba el pasado local sino la historia chilena, como en el continente. La situación no mejoró mucho durante la administración de Rapa Nui por la Armada entre 1953 y 1965, pues se instauró el “lunes fiscal” (trabajo obligatorio no remunerado, primero en la estancia y después en obras públicas), se castigaron severamente todo tipo de faltas (incluyendo el pololear públicamente o el burlarse de las autoridades) por medio de golpes, azotes, tortura y corte de pelo a las mujeres, imponiendo una forma de administración judicial que no respetaba la cultura local; además se prohibió a los rapanui salir de la isla, bajo el pretexto de evitar la expansión de la lepra en Chile continental. Todo lo anterior llevó a que varios hombres se fugaran de la isla, rumbo a Tahiti entre 1948 y 1958; muchos perdieron la vida en el intento. Recién en 1966, con la “Ley Pascua”, los rapanui obtuvieron la ciudadanía chilena, siendo considerados iguales ante las leyes nacionales, y poniéndose fin también a las restricciones para circular por las tierras de la estancia y las costas de la isla.  

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