El racismo en la historia de Chile (II). Xenofobia y discriminación en nuestro pasado reciente:

Imagen extraída del sitio web https://www.comunidadhistoriamapuche.cl/santiago-racista-de-la-migracion-mapuche-a-la-migracion-latinoamericana/

La discriminación racial hacia otros grupos étnicos no sólo se ha dado contra los pueblos originarios, o en las zonas central y sur del país, como lo explicamos en la columna anterior. Hace cien años el odio al Otro también se manifestó con fuerza en el Norte Grande, en especial en aquellos territorios que pertenecieron a Perú hasta la Guerra del Pacífico, es decir Tacna-Arica y Tarapacá: a partir de 1911 comenzaron a actuar las temidas Ligas Patrióticas, grupos civiles armados que atacaron y destruyeron los sitios de reunión y lugares pertenecientes a pobladores de origen peruano (clubes, escuelas, filarmónicas y periódicos), en respuesta a un falso ataque al consulado chileno en El Callao. Estos grupos exigían por ejemplo la restricción y prohibición de inmigrantes peruanos, la obligatoriedad de que todos los hombres nacidos en Tarapacá efectuaran el servicio militar, y la prohibición de que los peruanos fueran empleados públicos. Los saqueos y ataques se limitaron en un comienzo a los sectores urbanos (Iquique y Tacna), pero más adelante se expandieron a las áreas rurales, así como a los periódicos obreros de izquierda, que se opusieron a los ataques de las ligas contra los obreros peruanos; empero los trabajadores salitreros también manifestaron posturas racistas, en especial en contra de los inmigrantes aymarás bolivianos y chinos, pues ambos grupos fueron considerados como “semisalvajes”, primitivos y débiles. La población chilena de entonces también temió que la inmigración oriental debilitaría a nuestra “raza” con enfermedades, costumbres decadentes y vicios, como el consumo de opio. Las razones tras esta xenofobia contra los chinos fueron de índole económica (trabajaban por poco alimento, lo que llevaría al reemplazo de trabajadores chilenos por orientales al ser más “baratos”), culturales (las culturas asiáticas eran vista como “inferiores” y “bárbaras” en oposición a la cultura occidental), étnicas (el mestizaje entre chinos y locales llevaría a la desaparición de la “raza chilena”) y sanitarias, ya que se decía que los inmigrantes importaban enfermedades, mas tal opinión ignoraba las paupérrimas condiciones sanitarias de los barcos de la época.
Retomando el punto, las ligas patrióticas actuaron de manera más virulenta a partir de 1918, posiblemente como una forma de mostrar a EEUU que no estaban dadas las condiciones, para realizar el plebiscito que definiría la posesión de Tacna y Arica, pues el gobierno de Washington era el árbitro de esa disputa. Los integrantes de las ligas (empleados y miembros de clase media) asaltaron tiendas pertenecientes a peruanos, quebraron vidrios de viviendas particulares y golpearon a muchas personas en diferentes lugares y pueblos, como Iquique, Pisagua, Dolores, Huara, entre otros de la provincia de Tarapacá. Pocos años después estos grupos, apodados “mazorqueros”, hicieron de las suyas en Arica y Tacna, atacando y matando a muchos peruanos. Frente al actuar represivo de estos individuos y de la policía chilena, no es de extrañar que la población de origen peruano o nativo reaccionara violentamente en su contra, asaltando por ejemplo el retén de carabineros de Challaviento (provincia de Tacna) en 1925, matando a uno de los funcionarios, hiriendo a otro y quemando el local, en venganza por una violación y otros abusos cometidos contra los lugareños. También se dieron enfrentamientos entre peruanos y chilenos en Tacna en enero de 1926, cuando un grupo de peruanos fue atacado, golpeado y robado por patrioteros chilenos a vista y paciencia de la policía local. Esto generó una mala impresión en el general John Pershing, líder militar de las fuerzas norteamericanas que participaron en la I Guerra Mundial, y miembro de la Comisión Plebiscitaria. Asimismo los chilenos persiguieron y acosaron a la población afrodescendiente que vivía en la zona, por ejemplo arrebatándoles sus tierras al no tener papeles que demostraran su posesión (situación semejante a la vivida por la población mapuche tras la ocupación de la Araucanía); muchas familias tuvieron que huir al otro lado de la frontera, para evitar la persecución racista de que fueron objeto, y aquellas que se quedaron tuvieron que nacionalizarse chilenas.
Otros grupos étnicos víctimas del racismo y xenofobia en el siglo pasado, fueron los inmigrantes provenientes del Medio Oriente: debido a la opresión sufrida a manos del imperio Otomano y a la pobreza, a principios del siglo pasado llegaron a Chile muchos palestinos, sirios y libaneses, y como sus pasaportes fueron expedidos por autoridades imperiales, se creyó erróneamente que eran “turcos”, de allí que se les denominara genéricamente de esa manera. El término pronto se convirtió en una palabra peyorativa para estos inmigrantes y sus descendientes, dedicados al comercio y más adelante a la industria textil. Fueron varios los motivos del racismo de la población chilena en general en contra de las colonias árabe y judía: económico, pues el comercio era visto como una forma de vida poco prestigiosa, de escasa utilidad (en comparación con la minería y agricultura) y perjudicial para los consumidores (comerciantes eran considerados “usureros”); cultural, ya que los inmigrantes levantinos eran vistos como “sucios” y portadores de enfermedades (el mismo discurso dicho contra los chinos en esos años, y en la actualidad contra los haitianos); y étnico, pues se temía la disolución de la “raza chilena” si se mezclaba con personas cultural y étnicamente muy diferentes. Este desprecio racista se mantuvo durante mucho tiempo, como lo demuestran las críticas a los parlamentarios y ministros de ascendencia árabe, en especial contra el ministro de Economía Rafael Tarud a principios de los años cincuenta: fue acusado por el Congreso de corrupción y de favorecer a industriales de origen árabe. Si bien se defendió señalando que era víctima de una persecución por parte de la derecha económica, fue removido de su cargo en 1953 para aquietar los ánimos.
La población de origen judío también fue víctima del racismo y xenofobia chilenos, aunque de forma más violenta: por un lado el Grupo 88 (una organización neonazi afiliada al Ku Klux Klan) realizó varios atentados contra sinagogas y clubes judíos en Santiago hacia 1956, lo que fue denunciado por el entonces senador Salvador Allende. Esto a su vez generó una sesión especial del Senado, y a que en 1958 se capturara a los responsables (que sólo estuvieron un breve tiempo en la cárcel). También el antisemitismo se expresó violentamente en el balneario de Zapallar en 1948, cuando integrantes de las familias Santa Cruz y Sutil se enfrentaron a golpes y amenazaron de muerte a Carlos Rivacoba Bertelsen y a un amigo, y en 1952 cuando varias familias judías tuvieron que huir del balneario, ante los ataques, gritos (“¡Que los Salomón se vayan a Concón!”), quema de carpas y esvásticas pintadas, entre otras acciones efectuadas por miembros de familias pudientes que vivían en esa exclusiva localidad. Tampoco los millonarios de ascendencia árabe se salvaron del racismo zapallarino, pues en 1947 algunas familias fueron atacadas a palos, y en 1963 desconocidos arrojaron excremento al auto de Salomón Sumar; como respuesta, el empresario compró el único hotel del balneario para convertirlo en centro de descanso, destinado a los trabajadores de su fábrica. Por otra parte los argentinos y chilenos de origen judío han sufrido, desde los años sesenta, de la intolerancia y desconfianza de grupos nacionalistas, así como de adherentes de la causa palestina, generadas por el denominado “plan Andinia”, una supuesta conspiración por parte de los israelíes para apoderarse de la Patagonia y convertirla en una especie de “Nueva Israel”. Las “pruebas” de tal conjura proceden de los igualmente falsos y nefastos Protocolos de los Sabios de Sión, entre otros documentos de dudoso origen, así como de la presencia de turistas israelíes en el extremo austral de nuestro país, que ha sido muy exagerada por algunos círculos (también visitan la zona militares retirados de Suiza, por ejemplo). Por el contrario, hay pruebas de que tal plan fue pergeñado en realidad por grupos neonazis argentinos tras la captura del criminal de guerra Adolf Eichmann, a principios de los sesenta; desde entonces ha circulado entre los círculos nacionalistas argentinos y chilenos de manera abierta, pues se pueden encontrar ediciones baratas de este “plan” en puestos de libros usados. El punto es que la existencia de esta teoría conspiranoica refleja la existencia de un fuerte antisemitismo en el Cono Sur, a setenta años del final de la II Guerra Mundial.

La tendencia de culpar al Otro por males de diversa índole, o de menospreciarlo por su color de piel y supuesta incultura, se ha expresado con fuerza en Chile en los últimos años, en especial en contra de los inmigrantes colombianos y haitianos. Esta xenofobia y racismo han llegado a niveles alarmantes, exagerándose hechos puntuales y culpando a toda una comunidad, por la participación de algunos de sus integrantes en actos delictivos, tal como ocurre con los colombianos, acusados en general de ser “traficantes” (como lo muestra la foto que encabeza esta columna). Asimismo se acusa a los inmigrantes de ser “sucios”, repitiéndose el mismo discurso de nuestros antepasados en contra de chinos y árabes, o lo que aún se continúa diciendo sobre los peruanos y su supuesta predilección por “comer palomas” (en Perú y otros países afirman algo parecido de nosotros, que nos gusta “comer perros”), o que son “satánicos” y practican rituales sangrientos, lo que es una exageración del vudú (religión oficial de Haití, si bien hay un gran porcentaje de católicos y protestantes); también hay que tener en cuenta que muchos de los prejuicios en contra de los haitianos proceden de República Dominicana, país colindante con Haití y que posee un largo historial de racismo en contra de sus vecinos (incluyendo la “masacre del perejil” de 1937, que cobró las vidas de entre 12 y 35 mil inmigrantes haitianos). Otras mentiras que han circulado últimamente en contra de este grupo de inmigrantes, se refieren al supuesto “subsidio” que recibía el gobierno de Bachelet por cada haitiano que ingresaba a Chile, o que han “colapsado” los jardines infantiles municipales, en desmedro de los niños locales. Esta ola de “fake news” no ha parado por desgracia, a pesar de los desmentidos y la falta de pruebas: también circuló por redes sociales la supuesta llegada de inmigrantes etíopes “musulmanes”, noticia absurda pues es sabido que Etiopía es uno de los países cristianos más antiguos del mundo, y el islam actualmente es profesado por sólo un 29% de la población (la noticia refleja además el sentimiento anti musulmán imperante entre buena parte del mundo occidental). Es de esperar, pues la esperanza es lo último que se pierde y soñar es gratis (por ahora), que las posturas racistas y xenófobas vayan retrocediendo lentamente, ante la comprensión de las formas de vida de nuestros semejantes y los hallazgos genéticos y arqueológicos (nuestros más remotos antepasados proceden de África Oriental), pues al fin y al cabo todos vivimos en un solo planeta, y todos debemos cooperar para cuidarlo y cuidarnos. 

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