Genocidio y resistencia de los pueblos originarios en la Patagonia y Tierra del Fuego (siglos XIX-XX):

Felipe Barragán o Ishtohn, el «cacique Felipe» (1846-?), en la primera escuela de Punta Arenas en 1854. Imagen sacada del libro Extinción Indígena en la Patagonia, de José Perich Slater.

El 7 de marzo de este año la Cámara de Diputados del Congreso local aprobó un proyecto de ley, que reconocía el genocidio o exterminio de los pueblos selk’nam y aónikenk (ambos pueblos conocidos comúnmente como onas y tehuelches, respectivamente) por parte del Estado chileno. Este gesto tardío generó el rechazo de los descendientes chilenos de selk’nam, pues al considerar extinto a su pueblo se les niega la posibilidad de reconocerlos como un Pueblo Originario. A esto debe añadirse el repudiable hecho de que, en 2008 aproximadamente, los senadores Andrés Chadwick (UDI) y Mariano Ruiz-Esquide (DC) plantearon cambiar el término “genocidio” por “extinción” cuando el tema fue debatido, para así evitar el pago de costosas indemnizaciones por parte del Estado de Chile, a los descendientes selk’nam y aónikenk por el daño provocado. En la presente columna buscaremos explicar de forma sucinta, qué ocurrió en el extremo austral de nuestro país y Argentina entre finales del siglo XIX e inicios del XX, por qué y de qué forma se practicó el genocidio en contra de los pueblos, que habitaban ese territorio desde hacía miles de años, en especial contra los selk’nam y kawésqar (conocidos como alacalufes).
Los primeros enfrentamientos entre europeos y pobladores originarios del territorio, se dieron en el marco de las exploraciones y expansión geográficas de los grandes reinos del Viejo Mundo, en especial de España y los Países Bajos: Sarmiento de Gamboa se enfrentó a un grupo de selk’nam tras haber capturado a uno de ellos, en 1580; en 1599 las fuerzas holandesas de Oliver Van Noort mataron a cerca de cuarenta nativos, en la costa norte de Tierra del Fuego. En cuanto a las relaciones de los europeos con los kawésqar, hasta el siglo XIX ambos grupos interactuaron de forma relativamente pacífica, pues aquellos fueron acusados de “ladrones” por robar objetos de los grandes barcos. Empero fue desde mediados del siglo XIX, y hasta principios del XX, que ocurrieron las masacres que entre otros factores diezmaron a casi toda la población originaria de la Patagonia y Tierra del Fuego, pues entre aquellos factores también hay que tomar en consideración la introducción de enfermedades (como la gripe o la sífilis), el uso de ropa europea por parte de las poblaciones locales (acostumbradas a ir desnudas, o con una capa de guanaco), que al humedecerse con la lluvia provocó otros males como la tuberculosis, la introducción del alcohol, entre otras.
Con la fundación del Fuerte Bulnes en 1843, y de Punta Arenas cinco años después, el Estado de Chile comenzó a hacer acto de presencia en esas latitudes australes, lo que llevó a que interactuara de manera más frecuente con los grupos étnicos locales. La visión y actuar de las autoridades con respecto a los habitantes originarios, estuvo marcada por las ideas racistas de “superioridad europea” y la “inferioridad de los morenos”, así como por las diferencias culturales entre ambos actores. Por ello no es de extrañar que el primer gobernador de Magallanes, el danés Jorge Schythe, se quejara de la “prepotencia” y salvajismo de los kawésqar, recomendando castigar los delitos que cometieran esos molestos intrusos. Así ocurrió en los años de 1873 y 1874 cuando, debido al robo de algunas cabezas de ganado fiscal, fuerzas militares chilenas se enfrentaron y mataron a catorce nativos (hombres y mujeres) en dos ocasiones, capturando también a quince niños en total, para que fueran “civilizados”. Peores tratos sufrió la población kawésqar a manos de cazadores de pieles europeos y chilotes, pues no sólo recibían productos de inferior calidad (mantas y ponchos) a cambio de valiosas pieles de nutrias y coipos, sino que además fueron víctimas de asesinatos, violaciones (lo que contribuyó a la difusión de la sífilis entre ellos) y raptos de menores, para convertirlos en marineros. También muchos canoeros, además de selk’nam, fueron llevados a la misión salesiana de isla Dawson, trabajando en el aserradero sin recibir un sueldo, y en donde muchos nativos (al menos ochocientos) murieron entre 1889 y 1911, producto de las enfermedades y el hacinamiento. Ante esta situación no es de extrañar que los kawésqar reaccionaran con recelo frente a los extranjeros, y de allí los casos puntuales de robos, enfrentamientos y muertes a manos de ellos, en fechas tan tardías como 1929 cuando el chilote David Leal y un kawésqar (nombrado post mortem como Pedro Zambras) murieron después de que Leal y otro minero fueran atacados por un grupo de canoeros con armas de fuego. Ambos fueron enterrados en una sola tumba en el cementerio de Punta Arenas, dando origen a la animita del Indio Desconocido. También ocurrió un hecho de violencia en la misión de Dawson el 9 de septiembre de 1889, cuando un grupo de kawésqar encabezados por el “Capitán Antonio” trató de asesinar a los dos misioneros salesianos del lugar; éstos sobrevivieron al ataque tras espantar a los nativos con disparos.
En cuanto a los selk’nam, lo que sufrieron a manos de los blancos es más conocido por el grado de brutalidad y saña de éstos, así como por las consecuencias de tales actos. Todo comenzó a principios de la década de 1880, cuando se descubrió oro en la costa norte de Tierra de Fuego (1881), y más adelante se dio inicio a la colonización ganadera del territorio, en 1883. En especial esta última actividad fue considerada como un factor de progreso y civilización, según la mentalidad de la época, por lo que la presencia de los pobladores originarios, y en especial su actuar (pues comenzaron a cazar ovejas, o “guanacos blancos” como les llamaban, pues tenían un sentido de la propiedad distinto al de los europeos) se convirtió en una molestia y en un “peligro” para los intereses de la todopoderosa Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, compañía privada que pasó a ser la dueña virtual de la isla tras recibir numerosas concesiones de tierras, por parte de los gobiernos argentino y chileno. Si bien los buscadores de oro, y en especial el rumano Julius Popper, comenzaron a asesinar hombres selk’nam (existen un par de fotografías en las que aparece Popper, con cadáveres de fueguinos a sus pies) y a violar a sus mujeres, la verdadera carnicería se dio pocos años después con los empleados de las estancias ovejeras, convirtiéndose estos “cazadores de indios” en figuras temidas y recordadas hasta hoy: el más célebre fue el canadiense de ascendencia escocesa Alexander Maclennan (o Mac Lennan), apodado “Chancho Colorado” por su pelo y barba rojas, y a quien corresponde la foto ubicada al final de esta columna. Asesinó a varias decenas de selk’nam en diferentes masacres, cometidas en lo que corresponde a la parte argentina de Tierra del Fuego; murió por alcoholismo en 1917 en Punta Arenas, tras jubilarse como empleado estanciero. Otros cazadores fueron un tal “míster Bond”, inglés que presumía de sus “hazañas” matando selk’nam, señalando por ejemplo que los cazadores recibían una libra esterlina por cada par de orejas de sus víctimas, sistema que fue “mejorado” más adelante cuando se descubrió que algunos asesinos dejaban con vida a los nativos, por lo que empezaría a darse la peculiar recompensa a cambio de pruebas más “fehacientes” de la cruel faena (testículos, senos o cabezas); también fueron conocidos el escocés MacDonald, famoso por su crueldad (acuchillaba a los selk’nam que no alcanzaban a huir con rapidez, como mujeres y ancianos), y el inglés Sam Hyslop, de quien se decía que violaba los cadáveres de las mujeres, y que se casó y tuvo al menos tres hijos en Punta Arenas. Hubo muchos otros que contribuyeron a este genocidio genocidio, como el escocés John Mac Rae (acusado de haber asesinado al menos a sesenta o setenta selk’nam), el neozelandés Alexander Cameron, el italiano Peduzzi y el oficial de marina argentino Ramón Lista, quien provocó la muerte de cuarenta fueguinos durante una expedición, a finales de 1886. Independiente de si los cazadores en realidad recibían una libra por cabeza, o si a los estancieros les bastaba con que les llevaran los arcos y flechas de los selk’nam muertos (como señaló uno de los partícipes en aquellas expediciones, el aventurero inglés Jimmy Radboone), lo cierto es que estas matanzas, efectuadas con armas de fuego o con el envenenamiento de la carne de ovejas (que causaron la muerte de varias familias nativas), contribuyeron a la cuasi desaparición del pueblo selk’nam.

Otro hecho repudiable en esta cadena de horror fue la captura y traslado forzoso de 164 selk’nam a Punta Arenas, en 1895: tras ser apresados por empleados estancieros, el gobernador Manuel Señoret ordenó que fueran llevados a la ciudad, en donde terminaron siendo “rematados” como esclavos, entre diversas familias y particulares. Las víctimas de esta situación fueron especialmente los niños, pues fueron arrebatados de sus familias y entregados como sirvientes; también fueron entregados varios selk’nam adultos, que terminaron trabajando de forma forzada para varios conspicuos ciudadanos magallánicos. Fue tal la angustia sufrida por los padres de los niños, la miseria (viviendo en chozas improvisadas y mendigando comida por las calles) y los aberrantes hechos cometidos en su contra (como la entrega de algunas niñas a prostíbulos), que pronto el escándalo se hizo conocido en Chile y Argentina a través de las noticias publicadas por algunos periódicos, llevando a la remoción de Señoret, a la realización de un sumario judicial para investigar la veracidad de las acusaciones sobre los vejámenes sufridos por los selk’nam, y con los sesenta sobrevivientes de la espantosa experiencia siendo llevados a la misión de Dawson. Si bien el sumario terminó por ser sobreseído (y el juez a cargo fue reemplazado), su lectura nos da una idea de la crueldad empleada contra las familias prisioneras, al arrebatárseles sus hijos y ser azotados, así como de la violencia genocida practicada en Tierra del Fuego, pues volvemos a encontrar testimonios sobre cacerías y envenenamiento de ovejas, el pago de una libra por cabeza, y la existencia de osamentas de selk’nam asesinados. Frente a esta situación el salesiano José Fagnano pide a la Sociedad Explotadora que los selk’nam capturados sean llevados a la misión, a cambio de una libra por persona; la propuesta de los religiosos (convertir a los nativos y “civilizarlos” por medio de la Palabra de Dios) fue recibida con escepticismo por algunas autoridades, e incluso estalló una polémica entre Fagnano y el estanciero asturiano José Menéndez, pues mientras éste consideraba que las misiones sólo eran una guarida de cuatreros, el monseñor respondió refiriéndose indirectamente al genocidio selk’nam por parte de los trabajadores del estanciero, por medio de la carne envenenada y la libra por cabeza.

            En base a todo lo anterior y a otros hechos deleznables, como los “zoológicos humanos” (secuestro de selk’nam, yaganes, mapuche e integrantes de otras etnias para ser exhibidos como animales en Europa), no es de extrañar que los habitantes originarios se defendieran de sus agresores, matando a algunos trabajadores y cazadores de indios (incluyendo a Hyslop, empujado a una barranca en 1901) e hiriendo a otros, como Maclennan, que recibió un flechazo en la espalda. Entre aquellos guerreros se destacan dos: Felipe Barragán y Seriot. El primero, un mestizo de aónikenk y chileno, y que fue alumno de la primera escuela de Punta Arenas en 1853-54 (cuando le fue tomada la fotografía que encabeza esta columna), habría emboscado y muerto a dos trabajadores que custodiaban a unos selk’nam prisioneros en 1896; también fue acusado de haber prendido fuego a unas casas en las que residían soldados y trabajadores, y de haber atacado a unos peones. Su destino es cierto, pues las versiones orales indican que fue asesinado a balazos en 1899, mientras que el historiador Joaquín Bascopé indica que terminó trabajando como ovejero en una estancia y casándose con una mujer selk’nam, siendo conocido también como Ishtohn (“Muslos gruesos” en lengua selk’nam) y muriendo en una fecha ignota, tal vez en la década de 1930. En cuanto a Seriot, apodado Capelo por los salesianos, atacó y mató a tres mineros tras la desaparición de su esposa; también fue conocido por su habilidad en el manejo de armas de fuego, y por haber matado a otros dos hombres. Murió en 1897, fusilado por la policía argentina tras ser capturado o, según otras versiones, tras recibir un balazo al intentar arrebatarle el revólver a un oficial. Sus restos fueron entregados al Museo de La Plata como “material de estudio” (lo mismo ocurrió con los restos de mapuche y otras etnias), siendo devueltos recién en 2016 a una comunidad selk’nam en la Tierra del Fuego argentina.    

            Como conclusión, la interacción violenta con la civilización occidental provocó una merma importante (incluso catastrófica) en la población originaria del extremo sur: para el caso de los kawésqar, de cerca de 800 personas a finales del siglo XIX, subsisten 101 en la actualidad; la disminución fue mayor entre los selk’nam, pues de 1500 habitantes en 1893, sólo quedaban 279 hacia 1920, y apenas 13 personas (en su mayoría mestizos) en Argentina en 1966. No obstante, en la actualidad más de dos mil argentinos se reconocen descendientes de los selk’nam, mientras que en Chile al menos hay ocho familias que aseguran ser de ascendencia selk’nam, agrupadas en la Comunidad Covadonga Ona (nombre de una sirvienta y supuesta cómplice de Barragán). Independiente de las discusiones sobre si aún hay selk’nam o no en nuestro país, las causas de su paulatina desaparición recaen casi por completo en los integrantes “civilizados” de los siglos XIX y XX (estancieros, “cazadores de indios”, misioneros, mineros y funcionarios públicos), pues su afán por lograr la riqueza y el progreso de la Patagonia y Tierra del Fuego soslayó la existencia y cosmovisión de otros seres humanos, tan dignos de respeto y del derecho a la vida como el resto de la humanidad.

 

Alexander Maclennan, alias «Chancho Colorado», famoso «cazador de indios» (1871-1917). Imagen extraída de https://patbrit.org/bil/supp/c0278.htm

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