Cuando las imprentas comenzaron a teñirse de luto. Los primeros mártires del periodismo chileno (1875-1932).

Lápida de la tumba de Manuel Castro Ramos, primer mártir del periodismo chileno, en el Cementerio General N° 1 de Iquique (fuente:
https://urbatorium.blogspot.com/2012/06/manuel-castro-ramos-la-sencilla-lapida.html ).

Cuando pensamos en periodistas asesinados en nuestro país, lo más probable es que nos vengan a la mente los casos de José Carrasco Tapia (asesinado en 1986, tras el fallido atentado contra Pinochet), Augusto Carmona (muerto por la CNI en 1977), Carlos Berger (víctima de la Caravana de la Muerte en Calama) y tantos otros nombres de mujeres y hombres relacionados con los medios de comunicación, caídos durante la dictadura o antes, como es el caso del camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen, quien filmó su propia muerte durante el “Tanquetazo” del 29 de junio de 1973. No obstante, la verdad es que el periodismo local sufrió sus primeras bajas entre finales del siglo XIX e inicios del XX, como pasaremos a mostrar a continuación.
El primer periodista caído en aras de la justicia y libertad de expresión, se llamó Manuel Castro Ramos. Nacido en 1843 en Santiago o Copiapó (en esto difieren las fuentes), Castro se dedicó a la docencia en la capital y en otras ciudades, como Quillota y Copiapó. Fue en la nortina provincia de Atacama en donde inició su carrera como editorialista, denunciando en varias ocasiones a personajes locales influyentes, que abusaban de su posición en desmedro del resto de la población. Tras una breve estadía en Antofagasta, se marchó a Iquique (capital de la provincia peruana de Tarapacá) a mediados de 1874, fundando el periódico La Voz del Pueblo; este diario se convirtió en la expresión de la comunidad chilena residente en la región, denunciando en particular los abusos que nuestros compatriotas sufrían a manos de las autoridades peruanas. Para colmo, varios funcionarios públicos eran corruptos, situación que también fue hecha pública por el diario de Castro. Precisamente uno de sus artículos, titulado “El presupuesto de un Comisario”, en donde se refirió a la malversación de recursos por parte de la policía de la ciudad, gatilló una brutal respuesta por parte del comisario Ricardo Chocano, principal involucrado en los actos de corrupción aludidos por Castro: dos policías arrestaron y golpearon con saña al chileno a principios de mayo de 1875, siendo arrojado a una celda. Por si esto fuera poco, también lo obligaron a comerse un ejemplar de su diario, a modo de sádico escarmiento. A pesar de que Castro fue liberado gracias a la intercesión de nuestro cónsul David Mac Iver (que actuó a su vez ante la presión de cientos de chilenos residentes, tras enterarse de lo ocurrido), no pudo salvarse y falleció producto de la golpiza recibida el día 24 de mayo, casi cuatro años antes de la muerte de Arturo Prat y otros marinos, en el combate que los elevó a la inmortalidad. Si bien el homicidio de Castro provocó una gran manifestación de protesta por parte de los chilenos, así como las críticas del periodista peruano Modesto Molina, no sólo sufrió la impunidad judicial del vecino país (los autores materiales del asesinato fueron dejados en libertad), sino también el olvido tan característico de nuestra historia: el caso de Castro es poco conocido en general, aun cuando en Iquique su tumba (cuya lápida se puede observar al inicio de esta columna) es objeto de romerías, por parte del Colegio de Periodistas de la ciudad y de los alumnos de un colegio bautizado en su honor. Dejando de lado el chovinismo, es una lástima que la población chilena en general no conozca la tragedia sufrida por Castro, asesinado cruelmente por exponer las arbitrariedades cometidas contra sus compatriotas. Lo mismo se puede decir de aquel que le siguió en la lista de los chilenos caídos por la libertad de prensa, el profesor, abogado, secretario y periodista Juan Francisco de Paula Frías.

            Si Castro defendió a los compatriotas que vivían en suelo extranjero, de Paula intercedió a favor del pueblo mapuche, durante los primeros años de la ocupación chilena de la Araucanía: nacido en 1847 y miembro del Partido Radical, casado y con seis hijos a la fecha de su muerte, se instaló en Temuco en la década de 1880 y fundó uno de sus primeros periódicos, La Voz Libre el 28 de septiembre de 1888 en donde, al igual que Castro años antes, criticó a las autoridades locales por sus actos de corrupción e iniquidad en contra de la población mapuche y colonos pobres; no dejó de lado sus inquietudes políticas, pues también creó la asamblea radical del pueblo, convirtiéndose además en su presidente. En las páginas del diario de Paula denunció las arbitrariedades cometidas por el gobernador de Nueva Imperial, Máximo de La Maza, y el intendente de la provincia, Francisco Pérez, entre otros altos miembros de la policía y el poder judicial. El hecho en particular que llevó a su asesinato fue la recuperación del fundo Pancul (ubicado cerca de Carahue) en 1889 y su entrega a la población mapuche local, tras un juicio que duró varios años. Al entregarle el terreno, Pérez amenazó de muerte al periodista, quien publicó lo ocurrido en el periódico; de nada le sirvió, puesto que no sólo los agentes gubernamentales se tomaron el fundo en varias oportunidades, destruyendo las rukas y metiendo animales, sino que además cumplieron con su palabra: en la noche del 7 de octubre de ese año, Frías y dos de sus colaboradores fueron asesinados a balazos en Pancul, en una emboscada preparada por el gobernador interino, Manuel Rioseco. El hecho generó un escándalo en la población local y entre los correligionarios del occiso, quienes comisionaron a uno de sus integrantes para averiguar en detalle lo ocurrido, así como para defender judicialmente a los radicales perseguidos por las autoridades de Cautín; también refutó las injuriosas afirmaciones del intendente Pérez, quien señaló en un artículo que la víctima era una persona de malos antecedentes. El asesinato de Pancul tuvo fuertes repercusiones políticas: Rioseco renunció a su cargo y fue sometido a proceso, junto con otros autores materiales del crimen, mientras que de La Maza fue destituido de su cargo; por su parte, Pérez no recibió el apoyo ni de sus correligionarios en la Cámara de Diputados, cuando se discutió sobre lo ocurrido, ni por el ministro del Interior. Empero, la muerte del periodista dejó como saldo a una joven viuda desamparada, con seis hijos a su cargo, mientras que el diario que fundó publicó su último ejemplar a finales de diciembre de 1890, poco antes del estallido de la guerra civil entre el presidente Balmaceda y el Congreso. Además a diferencia de Castro y del caso que veremos a continuación, lo ocurrido a Francisco de Paula Frías es muy poco conocido entre nosotros, siendo rememorado modestamente (en comparación con Castro) en la región de la Araucanía, por parte de algunos historiadores y escritores locales, en especial mapuche, como Elicura Chihuailaf y Pedro Cayuqueo.

            El tercer mártir del periodismo chileno, erróneamente considerado por muchos como el primero, fue el joven Luis Mesa Bell: con 29 años de edad, soltero, e integrante del NAP (Nueva Acción Pública, partido político de izquierda que más tarde daría origen al PS), este precoz periodista que usaba gafas oscuras por un problema ocular (producto de un accidente sufrido en su infancia), como se aprecia en la foto al final de esta columna, ya poseía una amplia trayectoria en la prensa al haber sido editor y director de diferentes periódicos. En su último trabajo, como director del semanario Wikén, se destacó a finales de 1932 por su permanente labor de denuncia en contra del tráfico de drogas en Valparaíso, la Milicia Republicana y en especial contra la Sección de Investigaciones (antecesora de la actual PDI, y que por entonces formaba parte de Carabineros), ya que acusó a sus integrantes, y en particular al teniente coronel Alberto Rencoret, de haber hecho desaparecer al profesor comunista Manuel Anabalón Aedo, en el marco de la represión antimarxista desatada durante el breve gobierno de Carlos Dávila, tras la caída de Ibáñez el año anterior. Gracias a las investigaciones de Mesa, y a pesar de las amenazas y ataques a la sede de la revista, se supo que Anabalón (detenido en Antofagasta y condenado a relegación en la provincia de Aysén), fue desembarcado en Valparaíso y, tras una discusión con el teniente a cargo de la Aduana, recibió un “baño” (fue amarrado y sumergido en una poza del puerto) por parte de sus captores, muriendo poco después en una celda por las torturas recibidas. Ante esta situación, los policías se apoderaron del dinero del profesor y arrojaron su cadáver al mar. Por si esto no bastara, los agentes de Investigaciones estimaron que aún faltaba un homicidio por cometer: el de Mesa Bell. Fue así que la noche del martes 20 de diciembre de ese año, un día antes de que se descubrieran los restos de Anabalón (dentro de un saco, amarrado con alambres y sujeto a barras de fierro) en el fondo de la bahía cerca de la Aduana, el periodista fue secuestrado por agentes policiales y golpeado hasta la muerte; su cuerpo fue arrojado en una acequia en Carrascal con Tucumán, en la comuna de Quinta Normal. Este hecho de sangre provocó amplias muestras de pesar y repudio en la opinión pública de la época, así como en la prensa, y como muestra de ello el dramaturgo y periodista Daniel de la Vega escribió: “El martes en la noche, en Carrascal, fue masacrada la libertad de imprenta”. Cerca de ochenta mil personas acompañaron el traslado de sus restos al Cementerio General, mientras que en el lugar donde fue encontrado su cadáver se levantó una animita, que hasta el día de hoy existe y es muy venerada. En cuanto a los autores del crimen de Anabalón, Rencoret y dos agentes fueron condenados a 12 y 10 años de cárcel respectivamente, pero fueron dejados en libertad gracias a una ley de amnistía aprobada en septiembre de 1934; lo mismo ocurrió con los asesinos de Mesa, que fueron indultados poco tiempo después. En este caso no sólo volvió a actuar la impunidad que, como ya vimos, también benefició a los asesinos de Castro, sino también el olvido: aparte de la animita, sólo existe una calle “Meza (sic) Bell” en Quinta Normal, que recuerda lo ocurrido; lo peor es que no hay certeza del paradero de los restos del periodista, pues fueron sepultados al principio en la tumba de Aurelio Díaz Meza (otro periodista destacado de principios del siglo pasado), y en algún momento impreciso fueron trasladados a un lugar ignoto. Y además, como cruel ironía del destino, Alberto Rencoret entró al seminario mientras huía de la justicia por la muerte de Anabalón, pasando a ser más adelante obispo de Ancud y arzobispo de Puerto Montt, terminando sus días apaciblemente en Constitución como partidario de Pinochet, tras abandonar su carrera eclesiástica.    

            Queda una sensación amarga en la boca y en el espíritu cuando uno lee sobre éstos y otros casos, tanto en Chile como en otras latitudes, cuando el olvido y el paso del tiempo terminan por sepultar la rabia sentida en el momento ante las injusticias y crímenes cometidos contra aquellas personas que, independiente de su oficio, lucharon por hacer de este mundo un lugar mejor y más justo. Esta amnesia colectiva también ha llevado a que desconozcamos otros casos de periodistas destacados, como la penquista Rosario Ortiz (más conocida como “La Monche”), que fue una de las primeras mujeres periodistas de nuestra historia y que apoyó la causa liberal durante las guerras civiles de 1851 y 1859, o el porteño Santiago Ramos, pionero de la prensa popular local e influido por Francisco Bilbao y el socialismo utópico de mediados del siglo XIX, pues llegó a proponer en sus periódicos El Tricolor (1845) y El Pueblo (1846) la instauración de un gobierno de unidad nacional que superara la división entre conservadores y liberales, y la participación en el Congreso de artesanos, hacendados, labradores y mujeres, entre otras ideas avanzadas para la época. Desconocemos más antecedentes sobre la vida y obra de Ortiz y Ramos, y de tantos otros, por motivos sociales, políticos y hasta geográficos (Castro, de Paula y Ortiz son hasta cierto punto conocidos en Iquique, Temuco y Concepción respectivamente, pero muy poco en el resto de Chile). Espero, tal vez ingenuamente, que esta columna (así como las precedentes y las que se publicarán a futuro) incentive a mis compatriotas a interesarse más por la vida de los que partieron violentamente de esta larga, angosta y olvidadiza franja de tierra. 

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