Émulos de Ícaro en el fin del mundo. Los primeros mártires chilenos de la aviación (1910-1917).

Luis Alberto Acevedo Acevedo, primer mártir de la aviación chilena (1885-1913). Fuente imagen:
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Aviador_Luis_Acevedo_(2).jpg

Hace poco más de una semana una tragedia enlutó a la ciudad sureña de Puerto Montt: una avioneta comercial cayó accidentalmente sobre una casa, dejando un saldo de seis víctimas fatales (cuatro trabajadores de una salmonera, una pasajera y el piloto) y la destrucción de la vivienda, producto de un incendio. Este triste suceso no sólo muestra que el transporte aéreo moderno no está exento de sufrir percances (aunque en menor grado que la locomoción terrestre), sino que también hace reflexionar sobre cuán arriesgados y difíciles fueron los primeros intentos por volar, hace poco más de un siglo, en aeronaves de material ligero, y sin más instrumentos de navegación que la brújula, el compás y la buena visión del piloto. En la presente columna hablaremos sobre los primeros chilenos (o aviadores nacidos en nuestro país) que fallecieron en pos de alcanzar el cielo, ya fuera por accidente o de manera intencional, como veremos.
En general se considera que el primer mártir de la aviación civil local fue Luis Alberto Acevedo Acevedo: a finales de 1910, el italiano Bartolomé Cattaneo realizó varios espectáculos aéreos en el Parque Cousiño (actual Parque O’Higgins) y el Club Hípico, maravillando a los presentes y entusiasmando a varios jóvenes con la idea de volar, entre los cuales estaba Acevedo, por entonces un joven ciclista y dueño del bar de un teatro capitalino. Debido a que se necesitaban recursos considerables para este nuevo hobby (para obtener un aeroplano y una licencia de piloto en Francia), Acevedo vendió su local y viajó a Europa, para efectuar el curso de vuelo en la escuela Blériot; asimismo recibió ayuda económica de su amigo, el también ciclista y pionero de la aviación chilena Clodomiro Figueroa. Volvió al país en 1912, iniciando varias exhibiciones aéreas en Santiago, Valparaíso y Antofagasta, sufriendo varios accidentes que le significaron, a él y a los integrantes de una sociedad creada para financiar los gastos de Acevedo (entre los cuales estaba Figueroa y un primo), un cuantioso desembolso monetario, así como la pérdida de su avión. Sin embargo, el joven aviador no desistió de sus sueños: al contrario, gracias al apoyo popular pudo obtener una nueva aeronave, y en marzo de 1913 batió el record latinoamericano de altura, pues ascendió hasta llegar a los 3.680 metros de altitud, superando la marca anterior de un piloto argentino. Por desgracia, Acevedo falleció poco tiempo después, el 13 de abril de ese año, cuando intentó volar entre Concepción y la capital. Su avión cayó sobre el río Biobío, debido a que unos estanques de combustible suplementarios que había instalado en su aparato (para así cubrir la considerable distancia existente entre las dos ciudades) estaban mal puestos o, según otras versiones, por su gran peso. Acevedo tenía apenas 27 años cuando partió de este mundo mientras realizaba lo que más le apasionaba, volar. Su muerte fue lamentada por todos, y su funeral en Santiago masivo: miles de personas acompañaron el cortejo fúnebre hasta el Cementerio General; seis años después se instaló un monolito en su homenaje, en la plaza San Pedro de Concepción, financiado con una erogación nacional e inaugurado con la presencia del teniente Dagoberto Godoy, el primer aviador que cruzó la cordillera de los Andes en sus cumbres más altas, en 1918. En la actualidad existen algunas calles bautizadas en su honor, en Conchalí y Quilpué, así como un club deportivo en la capital de la VIII Región.
Si bien Acevedo fue el primer mártir de nuestra aviación, no podemos olvidar el caso anterior de Cecil Stanley Grace: nacido en Viña del Mar en 1880 (otras fuentes indican fechas distintas, como 1881, 1884 o 1886) e hijo de un banquero de Nueva York, Grace viajó con sus padres a Gran Bretaña a finales del siglo XIX, estudiando en Oxford y recibiendo la ciudadanía británica en 1910; también ese año recibió su licencia de piloto civil, pues le interesaban los deportes y era miembro del Royal Aero Club. En ese entonces el Barón de Forest, un noble inglés, ofreció un premio de 4 mil libras esterlinas (un poco más de 400 millones de pesos actuales) para el aviador que lograra cruzar el Canal de la Mancha, y se adentrara lo más que pudiera en Europa continental. Como muchos pilotos de la época, Grace aceptó el desafío y se propuso cruzar el canal ida y vuelta: así fue que el 22 de diciembre de 1910 voló desde Sangatte a Dover, y de allí a Calais, en la costa francesa; tras llegar a su destino, partió de vuelta a Inglaterra, pero el aviador nunca apareció. Más adelante se encontraron su gorro y lentes de piloto en una playa belga, y en marzo de 1911 se descubrió en Ostende (también en Bélgica) un cadáver desfigurado y en descomposición, que se creyó correspondía al desafortunado piloto chileno-británico. Fue declarado oficialmente muerto ese mismo mes. Si bien en Chile es muy poco conocido, no existiendo calles ni memoriales que lo recuerden, en Inglaterra fue condecorado póstumamente “por sus logros como piloto y competidor” por el club al cual perteneció; además su nombre aparece en un vitral de la iglesia de Todos los Santos de Eastchurch, en donde vivió con su madre, y en un monumento erigido en Calais por un club aéreo francés, en honor a los primeros aeronautas que cruzaron el Canal.

            El novedoso invento del avión no sólo llamó la atención de los deportistas civiles, sino también de los militares, que vieron las posibilidades que entrañaba este aparato para la defensa territorial y el ataque a fuerzas hostiles. En nuestro país fue el Ejército la primera rama castrense que contó con una fuerza aérea, creando en 1913 la Escuela de Aeronáutica Militar, a cargo del capitán Manuel Ávalos. Por ello no es de extrañar que poco tiempo después del fallecimiento de Acevedo, comenzaran a sumarse víctimas fatales procedentes del mundo castrense, a la lista de los mártires de la aviación chilena. El primero fue el teniente de artillería Francisco Mery Aguirre: nacido en El Molle (valle del Elqui) en 1891, fue uno de los primeros oficiales en ingresar a la escuela de Ávalos y en obtener su brevet o licencia de piloto, a fines de 1913; también se destacó por su pericia para pilotar los aparatos aéreos, llegando a realizar demostraciones junto con otros camaradas durante la parada militar, el 19 de septiembre de ese año en el parque Cousiño. Desafortunadamente el ser humano nunca ha sido perfecto, y esto también se aplica para el joven Mery: el domingo 11 de enero de 1914 su superior, el capitán Ávalos, le pidió que probara un aeroplano con problemas técnicos, bautizado como “Manuel Rodríguez”, en el aeródromo de Lo Espejo (actual base aérea El Bosque), ubicado en lo que era entonces un sector rural aledaño a Santiago. Mientras descendía en espiral, y debido a una mala maniobra, el avión quedó panza arriba y se estrelló contra el suelo, a orillas del terreno militar; Mery murió producto del impacto. En el lugar de su partida se instaló una lápida de mármol, conmemorando al primer mártir de nuestra aviación militar; su muerte fue muy sentida por la población y sus compañeros de armas, y fue enterrado solemnemente en el Cementerio General. En 1917 se erigió un monumento en homenaje a los mártires de la aviación castrense, figurando el nombre de Francisco Mery en primer lugar; además un liceo en Lo Espejo y una calle en Conchalí lo recuerdan.

            A diferencia de los casos anteriores el siguiente aviador fallecido, o más bien desaparecido, es el más conocido en Chile, aunque no todos conocen la historia en detalle: el teniente primero de infantería Alejandro Bello Silva nació en la capital en 1889, viviendo durante su infancia en Ancud; tras ingresar a la Escuela Militar en 1909, Bello desarrolló su carrera como oficial en regimientos de Iquique, Los Ángeles y Santiago. Al igual que Acevedo y otros aviadores de antaño, Bello viajó a Francia con un compañero para seguir un curso de piloto aviador civil, y obtener su brevet. Tras esto ingresó a la Escuela de Aeronáutica en enero de 1914, y casi dos meses después se le ordenó que diera un examen para recibir el título de aviador militar: la prueba consistía en recorrer en avión el trayecto Lo Espejo-Culitrín (sector ubicado al sur de Paine)-Cartagena-Lo Espejo, en 48 horas a partir de la medianoche del lunes 9 de marzo. Esta clase de pruebas eran comunes en esos años, y de hecho Mery había efectuado el trayecto Lo Espejo-Cartagena-Casablanca a fines del año anterior. Además no sólo Bello debía efectuar el examen, sino también los tenientes Tucapel Ponce y Julio Torres, y el sargento Adolfo Menadier. Debido a la neblina que cubría densamente la región, los pilotos se vieron forzados a regresar a la base, retomando la prueba pocas horas después. Tras aterrizar en Culitrín y revisar su aeronave (el Sánchez Besa n° 13, también bautizado “Manuel Rodríguez” como el avión de Mery), Bello se remontó por los aires del Valle Central rumbo a la costa, dispuesto a terminar con éxito la prueba encomendada. Pero el destino o la mala suerte dijeron otra cosa: tras cruzarse con el avión de Ponce mientras ambos volaban, Bello se perdió de vista entre las nubes, desapareciendo en algún lugar de la ruta mientras intentaba, aparentemente, regresar a Lo Espejo. Sus compañeros de viaje también sufrieron dificultades, pues Ponce se vio obligado a aterrizar en Buin, mientras que Torres descendió de emergencia cerca de Malloco, y Menadier casi destruyó por completo su aeroplano al descender cerca de Lonquén. Al no recibirse noticias sobre su paradero, las autoridades iniciaron la búsqueda de Bello ese mismo día, primero por tierra (piquetes compuestos por policías y campesinos buscaron por toda la zona entre Valparaíso y Pichilemu) y, días después, por aire (Ávalos y los tenientes Ponce y Urrutia sobrevolaron la zona entre el puerto principal y la desembocadura del río Rapel) y mar, ofreciéndose dinero a los pescadores del litoral central para que ayudaran en la búsqueda, mientras que la Armada envió a un escampavía a investigar entre Cartagena y Valparaíso. Mas todo fue en vano: nunca se encontraron restos del malogrado oficial ni de su máquina. Para colmo las autoridades recibieron muchos reportes contradictorios: que Bello había aterrizado cerca de Llolleo, que unos pescadores oyeron un aeroplano volando hacia alta mar frente a Santo Domingo, que una vecina escuchó un “pájaro raro y grande, que metía mucha bulla” en Cartagena, etc. Hasta hoy circulan muchas teorías sobre el destino final del joven oficial, pues si bien en general se cree que se internó mar adentro por error, cayendo sobre el océano, otros proponen que se estrelló cerca de San Vicente de Tagua Tagua, Cuncumén, los alrededores de la laguna Aculeo o incluso el Cajón del Maipo, pues la máquina de Bello tenía combustible suficiente para volar por cuatro horas y, tal vez, terminó por chocar contra la ladera de algún cerro mientras intentaba regresar a la base. Su desaparición no sólo dio origen a la expresión popular “andar más perdido que el teniente Bello”, por no hablar de los homenajes efectuados por las autoridades militares, sino que también hay algunas calles en Santiago bautizadas en su honor; asimismo se han representado obras teatrales que han hecho referencia a su vida e ignota suerte, y en especial se han escrito conocidas piezas literarias como las novelas fantásticas Pacha Pulai (Hugo Silva, 1945) y La Sombra de Fuego (Alberto Rojas, 2011), así como un cuento de tintes metafísicos de Joaquín Edwards Bello. Por otro lado algunos de sus camaradas de promoción también perdieron la vida de forma trágica, pues Menadier cayó cerca de Lo Espejo en agosto de 1914, debido a una falla en el motor de su aparato, mientras que Ponce y un oficial acompañante murieron en los alrededores de Molina en abril de 1915. Estos últimos son recordados en aquel pueblo, mientras que la Escuela de Especialidades de la FACH (encargada de instruir a sus suboficiales) fue bautizada en honor de Menadier. 

            Para terminar esta columna nos referiremos a un aviador nacido en Chile, pero que dio la vida por la patria de su padre durante la I Guerra Mundial: Arturo Dell’Oro González. Nacido en Vallenar en septiembre de 1896, acudió a la escuela primaria para después abandonarla, pues pasó a ayudar a sus progenitores (ambos inmigrantes italianos) en una pequeña viña de su propiedad, ubicada en el valle del río Huasco. Tras el estallido de la Gran Guerra en el viejo continente, y el inicio de las hostilidades entre Italia y el imperio austro-húngaro, Dell’Oro se inscribió como recluta en Valparaíso en 1915, al igual que muchos otros jóvenes de ascendencia europea que vivían en nuestro país. Tras llegar a la península se inscribió como voluntario en el Servicio Aeronáutico (dependiente del ejército real italiano), llegando a obtener su licencia y participando en el bombardeo a campamentos enemigos, al norte de Italia. Por sus valerosas acciones fue ascendido a sargento, y condecorado con una medalla de plata. Precisamente fueron su arrojo y amor a la patria los que lo encumbraron a la gloria, y a que su nombre fuera inscrito en los anales de la historia militar italiana: el 1 de septiembre de 1917, días antes de cumplir los 21 años, se enfrentó a un biplano de reconocimiento austríaco, que sobrevolaba el cielo de Belluno (ciudad ubicada al norte de la península itálica); al ver que el avión enemigo se alejaba, y que su ametralladora se había atascado (un problema frecuente en las aeronaves de entonces), Dell’Oro decidió estrellarse contra el otro aparato, sacrificando su vida y la de los pilotos rivales. Obviamente ambos aparatos cayeron envueltos en llamas en las cercanías de la ciudad, y los cadáveres fueron enterrados solemnemente en el cementerio local. En reconocimiento a su sacrificio, Dell’Oro recibió de forma póstuma la medalla de oro al valor militar, la más alta condecoración castrense de Italia; además fueron bautizados en su honor el aeropuerto de Belluno y la base aérea de San Giusto, en Pisa, mientras que en Chile se hizo lo mismo con la conocida Scuola Italiana de Valparaíso, existiendo también un monumento en su honor en el aeródromo de su natal Vallenar. Aun cuando se nacionalizó italiano, es una lástima que no existan más instancias de homenaje en nuestro ingrato y olvidadizo país, en honor a uno de los primeros pilotos suicidas de la aviación de combate a nivel mundial. Por otro lado uno no puede dejar de asombrarse al pensar en la valentía de aquellos hombres y mujeres que tripularon esas frágiles aeronaves, hechas de tela y madera, en pos de realizar uno de los sueños milenarios del ser humano: remontarse por los aires y volar como las aves. Vaya pues esta columna, en homenaje a nuestros primeros mártires voladores.

Arturo Dell’Oro González, aviador ítalo-chileno, muerto durante la I Guerra Mundial (1896-1917). Fuente imagen:
http://www.scuolaitalianavalpo.cl/arturo-delloro/

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