Cuando la ficción altera la realidad: falsificaciones históricas y su impacto en Chile y el mundo (I).

Supuesto «cortador de berros gigante» diseñado por Leonardo Da Vinci, publicado en el falso Codex Romanoff. Fuente imagen:
https://yonosoycocinero.blogspot.com/2016/07/la-falsa-cocina-de-leonardo-da-vinci.html

A lo largo de la historia de la civilización humana han aparecido numerosos textos atribuidos a personajes o sucesos supuestamente reales, pero que han resultado ser apócrifos o falsos, y cuya creación ha obedecido a diversos motivos, desde intereses religiosos o ideológicos hasta como herramientas para justificar el odio y la violencia hacia ciertos grupos. En la presente columna nos enfocaremos en algunos documentos, cuya invención obedeció a razones religiosas y monetarias o paródicas.
Si bien ha habido varios escritos falsos religiosos que han intentado pasar por reales, como los abundantes y tardíos evangelios apócrifos (que tanto han dado que hablar en las últimas décadas, y en especial en el nuevo milenio con la publicación del bestseller El Código Da Vinci), y otros menos conocidos como el supuesto intercambio epistolar entre Jesús y el rey Abgar V de Edesa (ciudad ubicada al sur de Turquía), nos detendremos en una falsificación que dio origen a un estado: la Donación de Constantino, o Donatio Constantini en latín. A grandes rasgos este documento consiste en una presunta donación de honores, tierras y soberanías por parte del emperador romano Constantino I al papa de entonces, Silvestre I, en agradecimiento por haberlo curado de lepra y tras haberse convertido a la nueva fe del cristianismo; en especial el césar le habría “cedido” a aquel pontífice la ciudad de Roma y todas las provincias que por entonces formaban parte del Imperio Romano de Occidente (es decir desde Italia hasta la península ibérica, y desde Inglaterra hasta el norte de África), así como la primacía de la iglesia de Roma sobre las de Oriente (Jerusalén, Constantinopla, Antioquía y Alejandría), y el recibimiento de grandes honores por parte del Papa y los cardenales, entre otros beneficios. Este documento comenzó a ser utilizado por el papado hacia el siglo XI DC, en medio de las disputas de las iglesias Católica y Ortodoxa por el control de la cristiandad, así como frente a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, como una forma de justificar el dominio del papa sobre los territorios del centro de Italia; fue así que esta falsificación ayudó al surgimiento de los Estados Pontificios, que existieron hasta la unificación italiana en 1870. Si bien la veracidad de este texto fue refutada a finales de la Edad Media, por parte de diversas personalidades como el cardenal alemán Nicolás de Cusa y el erudito y humanista italiano Lorenzo Valla, han habido diversas teorías en torno a los responsables de su creación, así como de los motivos para ello: una teoría ya rechazada apuntaba a que esta falsificación se realizó en Francia en el siglo IX, mientras que otros investigadores han señalado que el autor fue algún eclesiástico romano de la época, para favorecer al Papa. Una tercera hipótesis indica que esta invención surgió hacia el año 816, a fin de asegurar el poderío del papado y el imperio carolingio frente a las pretensiones de Bizancio, de ser considerado como el único “heredero” del fenecido imperio romano, ya que con la Donación se justificaba el poderío temporal del Papa sobre el occidente católico, así como su derecho a ceder el título de emperador a Carlomagno y sus descendientes. Independiente de su verdadero origen y autoría, no cabe duda que la Donatio Constantini ejerció un fuerte impacto sobre la política europea medieval, en beneficio de una de las religiones organizadas más grandes del mundo.
Empero no todas las falsificaciones históricas se han hecho por motivos religiosos, sino que también por razones más simples, como la obtención de dinero gracias a la creación de presuntas antigüedades. Así sucedió con los llamados “Diarios de Hitler”, a principios de los ochenta: en 1983 la revista alemana Stern dio a conocer la noticia del descubrimiento de unos supuestos “diarios” escritos por el dictador alemán, entre 1932 y 1945; presuntamente los documentos habían sido recuperados y guardados por unos campesinos alemanes, tras un accidente aéreo ocurrido a fines de la guerra, y más tarde llevados clandestinamente a Alemania Occidental. Poco después de darse a conocer el hallazgo, algunos historiadores expertos en la II Guerra Mundial, incluido el afamado erudito inglés Hugh Trevor-Roper (que investigó la muerte de Hitler poco después del final del conflicto, a petición de las autoridades británicas), confirmaron la veracidad de los textos. Empero, y debido a las dudas que se generaron, se efectuaron análisis a la tinta y papel de los diarios, descubriéndose su falsedad; los principales involucrados en el subsiguiente escándalo que estalló, fueron el falsificador Konrad Kujau (quien comenzó su antiética carrera de plagiador a los 19 años, cuando creó un pase para subir de rango en la Liga de la Juventud Comunista de Alemania Oriental) y el periodista del Stern Gerd Heidemann, obsesionado con los objetos de la era nazi y que le pagó a Kujau fuertes sumas de dinero (obtenido de los editores de la revista) a cambio de los 61 volúmenes que componían los diarios. El descubrimiento de la falsificación terminó con la condena de Kujau y Heidemann a cuatro años y ocho meses de cárcel, si bien el primero se convirtió en una celebridad tras recuperar su libertad, por su habilidad para falsificar; además algunos editores del semanario alemán y del periódico inglés The Sunday Times (involucrado también en la publicación de los diarios) perdieron su empleo, y Trevor-Roper vio manchada su carrera, por haber dado en un principio el visto bueno a la autenticidad de los documentos.    

            Otro móvil para crear objetos o textos históricos puede obedecer al simple deseo de hacer una broma, de reírse de los crédulos e incautos que siempre abundan en este mundo. Al respecto un buen ejemplo es el Codex Romanoff, un supuesto manuscrito descubierto en el afamado museo Hermitage de San Petersburgo, atribuido a Leonardo Da Vinci y datado entre finales del siglo XV o inicios del XVI, en donde aparecen varios diseños de supuestas “máquinas” para ser utilizadas en la cocina renacentista, desde una batidora gigante accionada por una persona desde su interior, hasta un cortador de berros gigante (movido por caballos, como se ve en la ilustración que acompaña la presente columna) que habría provocado la muerte de varios cocineros y jardineros durante una demostración en el campo del palacio de Ludovico Sforza en Milán, pasando por otros ingenios igualmente absurdos, como un aparato para matar ranas o un sacacorchos para zurdos; en este códice también se pueden leer varias recetas del polímata florentino (como una especie de emparedado con carne, o las “pastillas de vaca”, una suerte de cubo de caldo de carne de vacuno), así como consejos sobre la forma correcta de comportarse en la mesa, recomendándose por ejemplo no poner la cabeza sobre el plato al comer, no limpiar el cuchillo en la ropa del comensal vecino ni manosear a los sirvientes, entre otros. Aunque el documento fue publicado en Inglaterra en 1987, y traducido al castellano en 1999 bajo el título Notas de Cocina de Leonardo Da Vinci, siendo reeditado en numerosas ocasiones, en realidad fue un fraude pergeñado por la pareja de historiadores ingleses Shelagh y Jonathan Routh, quienes lo presentaron ante la prensa en 1987, el día 1 de Abril para ser más exactos; este dato no es menor pues aquel es el Día de los Inocentes en buena parte del mundo occidental, una fecha propicia para la realización de bromas y la publicación de noticias disparatadas. Hasta el día de hoy mucha gente se niega a aceptar la falsedad de las supuestas notas culinarias de Da Vinci, aun cuando las ilustraciones del texto se basen en diseños reales (aunque poco conocidos en general) del sabio renacentista, y a pesar de las incongruencias presentes en el texto, ya que por ejemplo la papa llegó a Europa hacia 1554, décadas antes de que Leonardo supuestamente pensara en un aparato para pelarla, y tampoco pudo haber “inventado” el tenedor (como también se afirma en el Codex), pues ya era un utensilio conocido en Bizancio en el siglo XI. Esto muestra entre otras cosas el impacto que ha tenido el genio y figura de Da Vinci en la cultura de Occidente, al grado de creer que en realidad inventó exagerados artilugios de cocina y recetas propias de la “nouvelle cuisine”, a pesar de todos los desmentidos que se han hecho al respecto.   

            Otra falsificación histórica basada en motivos paródicos, o nacionalistas según otros, es el Oera Linda. Este texto es poco conocido en comparación con otros fraudes escritos, si bien ha circulado ampliamente entre los círculos esotéricos y New Age desde su aparición en 1872: a grandes rasgos es un texto escrito en frisón antiguo, que narra la supuesta historia de un continente perdido ubicado en la costa de los Países Bajos, llamado Atlandia (no confundir con la ficticia isla, más conocida, de la Atlántida), gobernado por un matriarcado sacerdotal y que, tras hundirse hacia el 2193 AC sus últimos habitantes emigrarían a otras partes del viejo continente, dando inicio a la civilización europea clásica; el documento también señala que los antiguos alfabetos griego y fenicio serían una corrupción de la escritura frisia, así como que los héroes de esta civilización serían los modelos de los posteriores dioses escandinavos y romanos, entre otras afirmaciones infundadas. El Oera Linda, llamado así porque supuestamente había estado durante generaciones en manos de la familia de Cornelis Over de Linden (“Oera Linda” en latín), un anticuario que se lo mostró a un bibliotecario en 1848, terminaría por ganar popularidad en el siglo XX y no sólo en los interesados por lo oculto, sino también entre los fanáticos raciales europeos pues el historiador Herman Wirth, cofundador y primer director de la Ahnenerbe (organización del III Reich dedicada a la investigación antropológica de la “herencia racial aria”), lo publicó en alemán en 1933, generando furor entre los nazis y en especial en el líder de las SS, Heinrich Himmler, al “probar” la antigüedad y superioridad cultural de los arios; es por ello que este escrito aún es considerado como un auténtico documento histórico entre círculos neonazis en la actualidad, así como en algunos grupos neopaganos y feministas. Aunque el texto ya era considerado como una falsificación en 1879, por sus numerosas incongruencias y errores etimológicos, ha habido diferentes hipótesis sobre sus autores, entre los cuales se ha apuntado al propio Over de Linden, y sus motivos, que van desde el nacionalismo (el libro fue inventado para demostrar la preeminencia de la cultura frisia) hasta la burla (sería una parodia de la Biblia, o una falsificación hecha para mofarse de los nacionalistas y ortodoxos religiosos). Independiente de su autoría o de las motivaciones para su invención, no puede negarse que el Oera Linda merece estar en la lista de los fraudes históricos que, en mayor o menor grado, influyeron o trataron de hacerlo en la historia occidental.

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