Cuando la ficción altera la realidad: falsificaciones históricas y su impacto en Chile y el mundo (II).

Continuando con el tema de los falsos documentos, otra motivación poderosa para crearlos ha sido el interés, por parte de agencias de inteligencia o miembros de partidos políticos, por perjudicar a un rival ideológico, ya sea una potencia belicosa o un dictador. Un ejemplo de aquello es el supuesto mapa nazi, dado a conocer por el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt a fines de octubre de 1941: menos de dos meses antes del ataque japonés a Pearl Harbour (que llevaría a la potencia del norte a entrar en la guerra), el mandatario recibió de parte de agentes ingleses un mapa que mostraba a Sudamérica dividida en cinco grandes naciones gobernadas por el III Reich, a saber Argentina (el actual territorio trasandino más Uruguay, Paraguay y una franja de salida al Pacífico por Antofagasta), un Chile dueño de todo Perú y la parte sur de Bolivia, Brasil (con la mitad septentrional de Bolivia bajo su dominio), las tres Guayanas unidas en un solo estado vasallo dominado por la Francia de Vichy, y Nueva España (la antigua Gran Colombia, es decir Ecuador, Colombia y Venezuela unidas, incluyendo Panamá), tal y como se puede observar en la imagen que corona esta columna. A juicio de Roosevelt, este plano falso era una prueba patente del interés de la dictadura de Hitler por adueñarse del continente americano, así como del riesgo que implicaba para los EEUU y sus ideales de libertad y democracia, la presencia de agentes e intereses económicos nazis en nuestra región; por su parte, el régimen alemán no tardó en negar la veracidad del mapa, tachándolo de ser una “vulgar falsificación”. En la actualidad se sabe que este plano es un documento apócrifo, creado por la inteligencia británica a fin de convencer al gobierno de Washington de apoyar su causa en contra del Eje, aunque hay algunos como el historiador Nicholas Cull que señalan que el mapa se basó en uno real: en su libro de 1995 Selling War: The British Propaganda Campaign against American ‘Neutrality’ in World War II, explica que el jefe de una organización nazi en Buenos Aires tenía un plano en su oficina, en donde se apreciaba por ejemplo que Argentina recibía (tras el hipotético triunfo nazi en el conflicto) no sólo Paraguay y Uruguay, sino también el sur de Bolivia y las islas Malvinas; también Brasil, Colombia, Perú y Venezuela obtendrían territorios. Los nazis hicieron y distribuyeron varias copias de este mapa, a fin de que varios gobiernos sudamericanos apoyaran el Nuevo Orden nazi, y poco después los agentes ingleses habrían modificado este mapa, no sólo para convencer a los norteamericanos de abandonar su postura aislacionista, sino también para provocar molestia entre los posibles aliados regionales de Hitler. Cull explica en su obra que el mapa mostrado por Roosevelt habría sido una falsificación inglesa basada en dos mapas, el original nazi de Buenos Aires y los bocetos diseñados meses antes por el agente británico Ivar Bryce, dando por resultado una pieza maestra de “propaganda negra” (entendida como material supuestamente procedente del rival, creado para difamarlo).
Otro ejemplo de falsificación ideológica, aunque algo más antigua que la anterior, es el llamado Memorial Tanaka, una presunta petición secreta de 1927 del primer ministro japonés Tanaka al emperador Hirohito, que a grandes rasgos postulaba la conquista de Manchuria, Mongolia y China como los primeros pasos para dominar el continente asiático, y después Estados Unidos e inclusive Europa. Este documento fue hecho público a fines de 1929 por una publicación nacionalista china, y traducido al inglés pocos años después, generando interés y preocupación al mismo tiempo, pues el comportamiento agresivo y belicoso del imperio japonés en los años treinta (que incluyó hechos repudiables y sin justificación, como la bien llamada “violación de Nanking” en 1937) le daba visos de verosimilitud; por obvias razones se convirtió en un instrumento para movilizar los sentimientos anti japoneses entre los norteamericanos, durante la II Guerra Mundial. Aunque la totalidad de los estudiosos nipones y varios historiadores occidentales lo han considerado como un documento falso, debido a sus incoherencias de estilo y contradicciones factuales, así como por el hecho de que el gobierno japonés de entonces estaba dividido en facciones civiles y militares, con puntos de vista opuestos, ha persistido la incógnita de quiénes fueron los responsables del fraude, pues algunos apuntan a nacionalistas o comunistas chinos, mientras que otros creen que fue obra de los servicios de inteligencia soviéticos, o inclusive que sería fruto de una colaboración entre individuos chinos y japoneses. Sea cual fuere la verdad al respecto, este memorial contribuyó a avivar las flamas de la desconfianza y el odio contra el imperio del sol naciente en los años 30 y 40, pues reflejaba el brutal expansionismo nipón.       

            Una tercera muestra de este tipo de falsificaciones, es la espuria autobiografía del general Carlos Prats titulada Una Vida por la Legalidad, publicada en México en 1976. En este supuesto diario de vida, que va desde febrero de 1973 hasta agosto del año siguiente (un mes y medio antes de ser asesinado por la DINA), el ex comandante en jefe del Ejército se muestra preocupado por la crisis política y económica sufrida por Chile durante los últimos meses de la Unidad Popular, provocada a su juicio por factores internos (intransigencia de los extremos políticos) y externos (injerencia norteamericana para derrocar a Allende); más adelante se refiere al Golpe de Estado, criticando en especial la represión desatada en contra de la izquierda y algunos militares constitucionalistas, así como la traición de Pinochet y los golpistas. Hacia el final del diario, Prats expresa por ejemplo su confianza en que los militares superarán de algún modo el desprestigio y corrupción que ya comenzaba a afectar al régimen militar (“Confío en que llegado un punto crítico en ese proceso, habrá en su seno hombres sanos que reaccionen en nombre de los grandes valores tradicionales de las fuerzas armadas de Chile”), así como las discrepancias al interior de la Junta, diciendo que Pinochet desea ser proclamado Presidente de la República “aunque para ello tenga que defenestrar a Merino, a Leigh y a Mendoza” y el creciente descontento entre las filas militares, debido al clima de intrigas y desconfianza generado por el régimen y sus políticas. Empero, este documento en realidad fue fabricado por el escritor y periodista Eduardo Labarca, tal y como reconoció el 2005: según explicó en ese entonces, en entrevistas y en una novela autobiográfica, mientras trabajaba en el programa Escucha Chile de Radio Moscú a mediados de los setenta, decidió crear un falso diario de vida (basado en un borrador muy malo, “digno de un alumno de kindergarten”, que alguien le dio) del general asesinado, pues se creyó que las memorias reales habían sido robadas por agentes de Pinochet; como una forma de reivindicar su figura de militar constitucional, y de mostrarles a los uniformados chilenos un camino diferente al de la represión contra su pueblo (aunque sin llegar a provocar una división en las FFAA, como se ha creído), decidió escribir esta autobiografía apócrifa. Por desgracia, este documento llegó a tener mayor circulación a nivel mundial que las Memorias reales de Prats, protegidas en una caja fuerte y publicadas recién en 1985 por parte de las hijas del general, cumpliendo su voluntad de editarlas sólo cuando las condiciones políticas en Chile lo permitieran. El año 2005 Labarca reconoció de manera encubierta su responsabilidad en el hecho, en su novela autobiográfica Cadáver Tuerto y, tras las acuciantes preguntas de la prensa, decidió confesar abiertamente su participación; poco después se reunió con las hijas de Prats, que se habían indignado con justa razón ante el falso diario de su padre, y con el entonces comandante en jefe del Ejército, general Juan Emilio Cheyre, para explicarles los motivos de su actuar y, sobre todo, para reparar en parte el daño causado a la figura del militar asesinado. Al mismo tiempo muchos especularon, en base a la novela, que Labarca había escrito el diario siguiendo órdenes de altos dirigentes del PC chileno en Moscú, apuntando principalmente al también escritor y político Volodia Teitelboim como el “autor intelectual” de la falsificación; sin embargo, Labarca ha desmentido tajantemente y en varias oportunidades (pues esa creencia ha seguido circulando) tal afirmación, reconociendo ser el único responsable del documento apócrifo. Desafortunadamente para él, para Prats y sus hijas, el falso diario sigue siendo citado y utilizado en ocasiones a la hora de escribir la historia de la Unidad Popular y el golpe militar, convirtiéndose en un error difícil de corregir.   

            Mucho más grave es lo que ocurre cuando un texto falso ayuda a justificar el odio hacia ciertos grupos humanos, terminando por generar persecuciones y el exterminio sin piedad de los afectados. Entre estos “líbelos de sangre” los más conocidos a nivel mundial (no sólo en Occidente, sino también en el mundo musulmán y en otras partes de Oriente) han sido los Protocolos de los Sabios de Sión, un supuesto documento publicado por primera vez en Rusia en 1902 y que “explica” los planes y maniobras de un grupo de sionistas reunidos en Basilea años antes, para destruir la cultura cristiana y conquistar el mundo, por medios como el monopolio de los medios de comunicación, la difusión de ideas nocivas y contrarias al cristianismo (como el marxismo y la evolución de las especies), la corrupción política y el incentivo de revoluciones y actos opuestos al orden establecido, entre otros. Muchas personas han creído desde entonces que sucesos como la Revolución Rusa, la creación del Estado de Israel, las crisis económicas y el establecimiento de la ONU (considerada como un “gobierno mundial”), así como hechos locales como la presencia “masiva” de turistas israelíes en la Patagonia, entre otros, no han sido casuales ni espontáneos, sino que obedecerían a un perverso plan ideado por judíos sionistas que odian al cristianismo y que sólo buscan su destrucción, así como el dominio de las masas a nivel mundial. Aun cuando se ha dicho en general que estos documentos serían el fruto del Primer Congreso Sionista, realizado en Basilea en 1897 y presidido por Theodor Herzl (fundador del sionismo moderno), otra teoría menciona que los protocolos fueron hallados entre las ropas de un soldado muerto a finales de la I Guerra Mundial. No sólo esta discrepancia en torno a su “descubrimiento” siembra dudas sobre su legitimidad, sino también otros hechos como que los planes para la dominación mundial son vagos, y a veces se concentran en temas secundarios, como por ejemplo quiénes debían conformar el grupo de guardaespaldas del Rey de los Judíos (quien sería el amo del mundo una vez que fuera conquistado, y que sería  a la vez el Anticristo de la escatología cristiana), que sería un monarca autocrático y paternalista, y también el nuevo Papa de una iglesia universal (¿por qué una iglesia, no habría sido más lógico que los sionistas hubieran hablado de una sinagoga, o del Tercer Templo en Jerusalén?); otros aspectos dudosos son el que estas actas estuvieran escritas en francés y no en hebreo (como hubiera sido razonable, si realmente procedieran del congreso de Basilea), sus contradicciones en torno a la producción de artículos de lujo (incentivarla para corromper a los gentiles, y después disminuirla para que las masas se acostumbren a la modestia y así obedezcan a sus nuevos líderes) y la concentración industrial y del capital (primero tener todo el oro del mundo en sus manos, y después incentivar la pequeña industria, para atacar los capitales de los grandes industriales). Otro elemento que aparentemente no llamó la atención de los nazis ni otros grupos racistas que han creído en la veracidad de este texto, es la difusión de las ideas de Nietzsche por parte de los presuntos “sabios de Sión”, junto con las de Marx y Darwin: recordemos que este filósofo alemán propuso que el Dios judeocristiano había muerto, y que el übermensch o “ultrahombre” debía crear sus propios valores; sus ideas fueron manipuladas a favor del ideario nazi, si bien Nietzsche fue en realidad contrario al antisemitismo. Por lo anterior se puede decir que los antisemitas de ayer y hoy han sido muy torpes, al seguir ideas supuestamente incentivadas por aquellos que más odian (o sea los judíos).

            Desde hace casi un siglo se sabe que los Protocolos fueron un invento, ya sea de la policía secreta rusa, o de algunos escritores antisemitas que buscaban convencer al zar Nicolás II de la supuesta inspiración judía de las ideas liberales, que por entonces circulaban en el imperio. De lo que no hay dudas es de las fuentes que inspiraron a los autores a pergeñar este fraude: por un lado el libro Diálogo en los infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu (1864), un ataque del escritor francés Maurice Joly al emperador Napoleón III, y un capítulo de la novela Biarritz (1868), del alemán Hermann Goedsche, en donde se narra la supuesta reunión de doce representantes de las tribus de Israel en el cementerio de Praga, para discutir sus planes de destrucción de la cristiandad y dominación mundial. A su vez Goedsche se habría inspirado en un relato del español Francisco de Quevedo, titulado “La isla de los Monopantos” (1644), en donde judíos procedentes de toda Europa y algunos cristianos traidores (los “monopantos” del título) se juntan, para planificar la conquista del mundo cristiano; es poco sabido que la muy católica España de esa época fue profundamente antisemita, viéndose con desconfianza a los judíos conversos al cristianismo (apodados groseramente como “marranos”), y de allí que aparecieran y circularan textos como el de Quevedo y otros. Desafortunadamente, y como ya fue mencionado, este escrito continúa circulando en la actualidad (ya sea en ediciones baratas o en versiones digitales por internet), resistiéndose a morir a pesar de los numerosos desmentidos; de hecho algunos pseudo “estudiosos” lo consideran como verdadero, aunque achacando su origen a otros supuestos grupos secretos, ya sean los illuminati (como expone Paul H. Koch en su libro Illuminati) o el Priorato de Sión, la presunta organización que ha protegido a los hipotéticos descendientes de Jesús a lo largo de la historia francesa (así se explica en El Enigma Sagrado, de Baigent, Leigh y Lincoln). Por otro lado los Protocolos han incentivado numerosos discursos y actos antisemitas en Occidente y Medio Oriente, desde el Holocausto hitleriano hasta atentados terroristas de extremistas musulmanes.

            Otro “líbelo de sangre”, muy conocido en Chile por desgracia, es el infame Plan Z, del cual ya se habló en una columna anterior sobre el miedo en nuestra historia. Este falso documento comenzó a circular en los medios de prensa locales poco después del Golpe de Estado de 1973, consistiendo a grandes rasgos en una presunta operación de exterminio de opositores políticos, parlamentarios de derecha y del PDC y miembros de las FFAA, por parte de grupos armados de la UP, extrema izquierda y guerrilleros extranjeros (sobre todo cubanos), y que se efectuaría a nivel nacional el 17, 18 o 19 de septiembre; según algunas versiones el propio presidente Allende sería asesinado por sus guardaespaldas tras la matanza, para culpar de ello a la derecha y fomentar el odio entre los partidarios de gobierno. Esta patraña sirvió como justificación de las violaciones a DDHH cometidas por la dictadura, así como de delaciones y persecuciones a los adherentes de izquierda, y aún en la actualidad muchas personas creen en su veracidad, defendiendo así los peores y más aberrantes actos cometidos por el Estado chileno en contra de sus propios ciudadanos. Una lectura del Libro Blanco del Cambio de Gobierno en Chile (en donde se publicaron las “pruebas” del Plan Z), muestra a las claras varios aspectos que demuestran su ilegitimidad, como por ejemplo la vaguedad de los textos presentados, ya que en un texto escrito a mano (por lo tanto sería un bosquejo, no el documento oficial de algún partido o del gobierno) se habla de lo que debiera hacerse en caso de que los militares apoyen o intenten derrocar a Allende (en aquel caso las fuerzas de izquierda debían apoyarlos en la lucha contra los sediciosos, pero si apoyaban a los golpistas debían ser atacados); otro documento tiene instrucciones para que Allende y otros jerarcas de la UP pudieran pasar a la clandestinidad, evitando la persecución militar, así como “claves musicales” (canciones específicas) que serían puestas en radios de izquierda, para avisar sobre la inminencia de un golpe militar. Otros elementos a considerar son las numerosas discrepancias sobre este plan, como la fecha en que se llevaría a cabo (antes o durante las Fiestas Patrias), la cifra de guerrilleros extranjeros involucrados (los diarios, libros de adherentes a Pinochet y declaraciones de las autoridades castrenses han dado cantidades tan disímiles como 10 mil, 15 mil, 20 mil o 50 mil extremistas), o el hecho de que Allende sería asesinado después de la muerte de sus opositores (¿es posible que hubiera autorizado un plan que contemplaba su propia muerte?). A esto se suma el hallazgo de armas y explosivos en industrias y sedes partidistas, a lo largo de Chile tras el Golpe, pero en cantidades insuficientes para haber llevado a cabo el supuesto complot de exterminio, del que fueron culpados los simpatizantes izquierdistas; además nunca se encontraron los “miles” de guerrilleros foráneos de los que tanto se habló en los medios oficiales. A estas alturas es obvio que el Plan Z fue una invención de los servicios de inteligencia castrenses (muy posiblemente de la Armada), que se basaron en algunos documentos hallados tras allanamientos, y tal vez en los numerosos rumores de autogolpe que tanto circularon en nuestro país desde el gobierno de Frei Montalva, por medio de la cual se buscaba galvanizar a los adherentes del golpe y “hacerles ver de que eran ellos o nosotros (…) teníamos que intervenir, estábamos bajo amenaza de muerte y si no lo hacíamos nosotros ellos, en este caso los comunistas y sus aliados, nos habrían exterminado”, como le explicó el periodista Raúl Sohr (autor de un documental sobre este plan) al autor de esta columna en una entrevista. No obstante, y tal como ha sucedido con otras falsificaciones, el Plan Z aún es esgrimido por partidarios de la dictadura como una “muestra” de la maldad y sed de sangre de los marxistas, justificando de esta forma lo injustificable.        

            Para terminar, no debe creerse que las invenciones señaladas en estas columnas han sido las únicas, pues han habido muchas otras, ya sean de tipo político (como los documentos Sisson, que supuestamente “prueban” que Lenin y otros dirigentes bolcheviques recibieron dinero alemán, a cambio de retirar a Rusia de la I Guerra Mundial), histórico (la supuesta obra de teatro quechua del siglo XVI Tragedia de la muerte de Atahualpa, que en realidad dataría de 1957), o literario, como los suplementos apócrifos de la novela romana Satiricón, o el falso segundo tomo de Don Quijote de la Mancha compuesto por Alonso Fernández de Avellaneda. De hecho el famoso libro de 1971 Pregúntale a Alicia, el supuesto diario real de una adolescente norteamericana que cae en el mundo de las drogas, y que muchos de nosotros leímos en el colegio, sería falso, pues la terapeuta Beatrice Sparks (que produjo otros libros de índole parecida) aparece en la Oficina de Derechos de Autor de EEUU como autora del “diario”, y se habría basado en los testimonios de diferentes pacientes juveniles que trató, para crear esta famosa obra de ficción con moraleja.   

Portada de la edición española de 1930 de los Protocolos de los Sabios de Sión. Fuente imagen:
https://es.wikipedia.org/wiki/Los_protocolos_de_los_sabios_de_Sion#/media/File:Protocols_Spain_1930.jpg

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