Somos lo que pensamos

Plebiscitos para promover toques de queda en algunas comunas de Chile, promover la revisión de artículos personales de nuestros estudiantes o acortar y relativizar asignaturas esenciales son, a mi juicio, señales inequívocas del giro que un pequeño grupo quiere dar a Chile. Estos son algunos de los factores por los que los ciudadanos decimos que #NosCansamos.

Por Daniel Romo Vega (@dromovega1)

En toda esta semana hemos tenido un fuerte debate sobre la importancia de la asignatura de Historia en la malla curricular de nuestros estudiantes. De pronto nos percatamos que uno de los ramos esenciales, con los cuales hemos lidiado -o disfrutado- más de alguna vez en nuestras vidas corre el riesgo de ser mutilado de los colegios y liceos de Chile. Acto seguido, como si de una ópera se tratara, los diversos organismos estatales se desdoblan para explicar a la ciudadanía que no es tan terrible lo que está ocurriendo, e incluso los estudiantes van a salir ganando.

¿Ganar en qué? ¿En tiempo, en aburrimiento o en olvido?

Y me redirijo a esto último. Porque comienzo a comprender el objetivo de toda esta maniobra.

Para esta hipótesis no tomo simplemente una apreciación personal, sino que recojo la de eruditos en Historia y también de los que no lo son. Existe una amplia corriente neoliberal y ultraconservadora empecinada en borrar del imaginario colectivo los momentos en que los chilenos nos unimos y reunimos para salvar la dignidad de la gente. De este manejo de tratados también se ocupa la Historia: vivimos en procesos cíclicos, “redondos”, donde vamos y volvemos y nos encontramos repitiendo nuestros pasos en la misma dirección. Incluso en la misma calle.

Convengamos en que “Historia” rima con “Memoria”, y para muchos esta figura es muy peligrosa.

En una sociedad donde el pillaje legal y el matonaje empresarial vestido de AFP e Isapres se hacen ley, en donde desaparece el colectivismo de antaño para dejarnos con ese individualismo millenial que nos hace correr en círculos cuando hay un Ciber Day; en esa misma sociedad donde un youtuber tiene una opinión más resonante que la que puede tener un profesor de ciencias o historia, o donde un astrólogo tiene mucha más audiencia de la que puede tener un programa cultural; donde los medios de comunicación prefieren poner en portada la boda de un futbolista o la infidelidad de un famoso de la TV para hacerse de unos cientos de diarios vendidos más ese día; y en la misma sociedad donde un noticiero prefiere pasar un reportaje sobre Burberry mientras el resto de sus competidores pasan en el mismo momento y al mismo tiempo los resultados sobre una investigación por delitos de lesa humanidad; y cómo no mencionar cuando en la sociedad en que vivimos justificamos la represión como un acto disciplinario social… es obvio que no funciona la memoria, ni puede echarse a andar tan fácilmente.

¿O acaso sí?

Supongamos que los mismos neoliberales nos obsequian una gran excusa para unirnos todos y recordar esos momentos que vivieron nuestros bisabuelos, nuestros abuelos, nuestros padres… y les enseñamos a nuestros hijos lo que realmente es vivir. Si realmente nos tomamos un instante y juntamos a la Patria en una sola ideología llamada Chile, donde les enseñemos que todos tenemos algo que decir, que vocear. O simplemente gritar. Pero jamás callar.

Quiero compartirles una utopía necesaria, un anhelo que podemos alcanzar de una vez por todas como sociedad. Se llama dignidad.

Hace unas tres décadas atrás, cierto prócer de nuestro país nos habló desde su palco luego de unas encarnizadas elecciones presidenciales donde derrotó sin problemas al candidato oficialista. No voy a dar nombres hasta más abajo, quiero hacer este ejercicio de memoria que puede alcanzar fácilmente si es que usted ha leído lo necesario.

“Chilenas y chilenos… vayan tranquilos a sus casas, con la satisfacción del deber cumplido…”

¿Ya recordó quién lo dijo? Así es, Patricio Aylwin. Y créame que los chilenos le hicimos caso sin rechistar. Hasta el día de hoy nos quedamos en casa, pensando que ya lo habíamos alcanzado todo y que los males de los demás no nos pertenecen. Fue el comienzo del individualismo.

Y mientras tanto, los que “perdieron” esa contienda empezaron de inmediato a conculcar lo que se suponía nuestro triunfo: la libertad. Nadie les hizo contrapeso y… ya ve lo que tenemos. De nuevo la animadversión entre compatriotas amenaza con dividir a la nación. Mientras, los casos de corrupción y oscuridad de nuestras instituciones siguen indignándonos, y los culpables esperan que el tiempo pase pronto para que el olvido -otra vez- penetre nuestras mentes como una neblina soporífera.

Pero no sólo se trata de olvido, también se trata de un hecho que es aún peor en estos tiempos. Se trata de la innegable posverdad.

Mucha gente el día de hoy está segura de que cualquier tipo de manifestación ciudadana traerá consigo desórdenes, caos, lumpen, detenidos, encarcelados… e incluso muertos. Y le puedo asegurar que aquellos que queremos salvar a Chile de la infamia del individualismo y la pérdida de su dignidad estamos muy lejos de buscar el mal de nuestro país. Lo que buscamos es exactamente lo contrario.

Imagen de la convocatoria. (Fuente: varios autores)

Así es, hablo en primera persona del plural. A ti, querido lector, te estoy sumando. Porque no me cabe ninguna duda que estás harto de lo que nos está pasando, y que tu idea de libertad, justicia y solidaridad calza con exactamente lo opuesto a lo que ves en Chile en este momento.

¿Acaso es muy difícil el objetivo? No me cabe ninguna duda que lo sea, pero mañana será el primer encuentro de muchos con nuestra verdadera historia. Ésa que no se enseña en las aulas ni redactan los historiadores, y sólo algunos libros en el atardecer de una librería se atreven a contarnos. Mañana estaremos frente a frente con el verdadero Chile, ese hambriento de historia, justicia, verdad y pensamientos colectivos, encarando con tranquilidad a la vez que decisión la larga campaña que se nos presenta: arrebatar lo poco que nos queda de país a las manos que han vivido por quitárnoslo. La utopía de la dignidad dejará de serlo, esta vez definitivamente. Ni usted ni yo necesitamos permiso para eso, aunque la autoridad no lo crea.

¿Sigue dudando del resultado? Pues tiene todo el derecho de hacerlo. Pero yo me adjudico el deber que me da la convicción que podemos lograrlo y vivir para contarlo a todos los nuestros. Y es que somos lo que pensamos, de eso ya estoy convencido.

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