Poquita fe

El peor enemigo de la Humanidad es la resignación.

Por Arturo Alejandro Muñoz (@artamumu)

¿En qué etapa de la evolución del capitalismo nos encontramos? ¿Cómo llamarán a esta época neoliberal salvaje los historiadores del futuro? ¿Habrá historiadores, o serán los economistas quienes hagan las definiciones del pasado?

Que hay un cambo de folio, es algo indiscutible. Las nuevas generaciones sienten que se les habla de asuntos prehistóricos cuando alguien menciona palabras como ‘sindicato’, ‘clases sociales’, ‘explotación’, ‘estado de bienestar’, y otras del mismo tenor. Ni mencionar lo que ocurriría en un grupo de jovenzuelos si alguien osa pronunciar conceptos como “lucha de clases” o “cultura y arte comprometidos”. Sería el desbande de mozalbetes. ¿Sólo de mozalbetes?

Es entendible –pero jamás aceptable– la resistencia que la derecha política tiene ante materias como Historia, educación cívica, filosofía, geografía económica, sociología, psicología social, y otras del área de las ciencias sociales. Esa derecha acepta sin remilgos sólo el estudio de la Economía, aunque soslaya interesadamente que ella forma parte de las ciencias sociales. La ignorancia muchas veces alcanza en política el grado de licenciatura.

Esta larguísima era que aún vive la humanidad, comenzó a mediados del siglo dieciocho con la primera revolución industrial en Inglaterra (1750-1850), prosiguiendo con una segunda revolución (1850-1930) que prohijó la acumulación de capitales en pocas manos, el nacimiento del proletariado que vende su fuerza de trabajo (es decir, vende o alquila parte de su propia vida) para subsistir, y generó también las tibias respuestas de los trabajadores organizados en mutuales, sociedades de resistencia y sindicatos.

A poco andar, dado que lo anterior no lograba grandes cambios en la dolorosa situación de las masas laborales, nacieron los “partidos obreros”, algunos de los cuales, a la larga, terminaron convirtiéndose en mayordomos o administradores del sistema mismo.

Sin embargo, si sindicatos y/o partidos no han logrado detener el insaciable apetito de los predadores capitalistas, han sido útiles al menos para humanizar un tanto los efectos del sistema, que no obstante no ha perdido una sola hoja.

Nuestros antepasados dieron una larga y dura lucha contra la explotación y la miseria impuestas por los gobiernos conservadores de comienzos y mediados del siglo veinte. Tuvieron paréntesis exitosos, breves, para ser finalmente masacrados por la acción bélica de la clase social privilegiada, que suele utilizar los talentos de las fuerzas armadas para defender sus intereses.

Los jóvenes de hoy (en su mayoría) han sido convencidos por la prensa funcional al sistema que es de mal talante, de mala clase, una ordinariez casi ‘flaite’, pertenecer a un sindicato. Impera el individualismo. Nada de ayudar al vecino, que podría transformarse en un severo competidor. Hay que actuar en solitario, y entender que el trabajo, si se cuenta con uno, es signo de status. Hay quien está convencido de que las empresas practican la beneficiencia al contratar mano de obra para determinadas labores. Como si las empresas pudieran para cumplir sus objetivos de producción y de rentabilidad sin trabajadores.

El triunfo del sistema capitalista reposa en el consumismo individual, o en el individualismo consumista, y en la eliminación de la solidaridad y la justicia social. La tarjeta de crédito, distribuída profusamente entre todos los chilenos, le permite al individuo consumir hasta la embriaguez mental, y endeudarse más allá de la segunda generación.

Cada familia chilena, en promedio, debe casi un año de salario neto.

Los servicios públicos fueron transformados en negocios privados. El Estado resulta molesto incluso para aquellos que más lo necesitan. Y quienes menos lo necesitan lo utilizan para proteger y aumentar sus privilegios. Todo está en manos del mercado y la libre competencia, o sea en manos de los poderosos. Si una empresa estafa a sus clientes, estos deben contratar abogados expertos para defenderse ante los tribunales. Nada de Estado. Cada cual vive solo, en compañía de su tarjeta.

En este sistema, el robo y la estafa forman parte ‘normal’ de su estructura. Vilfredo Pareto, ideólogo del liberalismo, elogiaba la estafa y el robo. Ese mensaje ha calado en las ‘elites’: parlamentarios, ministros, empresarios, políticos, militares, policías, jueces, académicos, sacerdotes, practican el robo y la estafa con desparpajo.

Es un aviso a la ciudadanía privada de derechos. Hágalo, porque son técnicas válidas del ‘modelo’. A partir de ahí, el fraude, la prevaricación, la incuria, el cohecho, el tráfico de influencias, la evasión de impuestos, la usura, la destrucción del medio ambiente, la explotación del prójimo, la venta del saber y de la salud, la confiscación de los ahorros previsionales, el saqueo de los bienes públicos, la estafa y el robo, obtuvieron patente de corso y droit de cité. Voy perdiendo la poquita fe que tenía en que las cosas pueden cambiar. Hemos consagrado esta forma de vida -admitiendo que esto pueda llamarse vida- con nuestra anuencia electoral y nuestra pasividad social.

Deja tu Comentario

comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *