Astronomía y cosmología de los pueblos originarios en Chile (II).

Mujer kawésqar navegando, en las cercanías de Puerto Edén. Fuente imagen: https://www.iucn.org/es/news/%C3%A1reas-protegidas/201712/el-legado-kaw%C3%A9sqar

Retomando el viaje por la sabiduría astronómica de los pueblos originarios en el actual territorio chileno, iniciado en la columna anterior, ahora es el turno de las poblaciones que han vivido en el inhóspito extremo austral. Comencemos por el pueblo canoero de los kawésqar, vulgarmente conocidos como alacalufes, y cuyos ancestros vivieron entre el Golfo de Penas y el Estrecho de Magallanes (actualmente residen principalmente en el pueblo de Puerto Edén): a diferencia de los mitos andinos y mapuche, para sus integrantes el sol era una mujer, al igual que la luna, y de hecho ambas eran hermanas. Según la creencia, la mujer Luna subió al cielo (llamado Arkaksélasejéstat, o Salto de los Astros) tras pincharse un ojo por error y, allí arriba, descubrió un lugar con abundantes y grandes mariscos, que arrojó a sus parientes en la tierra; después le pidió a su hermana menor que subiera, y así la mujer Sol se posicionó en el cielo, iluminando la tierra con sus rayos. Mas otras versiones indican que fue la Mujer Sol quien subió primero, y que la sangre manada de su herida ocular dio origen a la Vía Láctea; una vez en el cielo, se casó con un hombre y tuvo varios hijos, uno de los cuales descendería a la tierra más tarde, convirtiéndose en el primer antepasado de los kawésqar. Por otro lado, la luna ha tenido un importante significado cultural para este pueblo, pues servía para indicar largos intervalos de tiempo, como los meses. Por desgracia aún no se ha realizado un trabajo profundo, sobre los conocimientos astronómicos de los kawésqar, de modo que no es mucho más lo que podemos añadir al respecto.
Se sabe un poco más de la sabiduría y creencias de otro pueblo canoero, que ha vivido en las islas y canales de Tierra de Fuego, entre el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos: nos referimos a los yaganes. Tenían un mito parecido al de sus vecinos los cazadores terrestres selk’nam (como veremos más adelante), pues creían que antiguamente habían existido dos soles, el destructivo Taruwalem (que después se convirtió en una estrella inofensiva) y el bondadoso Lem, que corresponde al sol actual, y que tuvo varios hijos (como Yéxalem, que corresponde a Venus); también creían que Lem descubrió que las mujeres se disfrazaban como espíritus, para mantener sometidos a los hombres y que, tras revelarse la farsa y una posterior matanza de mujeres, Lem fue tras su cuñada Hanuxa (pues fue quien las incitó a cometer el engaño), quien escapó al cielo y se convirtió en la luna. Desde entonces ambos están en una constante persecución. Sobre la luna hay que señalar que los yaganes también han sabido de su influencia sobre las mareas, pues otro mito mencionaba que en una ocasión se arrojó al mar, provocando un gran diluvio que casi provocó la extinción de los seres vivos; mas se compadeció al ver que un grupo de sobrevivientes se agrupó en un islote, esperando la muerte, por lo que volvió al cielo y así hizo bajar el nivel del mar. El pueblo yagán también creía que otros antepasados legendarios se habían convertido en estrellas, como Yaniep quien, tras derrotar a un gigante, subió al cielo con sus esposas, convirtiéndose en una constelación con forma triangular; lo mismo se decía de los dos hermanos de la legendaria familia Yoalox (héroes culturales, que enseñaron a los yaganes cómo generar fuego y construir arpones, estableciendo también los procesos naturales de la reproducción y muerte), que se transformaron en las estrellas Procyon y Sirio tras morir, y que desde arriba observan la aplicación de sus conocimientos por parte de los yaganes.   

            Ya al interior de la Tierra del Fuego, el pueblo selk’nam (conocido comúnmente como ona) creía que los principales astros estelares, es decir el sol y la luna, eran una pareja de esposos, Kren y Kre (también conocidos como Kran y Kra). Al igual que los yaganes, los sek’nam creían que hubo un tiempo en que las mujeres, mandadas por Kre, dominaron a los hombres haciéndose pasar por espíritus. Sin embargo Kren descubrió la verdad y, tras una batalla entre ambos bandos que culminó con la matanza de la mayoría de las involucradas (salvándose sólo las niñas pequeñas, y algunas mujeres que se transformaron en animales), Kre arrancó al cielo tras ser golpeada por su esposo, quien la persigue hasta hoy; asimismo el mito indicaba que Kren tomó el lugar de su padre, el sol viejo Kronakataix, quien iluminaba la tierra en todo momento y que después desapareció. Este pueblo veía con temor a la luna, pues pensaba que cuando aparecía teñida de rojo significaba que Kre había devorado a un hombre; también le estaba prohibido a los niños mirarla fijamente, y de hecho cualquiera que la mirara podía morir. También creían que se alimentaba de niños, y que sólo quedaba satisfecha durante el plenilunio, por lo que sólo en esas noches los selk’nam podían estar tranquilos. Otra creencia relacionada con el sol y la luna explicaba que el poderoso antepasado y chamán Kwanyip, a fin de poder intimar con una joven, utilizó su poder mágico para que ambos cuerpos celestes, que hasta entonces se perseguían cerca del horizonte, se ocultaran tras él, dando así origen al crepúsculo y la noche. El mismo Kwanyip, tras pintarse de rojo como muestra de luto por la muerte de su madre, se metamorfoseó al partir de este mundo, convirtiéndose en la estrella más roja del Cinturón de Orión; a su alrededor están sus dos esposas, su cuñada y sus dos sobrinos, también transformados en estrellas. Otros ancestros míticos que ascendieron al cielo fueron Kenos (enviado del todopoderoso espíritu Temáukel, y creador a su vez de los primeros seres humanos), que se convirtió en la estrella Aldebarán; Cenuke, rival de Kwanyip, que se transformó en Venus, mientras que sus dos esposas también se volvieron estrellas; y el gigante caníbal Chaskel, también enemigo de Kwanyip y derrotado por éste o sus sobrinos, mutó tras morir en la luminosa estrella Canopus. Para este pueblo los grupos de estrellas en general correspondían a familias que habían ascendido a la bóveda celeste, siendo el padre la estrella más grande, mientras que sus esposas e hijos correspondían a los astros más cercanos a aquella.    

            Finalizando este recorrido en medio del inmenso océano Pacífico, nos encontramos con la isla de Rapa Nui, que albergó una avanzada civilización polinésica, afamada en todo el mundo por sus monumentales estatuas (moais), sus plataformas ceremoniales (ahus) y algunos misterios aún no descifrados del todo, como su escritura rongo rongo. El pueblo rapanui también ha puesto su mirada en el cielo, y de hecho uno de los tantos nombres dados a su tierra ha sido el de Mata Ki Te Rangi, u Ojos que Miran al Cielo. Al igual que otros pueblos navegantes, los rapanui han puesto a la luna o Mahina en un lugar relevante dentro de su cultura, por su influjo sobre las mareas (de allí su importancia para la pesca y navegación) y la agricultura, siendo asociada con la fertilidad de la naturaleza. Otro elemento que muestra la preponderancia del satélite en su vida cotidiana, es la existencia de un antiguo calendario lunar, dividido en doce o trece meses que comenzaban con la luna llena, y que estaban compuestos por veintinueve o treinta noches (según las fases lunares); evidencias de este calendario se han encontrado en algunos petroglifos de la isla y en una tableta inscrita conocida como Mamari, y a juicio del investigador Paul Horley coincide con otros calendarios polinésicos, aunque posee algunas variaciones, debidas al desarrollo de la cultura rapanui en un territorio aislado. Por su parte, el sol o Ra’á no era tan importante como la luna, pero de todas formas el pueblo rapanui ha celebrado el solsticio de invierno en una fiesta llamada Aringa Ora o Koro (“El rostro vivo del patriarca”), en donde se homenajea a los antepasados en los ahus; también es una festividad que celebra el inicio de un nuevo año, pues con esta nueva etapa se renuevan los recursos naturales de la tierra y el mar. Por otro lado los eclipses también eran vistos con preocupación por los isleños, y eran denominados como Kohu Ra’á (“sombra del sol”) o Ku Kai a Te Mahina (“está rosada la luna”). Entre los planetas se destacaba Marte, conocido como Matamea (Ojo Rojo), y que se consideraba que ejercía una influencia negativa sobre la tierra, siendo ésta una creencia compartida con el resto de la Polinesia; por otra parte marcaba el inicio del festival Koro, que se llevaba a cabo cada dos años. En cuanto a Venus, era denominado al menos de dos formas, dependiendo de si aparecía en la mañana (Hetu’u Popohanga, o Estrella de la Madrugada) o al atardecer (Hetu’u Ahiahi, o Estrella de la Tarde en lengua rapanui).      

            Con respecto a las estrellas, al igual que la luna han ejercido una influencia gravitante sobre la cultura rapanui, destacándose las Pléyades o Matariki (Ojos del Jefe, u Ojitos), puesto que su reaparición en el cielo nocturno, junto con la del Cinturón de Orión (conocido como Tautoru, o Los Tres Apuestos), daba inicio al nuevo año lunar; además su ascenso a mediados de noviembre marcaba el comienzo de la temporada de pesca en alta mar, así como la cosecha de algunos cultivos como el ñame, mientras que su desaparición en abril indicaba el inicio de una breve etapa de sufrimiento para la gente, comenzando las guerras entre clanes y finalizando el período de pesca. Otra constelación importante ha sido la de Orión, porque cuando estaba en lo alto del cielo nocturno se daba inicio al festival Paina (en donde se recordaba a los fallecidos), y también se comenzaba la cosecha de camote; además la aparición de este conjunto estelar en junio, era la señal de inicio para organizar la celebración del culto al Tangata Manu u Hombre Pájaro. También han sido relevantes las estrellas de Canopus (conocida como Po Roroa o La Gran Oscuridad, que marcaba el final del festival Paina) y Vega (Veri Hariu o Gusano/Ciempiés Hermoso, que daba comienzo a la temporada de pesca de anguilas a fines de mayo), entre otras.

            Debido a la relevancia cultural de los cuerpos celestes, no es de extrañar que la civilización rapanui contara hasta el siglo XIX con diferentes tipos de sacerdotes o sabios expertos en la lectura de las señales estelares, así como en el estudio meteorológico y de las mareas. Los sacerdotes astrónomos eran llamados tohunga, y procedían de la elite local; vivían con sus acólitos en unas estructuras circulares llamadas tupa, que además constituían una especie de observatorio astronómico. La mayoría de los 27 tupa de la isla se ubican en la costa (en la península oriental de Poike), donde hay menos obstáculos para observar el cielo, y poseen además una orientación astronómica, como lo ejemplifica la imagen inferior, que muestra unas tupas alineadas cerca del ahu Tongariki, que habrían servido para indicar la salida de la constelación de Matariki; la posición de otros tupa indica la aparición o ubicación de otras estrellas importantes, así como el amanecer y ocaso del astro rey durante los solsticios (el concepto de “equinoccio” no existía en el mundo polinésico). Asimismo algunas plataformas ceremoniales o ahus también tuvieron una finalidad astronómica, pues algunos de ellos estarían alineados con el solsticio de invierno o el ascenso de Matariki, mientras que otros señalarían el ascenso y descenso de una de las estrellas de Tautoru. Por medio de estas instalaciones los tohunga predecían la llegada de especies migratorias (peces, aves y tortugas marinas), indicando también las fechas propicias para la realización de las fiestas.

            Todo lo que hemos descrito en ésta y la anterior columna nos muestra la riqueza cultural, y en especial la profundidad del conocimiento astronómico y de las creencias de los pueblos que han vivido en el territorio chileno, así como las diferencias existentes entre su sabiduría y la del viejo mundo, aunque esto no implica que ambos saberes sean excluyentes, sino complementarios. Ya es hora de que los chilenos eurodescendientes tomemos conciencia de ello, dejando de lado la idea anacrónica y dañina de la “monoculturalidad” chilena, basada sólo en la cultura y tradición europea asentada en el Valle Central, y que ha condenado a otras culturas presentes en Chile (y que han sido mucho más antiguas que aquella) al desprecio, burla y olvido. 

 

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