La lucha por la tierra en Aysén: la “guerra de Chile Chico” de 1918.

Colonos chilenos preparados para enfrentarse con las fuerzas policiales en 1918, durante la «guerra de Chile Chico». Fuente imagen: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-71151.html

Entre finales del siglo XIX e inicios del XX, y como una forma de integrar política y económicamente a Chile el por entonces conocido como Territorio del Aisen (actualmente la provincia de Palena y la propia XI región de Aysén), el gobierno chileno entregó concesiones territoriales a diversos empresarios y particulares, bajo promesa de instalar familias sajonas y construir la infraestructura apropiada (puertos y caminos) para aprovechar las riquezas naturales de esa vasta región. Debido a compras posteriores, las concesiones originales terminaron por dar origen a tres grandes compañías ganaderas, entre ellas la Sociedad Explotadora del Baker, cuya concesión fue caducada en 1911 al no poder cumplir con sus compromisos, debido a dificultades económicas; además esta sociedad fue negligente, al no haber recogido a más de doscientos trabajadores chilotes en Caleta Tortel en el invierno de 1906, lo que provocó una epidemia de escorbuto que cobró la vida de 59 personas (las que fueron enterradas en la famosa Isla de los Muertos). Las tierras dadas a esta compañía, con una superficie de casi 800 mil hectáreas, fueron arrendadas al ciudadano sueco Carlos Von Flack, un empresario ganadero que en 1908 había expulsado por la fuerza a algunos colonos del valle Simpson, y que tras asociarse con inversionistas magallánicos, entre los cuales estaba Mauricio Braun (involucrado en el genocidio selk’nam y en las masacres obreras de 1920 y 1921, en Puerto Natales y la provincia argentina de Santa Cruz) creó el Sindicato Cordillera Cattle Company.

Habiendo delineado a grandes rasgos a uno de los actores partícipes de la llamada “guerra de Chile Chico”, también conocida como los “sucesos del lago Buenos Aires”, conozcamos ahora a los otros protagonistas: los colonos chilenos que se habían asentado de forma espontánea en este territorio, en los primeros años del siglo pasado. Estos esforzados pioneros eran campesinos procedentes de la zona centro-sur de Chile que, tras ser expulsados de sus tierras en la recién ocupada Araucanía, en beneficio de los grandes propietarios, y poco después de la provincia trasandina de Neuquén, al ser hostilizados por funcionarios locales (que veían el establecimiento de nuestros compatriotas como una “invasión chilena”), y añorando también volver a su tierra, decidieron entrar al territorio aisenino para establecerse con sus familias y ganado (ovejuno, vacuno y caballar) en los valles de los ríos Simpson, Baker y Jeinimene, así como a orillas del lago Buenos Aires (conocido actualmente, en la parte chilena, como lago General Carrera), ubicado al sur de la ciudad de Coihaique, entre otros lugares. Este hecho, así como el que explicaremos en esta columna, es poco conocido a nivel nacional, si bien por obvias razones ocupa un lugar primordial en la historia local de Aysén; a nivel literario uno de los pocos ejemplos conocidos sería la novela Coirón, una narración con elementos autobiográficos del escritor Daniel Belmar, nacido precisamente en Neuquén de padres chilenos. Por otro lado la estadía de estos colonos en la Patagonia argentina explica el uso hasta hoy de elementos culturales distintos a aquellos característicos del Valle Central, como el consumo de mate amargo y el uso de bombachas, entre otros. Volviendo al punto, los colonos lograron subsistir tras asentarse en aquellos deshabitados terrenos fiscales (o “tierras orejanas”, como eran conocidos entonces) gracias a la esquila, vendiendo lo obtenido en el poblado trasandino de Comodoro Rivadavia (situado en la costa atlántica), y obteniendo a cambio los productos necesarios para sus familias.

            Poco después, en 1914 los pobladores del lago Buenos Aires decidieron legalizar su ocupación, la que fue autorizada por los funcionarios de Punta Arenas; empero, en 1917 los terrenos ubicados al sur del lago fueron subastados en Santiago sin conocimiento de los pobladores, a petición de Julio Vicuña Subercaseaux, un conocido “cazador de concesiones” (compraba barato los terrenos fiscales, para después venderlos a buen precio), basándose en que las tierras estaban aisladas del resto de Chile y que no producían dinero para el Fisco. El tiro le salió por la culata a Vicuña, ya que las tierras fueron vendidas a Von Flack quien, por estar relacionado con el Ministro de Tierras y Colonización de la época, logró que el remate se efectuara a la hora establecida; al presentarse, Vicuña descubrió que los terrenos ya habían sido adjudicados a otra persona. Los pobladores por su parte, fueron informados varios meses después del remate, enterándose además con alarma que tenían hasta marzo de 1918 para desalojar sus tierras, pues serían entregadas a Von Flack. Enviaron como representante al profesor Arsenio Melo quien, al no ser escuchado en el ministerio, encontró ayuda en el diputado demócrata Nolasco Cárdenas, quien denunció lo ocurrido en el Congreso Nacional, en la sesión del 25 de Octubre.    

            Al cumplirse el plazo fatal, hacia mediados de marzo de 1918 se presentaron en la región Von Flack y su hermano, acompañados por algunos peones y carabineros al mando del teniente Leopoldo Miquel. Éste actuó de manera prepotente, expresando a los colonos que traía órdenes para “desalojarnos a sangre y fuego, demolernos nuestras casas y confiscará ganado que no alcancemos a sacar en el perentorio término de 24 horas”, amenazando además con que “el primero que levante la vista lo mata como perro”, tal y como expuso Melo en un angustioso comunicado que envió al diputado Cárdenas; por si fuera poco, el teniente Miquel se apoderó de la casa de un colono, atrincherándose con sus hombres. Frente a estos atropellos los pobladores deciden evacuar en secreto a sus familias, llevándolas hasta una estancia en Argentina, y después, al mando de José Antolín Silva Ormeño (quien había fundado el año anterior el pueblo de Balmaceda, y había realizado el servicio militar), rodean a los carabineros y hombres de Von Flack, engañándolos al dar la impresión de que eran un grupo numeroso de hombres armados, cuando en realidad sólo eran una veintena de colonos. El ardid dio resultado: Von Flack y Miquel se retiran con sus hombres para pedir refuerzos, no sin antes propinarle una paliza a uno de los colonos y amenazar con volver con “un carabinero por cada poblador”; después el teniente dio cuenta a sus superiores de que él y sus subordinados habían sido amarrados y sitiados, por una partida numerosa de “bandoleros”, lo que por supuesto era falso. Por su lado Silva y los pobladores (unos cincuenta hombres en total) se organizaron en dos patrullas, para vigilar el territorio y sus caminos. Von Flack y Miquel no se quedaron de brazos cruzados, pidiendo refuerzos al ministerio de Tierras y al cuerpo de Carabineros: en respuesta fueron despachados cuarenta funcionarios policiales al mando del teniente Armando Valdés, más el agrimensor Carlos Lemus, que tasaría los bienes de los colonos. Al saberse la llegada de estos refuerzos, los pobladores del lago Buenos Aires se prepararon para el inminente enfrentamiento, armados con algunas armas de fuego y cuchillos. Miquel y sus hombres se comportaron de forma irracional tras llegar a su destino pues, no contentos con haber golpeado a un colono que acudió a hablar con Lemus, pusieron a éste bajo arresto tras reclamar por el brutal hecho. Pocos días después, la fuerza de Miquel se dedicó a quemar las casas de los pobladores en los alrededores, casi todas deshabitadas (en una de ellas vivía una mujer con su bebé recién nacido, quien tuvo que abandonar su hogar a las llamas provocadas por los militares, en pleno invierno).    

            El 2 de julio ocurrió el primer enfrentamiento: en el sector de Lago Verde, una patrulla de carabineros asesinó a un colono que había ido a parlamentar. Sus compañeros reaccionaron con furia, dando muerte a tres policías, hiriendo a otro y capturando a ocho; pocos días después otra patrulla se enfrentó a los pobladores pero, ante la superioridad de éstos, se rindieron, quedando bajo la custodia de otro grupo de colonos. Al enterarse de lo ocurrido, Miquel se puso en marcha con el resto de la tropa pero, tras una lucha de dos días que dio como resultado la captura de tres carabineros más por los colonos, tuvo que huir rumbo a una estancia argentina; aparte de la humillación por la derrota y escape, fue comunicado de su relevo (pues las autoridades chilenas se enteraron de sus arbitrariedades), volviendo a Santiago y quedando la tropa al mando del teniente Valdés ¿Y qué hizo Von Flack? se preguntará más de alguna lectora o lector. La respuesta es simple: pidió ayuda armada a Buenos Aires, informando falsamente que los pioneros aiseninos eran un grupo numeroso de bandidos. Frente a esta supuesta “amenaza” se enviaron unos 320 soldados, comandados por el capitán Carmelo Miquel; este personaje fue apodado por los colonos como “el Miquel bueno” ya que, a diferencia de su contraparte chilena, tuvo el buen tino de informarse sobre las verdaderas razones del conflicto, concluyendo acertadamente que los colonos no eran bandoleros, ni tampoco constituían una amenaza para la soberanía argentina, sino que sólo pedían justicia contra Von Flack. El capitán cumplió así las órdenes dadas por el primer mandatario argentino, Hipólito Irigoyen quien, tras recibir y escuchar a un representante de los pobladores que realizó el largo viaje desde la zona en disputa hasta Buenos Aires, a principios de agosto, ordenó a aquel que investigara la verdad tras el conflicto.

            Mientras tanto, en nuestra capital el diputado Cárdenas continuaba defendiendo a los colonos, y una comisión de éstos se entrevistó con el ministro del Interior, el futuro presidente Arturo Alessandri (quien poco antes había negado falazmente tener conocimiento oficial sobre los enfrentamientos entre los pobladores y las fuerzas del “Miquel malo”), explicándole, así como a los periodistas que seguían la noticia, los verdaderos motivos de su actuar, esto es, la defensa de su derecho a la tierra frente al atropello de Von Flack y la violencia de los carabineros comandados por Leopoldo Miquel, que a su vez fue detenido tras retornar a la capital, por su responsabilidad en los hechos del lago Buenos Aires. Finalmente, poco después los carabineros que custodiaban la zona en conflicto fueron retirados por orden del gobierno chileno, quien a su vez pidió a su contraparte argentina que sus soldados protegieran el repliegue de aquellos; llegaron a Puerto Aysén a principios de septiembre. Los colonos por su parte entregaron los policías prisioneros a las autoridades, tras el retorno de sus compañeros de la capital. Un mes después Silva Ormeño y algunos de sus hombres, que habían sido capturados en una refriega anterior, también fueron liberados sin cargos. Asimismo, el gobierno anuló la concesión dada a Von Flack, si bien en 1921 le devolvió el dinero pagado por ella más intereses.

            A partir de 1918 el estado chileno comenzó a preocuparse más por el cumplimiento de los acuerdos, por parte de las grandes compañías explotadoras, obligándolas por ejemplo a instalar familias chilenas en los terrenos concedidos (lo que hicieron algunas sociedades), así como a construir caminos públicos, financiar el pago de las fuerzas policiales y, lo que es muy importante, también redujo el número de hectáreas cedidas, lo que llevó a que otras partes del extenso territorio aisenino fueran colonizadas por particulares chilenos. De hecho en 1930, durante la dictadura de Carlos Ibáñez, se concedió la propiedad gratuita a aquellos compatriotas que colonizaron la región antes de 1927. Si bien los colonos del actual lago General Carrera ganaron la “guerra de Chile Chico”, no dejaron de haber fricciones entre las grandes sociedades y los esforzados pioneros, pues por ejemplo en 1922 la Sociedad Hobbs y Cía (integrada por empresarios magallánicos, como el ya mencionado Mauricio Braun y José Menéndez, entre otros) se apoderó de terrenos pertenecientes a colonos en la zona del río Baker, desalojándolos con ayuda de la fuerza policial; también en 1924 los pobladores del valle del río Simpson reclamaron a través de una carta, por los cobros abusivos para utilizar un balseadero, propiedad de la Sociedad Industrial del Aisén. No olvidemos tampoco las críticas más recientes hacia el norteamericano Douglas Tompkins (fallecido el 2015), acusado de haber presionado a los pobladores para que le vendieran sus tierras. Por otra parte los aperrados colonos chilenos han sufrido durante décadas el olvido no sólo del Estado, sino también de sus compatriotas, pues pocos saben o han sido conscientes del esfuerzo que han tenido que desplegar para poder vivir en un territorio indómito, con inviernos fríos y lluviosos y con pocas vías de comunicación con el resto del país, así como del fuerte apego que han sentido hacia su patria y su terruño, de allí que por ejemplo los colonos del Lago Verde, tras enterarse en febrero del 2018 que sus tierras en realidad estaban en territorio argentino, se nieguen a abandonar su propiedad, que consideran suelo chileno.

            Para terminar, se puede decir que esta “guerra” ha sido una de las pocas ocasiones en que los sujetos populares lograron hacer valer sus derechos frente a los intereses de privados, lo que se debería entre otras cosas (además de la organización de los colonos) a que el Estado finalmente decidió apoyarlos y no reprimirlos, como ha sido la sangrienta constante en nuestra historia. Algo parecido ocurriría décadas después con las tomas de terrenos urbanos por parte de pobladores sin casa, proceso iniciado en 1957 con la fundación de la orgullosa población La Victoria, en Santiago. Esperamos sinceramente que esta columna ayude a que nuestros compatriotas sientan más respeto y admiración, por aquellos abnegados pioneros que han luchado durante generaciones para tener un pedazo de tierra en donde vivir, sin acapararla ni abusar de sus recursos, ni de sus semejantes.

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