Prohibido leer: la censura contra los libros a lo largo de nuestra historia (I).

Portada del tomo 1 del folletín El Subterráneo de los Jesuitas, de Ramón Pacheco (Santiago: Imprenta del Centro Editorial La Prensa, 1901). Fuente imagen: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-131959.html

La censura contra los libros, ya sean de investigación, filosóficos o poéticos, ha sido ejercida por diversos actores dominantes, ya sea de forma pública o privada a lo largo de la historia de Chile, y desde sus inicios: durante la etapa colonial (siglos XVI-XIX) la corona española y la Iglesia Católica ejercieron un férreo control sobre la impresión y difusión de libros, en todo el imperio hispano, y ello a través de dos instituciones: una de ellas fue el Consejo de Castilla, que daba permiso o licencia para la publicación de aquellas obras que no fueran contrarias a la monarquía ni a la religión, y que a la vez exigía la individualización del autor o impresor, así como datos tales como el lugar y fecha de impresión; el otro órgano de control fue el temido Tribunal de la Inquisición, encargado de vigilar la circulación de textos según su aparición en el Index Librorum Prohibitorium, una lista oficial de obras prohibidas por las autoridades eclesiásticas (y que fue suprimido recién en 1966). Los comisarios del Santo Oficio, apostados en todos los puertos y aduanas de las colonias españolas en América, se encargaban de revisar los cargamentos en busca de aquellos libros considerados “perniciosos”, independiente de su temática, y de allí que fueran víctimas de la censura diversas obras científicas (como las de Copérnico y Johannes Kepler), filosóficas (Spinoza y Descartes, por ejemplo) o literarias (como El Lazarillo de Tormes).
En la poco poblada y no muy rica Capitanía General de Chile (también denominada Reyno de Chile), la censura también se dejó sentir con fuerza, y en especial durante el siglo XVIII, ya que las autoridades civiles y religiosas vieron con malos ojos las obras de la Ilustración francesa, al proponer la abolición de las monarquías absolutistas y la religión organizada (considerada como una fuente de ignorancia y superstición); un conocido personaje que fue afectado por esta prohibición fue Manuel de Salas, quien fue condenado a pagar una multa en dinero y a la requisición de las obras ilustradas que adquirió en Europa, tras descubrirse en España que pretendía internar libros “peligrosos” al territorio chileno. Peor suerte tuvo el fraile de la Buena Muerte, el valdiviano Camilo Henríquez, quien en 1809 fue encarcelado por la Inquisición por haber leído (o poseído, según algunas versiones) textos ilustrados; afortunadamente fue liberado ese mismo año, volviendo a Chile en 1811 para participar del naciente movimiento independentista. En ocasiones los poseedores de esta clase de obras lograron zafarse de la persecución oficial, gracias a sus redes de contactos: ese fue el caso de otro pensador y precursor de nuestra Independencia, José Antonio de Rojas, a finales del siglo XVIII. Durante la etapa colonial la censura no sólo afectó a los libros filosóficos o políticos, sino también a aquellos religiosos que proponían doctrinas contrarias a los dogmas establecidos, es decir libros herejes: un conocido caso local es el de la obra Venida del Mesías en Gloria y Majestad, escrita por el jesuita santiaguino Manuel Lacunza y publicada póstumamente en 1812, bajo un seudónimo. El motivo para prohibir su publicación (y su posterior difusión) fue que apoyaba el milenarismo, una doctrina condenada por la Iglesia y que a grandes rasgos señala que Cristo volvería al mundo para reinar durante mil años, antes del Juicio Final (la teología oficial señala lo contrario, es decir que el Mesías volverá tras el Juicio y la derrota definitiva del Mal); también señala, entre otras ideas, que el Anticristo no sería un hombre, sino un espíritu o forma de pensamiento contrario a los preceptos divinos, y conformado por aquellos contrarios a Cristo, así como por sacerdotes corrompidos. Las propuestas de este polémico texto estuvieron prohibidas por un siglo y medio aproximadamente, pues en 1941 la Santa Sede prohibió la enseñanza del milenarismo, aunque fuera mitigada, en algunos grupos católicos, tal y como se le indicó por carta al arzobispo de Santiago, el futuro cardenal José María Caro; paradójicamente, el ideario de Lacunza tuvo una importante llegada en algunos grupos protestantes.
Con el advenimiento de la República tras la independencia, no cesó la censura contra aquellas obras contrarias a la decencia y al orden, tal y como lo estableció una ley de libertad de imprenta de 1846. Empero esta prohibición a veces se dio a nivel privado, como lo demostraría el caso del célebre folletín El Subterráneo de los Jesuitas: publicada por primera vez en 1878 (y reeditada en 1901 y 1935), esta obra de ficción de casi dos mil páginas en total narra las maquiavélicas intrigas de la Compañía de Jesús, en Santiago durante la Colonia y mediados del siglo XIX. El autor, el masón Ramón Pacheco, manifestó su posición anticlerical en este libro, pues describió a los jesuitas como una organización que no se detiene ante nada (ni siquiera ante el robo de bebés ni la extorsión) con tal de lograr su propósito, poner a todo el mundo bajo la égida de la Iglesia, y de la orden en especial. También cita varios textos anticlericales europeos a lo largo de su libro, para reafirmar la maldad, corrupción y codicia de la Compañía; esta obra se hizo famosa en particular por haberse basado en la leyenda de los supuestos túneles y subterráneos, que los jesuitas habrían construido bajo la capital en la época colonial, y en donde habrían escondido cuantiosas riquezas tras ser expulsados del imperio español por el rey Carlos III, en 1767. En el libro el subterráneo, que recorre todo el Santiago antiguo (desde San Pablo hasta la Ollería, actual avenida Portugal), no sólo es utilizado como una bóveda para almacenar la fortuna de la orden, sino también como un lugar de reunión secreto para sus integrantes; también contaría con calabozos para castigar a los traidores, y a todo aquel que fuera un peligro para los jesuitas. Según relató Joaquín Edwards Bello en una columna de 1951, este libro generó escándalo en el Chile decimonónico, principalmente a nivel privado más que público, puesto que su posesión y lectura provocó quiebres matrimoniales: cita por ejemplo el caso de un matrimonio de la clase dominante que se separó, debido a que la esposa quemó un ejemplar del Subterráneo que le habían prestado a su cónyuge, por considerarlo un libro impío. Asimismo Edwards afirmó que aún a mediados del siglo pasado algunas personas compraban ejemplares del texto en cuestión, en los remates de bibliotecas viejas, para después quemarlos, según le confidenció un librero de San Diego. También mencionó que otra obra anticlerical de Pacheco, El Puñal y la Sotana (de 1874, y que también tocó el tema del subterráneo jesuita, aunque de forma secundaria), generó un alboroto semejante. En este caso se podría decir que actuó la censura de forma privada, ya que el libro no fue prohibido públicamente por las autoridades, pero ello no impidió que generara resquemor al interior de las familias conservadoras, en especial de la oligarquía, lo que se explica entre otros motivos porque sus miembros formaban parte del pequeño porcentaje de la población chilena de entonces que sabía leer y escribir; no sería de extrañar que esta polémica obra también hubiera sido censurada (ya fuera prohibiendo su lectura o posesión, o incluso estando detrás de la destrucción de algunos ejemplares) por parte de los propios jesuitas. Por otra parte este libro contribuyó a popularizar la leyenda del subterráneo de la Compañía de Jesús, que ha continuado circulando y generando debates sobre su existencia, hasta el día de hoy.

            La oligarquía chilena de principios del siglo XX también ejerció la censura sobre otras novelas, aunque de ambientación contemporánea y más realistas, y a la vez más críticas hacia los poderosos: el primer caso fue el de la obra Tarapacá, publicada en Iquique en 1903 por los periodistas Osvaldo López y Nicanor Polo, bajo el seudónimo de “Juanito Zola”, en referencia al escritor francés Émile Zola (uno de los principales exponentes de la literatura naturalista, enfocada en narrar la cruda realidad de los sectores más desfavorecidos). Este libro, además de ser uno de los primeros de índole social en Latinoamérica y el primero en ser publicado en Iquique, narra por un lado el ambiente de despilfarro y decadencia en el que se desenvolvía la clase dominante iquiqueña (compuesta por millonarios chilenos e ingleses), y por otro el sufrimiento de la clase obrera en las salitreras, sometida a abusos y controles absurdos por parte de las autoridades. De este último sector social proviene uno de los protagonistas, el obrero Juan Pérez, quien busca cambiar las condiciones laborales y de vida de sus semejantes, convirtiéndose en líder y enfrentándose a los corruptos magnates del “oro blanco”, por medio de la unidad de los trabajadores pampinos. También los autores contrastan la inmoralidad de los grupos dominantes (sus integrantes malgastan el dinero en casinos y prostíbulos, contagiándose de sífilis) con la rectitud moral del sector obrero (Pérez es abstemio y no le gusta ir a fiestas ni fondas, preocupándose sólo de su familia y de la causa proletaria), tratando además otros temas, como la lucha entre la ciencia y la religión católica, criticada por su connivencia con los poderosos e hipocresía; en particular se ataca al obispo de Iquique, monseñor Guillermo Carter. Debido a su contenido antioligárquico y anticlerical, la obra de López y Polo fue censurada por las familias pudientes de Iquique, que se vieron reflejadas en algunos personajes del libro; es por ello que los afectados compraron los ejemplares existentes para impedir que circularan entre el resto de la población, siendo también quemados, sufriendo así el mismo destino que el texto de Pacheco; más aún, el mismo año de la publicación de este polémico libro, López sufrió un intento de asesinato en la capital tarapaqueña, cometido aparentemente por miembros de la policía secreta local. Su imprenta también sufrió ataques e incendios en varias ocasiones. A pesar de todo ello, y del olvido que sufrió esta obra prima de la Tierra de Campeones, fue rescatada y reeditada el 2006 en un esfuerzo conjunto por parte de la universidad Arturo Prat y otras organizaciones locales. Esta clase de “censura social” también afectó a otros textos durante la época del Centenario, como la novela Casa Grande (1908), de Luis Orrego Luco, quien fue criticado y atacado físicamente por la oligarquía santiaguina que, como su símil iquiqueña, se vio reflejada en algunos de los personajes de esta obra, que enjuicia negativamente el ansia de dinero y lucro por parte de la clase alta capitalina; reacciones parecidas habría generado otro texto de ficción, El Tapete Verde (1911), escrito por el doctor talquino Francisco Hederra, quien también criticó a la elite local a través de su protagonista, el joven aristócrata santiaguino Max Blanco, quien se convierte en un ludópata por influencia de sus amistades piducanas, derrochando su fortuna y destruyendo a su familia. Por su parte, uno de los clásicos del pensamiento crítico chileno que se publicó en esos años, Sinceridad. Chile íntimo en 1910, un conjunto de cartas escritas por el profesor de Talca Alejandro Venegas al por entonces presidente Pedro Montt (y publicadas como libro bajo el seudónimo Dr. J. Valdés Cange, para evitar represalias), también provocó molestia entre los grupos conservadores de entonces, quienes trataron de identificar al autor para castigarlo, ya que en sus epístolas criticó duramente el despilfarro de las elites gobernantes para las fiestas del Centenario, mientras que las clases populares sufrían por las malas condiciones de vida; también Venegas se refirió a la explotación sufrida por los trabajadores en las salitreras, así como a la miseria e injusticias sufridas por el pueblo mapuche tras la violenta ocupación de su territorio, entre muchos otros temas candentes.    

            Un cuarto de siglo después del veto contra Tarapacá, otro libro crítico, en esta ocasión hacia una compañía extranjera, fue víctima de lo que podríamos denominar “censura empresarial”: nos referimos al texto de denuncia Chuquicamata. La tumba del chileno, del escritor nortino Marcial Figueroa, publicado en Antofagasta en 1928, y cuya portada reproducimos en la imagen inferior de la presente columna. Si bien este autor e investigador sociológico, junto con Eulogio Gutiérrez, había publicado en Santiago ocho años antes otro escrito (titulado Chuquicamata, su grandeza y sus dolores) en donde también se criticaba la explotación de los trabajadores chilenos, a manos de empresarios foráneos en el conocido yacimiento nortino, el libro de finales de los años veinte en cuestión generó un fuerte rechazo por parte de la compañía cuprífera estadounidense que explotaba el mineral, la Chile Exploration Company (conocida de forma abreviada como Chilex), que se manifestó en la compra y quema de varios ejemplares, para así evitar su difusión; en cierta forma esta censura tuvo éxito pues, al igual que la novela de Juanito Zola, este trabajo de Figueroa tuvo una escasa difusión en nuestro país, si bien afortunadamente algunas copias se salvaron, y en la actualidad es posible consultarlas en la Biblioteca Nacional, amén de existir una versión digital en el estupendo sitio web Memoria Chilena. Ahora usted se preguntará, querida lectora o lector, qué contiene este libro para haber provocado su destrucción a manos de una poderosa empresa: pues bien, al igual que en el texto de 1920 Figueroa hace una descarnada descripción de las condiciones de trabajo y vida de los mineros chilenos en las numerosas secciones que componen el yacimiento, basada en sus propias vivencias como trabajador de la mina durante cuatro años. Describe el maltrato y racismo de los capataces y gerentes norteamericanos, que apodaban a nuestros connacionales como “blackmen” (negros) o “yellow bellies” (cobardes, aunque su traducción literal es “estómagos amarillos”), los bajos salarios y sus consecuencias (alta mortalidad infantil debida a la mala alimentación y las viviendas insalubres, enfermedades graves), los numerosos accidentes producto de la falta de medidas de seguridad laboral, la incitación a los mineros para delatar a sus compañeros de forma anónima, y el acoso que sufrían por parte de los guardias del mineral, entre otras injusticias y horrores semejantes a los que afectaban a los obreros de las oficinas salitreras. Es muy posible que este libro en particular sufriera la censura destructiva de la Chilex debido a que fue editado en Antofagasta, a diferencia de otros escritos críticos de Figueroa que fueron publicados en Santiago; como aquella ciudad del Norte Grande se encuentra más cerca de Chuquicamata que la capital, debió haber sido mucho más fácil para los agentes de la compañía comprar y quemar inmediatamente las copias del texto, y no limitarse a criticarlo por medio de misivas a los diarios, como sucedió con la obra de 1920 ya mencionada. De todas maneras fue una suerte que este valioso libro, al igual que los otros mencionados en esta columna, no se perdiera del todo, legándonos un fuerte testimonio de los abusos laborales perpetrados en el yacimiento de cobre más grande del mundo.   

Portada de Chuquicamata. La Tumba del Chileno, de Marcial Figueroa (Antofagasta: Imprenta Castellana, 1928). Fuente imagen: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-10260.html

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