Chile: la crisis de los partidos es la crisis de la democracia

En política, ¿qué se elige cuando se elige? ¿En qué se han convertido las tiendas partidistas?

Por Arturo Alejandro Muñoz (@artamumu)

Imposible refutarlo. La crisis de las instituciones chilenas es real y profunda. Lo más grave radica en que pareciera ser también general. Sename, Junaeb, Junji,  Servel, Tribunal Constitucional, Servicio de Impuestos Internos, Tesorería General de la República, Contraloría, los tres poderes del estado, los municipios, las iglesias, las FFAA, las dos policías, las tiendas políticas… y en estas últimas me detengo.

Los fríos hechos registrados por la Historia demuestran que resulta imposible consolidar positivamente un sistema democrático sin la participación de los partidos políticos. Esa misma ciencia –la Historia- también confirma que la democracia se va al tacho de los desperdicios cuando las tiendas partidistas no realizan la labor para la cual nacieron. Por angas o por mangas, ellas son parte viva y principal del sistema democrático.

Durante décadas los partidos políticos chilenos contaron con el beneplácito de la ciudadanía, con su respeto y adhesión. Durante décadas también fueron considerados un ejemplo a seguir en Latinoamérica. Ello ocurrió a lo largo del siglo pasado, coetáneamente con la admiración que los países del subcontinente sentían por la solidez de nuestra democracia. En alguna esquina de ese recorrido se produjo la vuelta de tuerca que dio brutal muerte a tanta belleza.

Luego de un interregno de diecisiete años, la estructura democrática y las tiendas partidistas regresaron al escenario político, pero esta vez venían apertrechados con un nuevo credo, el neoliberal, aunque durante largo tiempo mantuvieron sus ropajes antiguos para que la gente siguiera creyendo que en lo esencial, en lo  ideológico, continuaban defendiendo los mismos valores de ayer, a pesar del exilio y las persecuciones.

¿Existe hoy en Chile algún partido político -de aquellos con representación en el Legislativo- que pueda exhibir una cara y un currículo limpios, sin llagas de corrupciones, nepotismo, participaciones en negociados oscuros, traiciones a su electorado y apostasía ideológica por conveniencia económica? Ninguno. Aunque habrá quien asegure que los comunistas siguen siendo los mismos de antaño. No es así. El partido comunista hoy forma parte del grupo que administra y cautela el sistema que, precisamente ayer, consideraba nefasto. Si eso no es una apostasía ideológica, se aproxima bastante.

Y en el PS (partido socialista) es imperioso no olvidar a Marcelo Schilling, creador y administrador de la tétrica ‘oficina’, lugar desde el cual –respondiendo a las exigencias del pinochetismo– traicionó a decenas de ex compañeros suyos que habían luchado combo a combo, bala a bala, contra la dictadura, dejándolos indefensos y en descampado ante la maquinación impuesta por la sociedad Pinochetismo-Concertación (o mejor dicho, Cuadra-Brady-Cortázar-Aylwin), que impuso una política de estado llamada “justicia en la medida de lo posible”. Obviamente, el PS, como partido, avaló la truculencia democristiana, la aceptó y defendió con dientes y muelas. Hasta hoy, año 2019.

En ese escenario dibujado por crápulas políticas como René Cortázar, Jaime Ravinet, Patricio Aylwin, Enrique Correa, Edgardo Boenninger, Sergio Bitar, Juan Pablo Arellano, Ricardo Lagos Escobar, Alejandro Foxley, Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Carlos Ominami, se cocinó una “democracia de los acuerdos” que terminó construyendo el Chile neoliberal que hoy asfixia a gran parte de la población.

En esta locura traidora, el PS estuvo presente a través de representantes conocidos: Ominami, Bitar, Lagos, Correa. Después arribaron a la escena política ciertos individuos cuyos apellidos nos recordaban días heroicos, de lucha y esperanza. Sin embargo, prontamente muchos de ellos legislaron para evitar la existencia de una democracia verdadera, libre e independiente para nuestro país, lo cual ha sido reconfirmado por el actuar de altos personeros del PS al oponerse casi con furibunda alergia a que la soberanía resida en el pueblo, y atacan con dureza la posible concreción de una Asamblea Constituyente.

Otras tiendas, derechistas para ser exacto, que no sólo aplaudieron y admiraron al gobierno dictatorial, sino además colaboraron entusiastamente con él a sabiendas que se cometían graves atropellos a los derechos humanos y civiles, asesinatos incluidos. Muchos de sus dirigentes hoy reniegan de Pinochet, del ‘Mamo’ Contreras, de Álvaro Corbalán y de Osvaldo Romo. ¿Lo hacen por convicción? Por supuesto que no. Lo hacen por conveniencia electoral.

Hay más. Existen algunos políticos que fungen de “buenas personas, sangre nueva y fresca”, pomadas que logran venderle al respetable en épocas de elecciones. Los casos abundan. Uno de ellos es el del diputado Javier Macaya. La buena memoria obliga a recordar para no tropezar con piedra alguna. El año 2015 escribí un artículo titulado “La UDI tiene su propio Ku-Klux-Klan”, que publicó el “Movimiento Generación 80” en su muy visitada pagina web. En ese artículo, relaté lo siguiente:

Las declaraciones realizadas al diario electrónico “El Dínamo” por parte de la periodista Lily Zúñiga (algunas las transcribimos en esta nota), quien fuera jefa de prensa de aquel partido político, certifican la negativa opinión que he tenido siempre de los vástagos de Pinochet, discípulos de Jaime Guzmán y proactivos impulsores del saqueo y depredación a los que nuestro país ha sido sometido desde el año 1973 a la fecha.

La profesional trabajó durante once años como jefa de prensa del partido gremialista. Pero,  después que declarara en Fiscalía que las dos boletas que emitió en 2012 a SQM fueron ideológicamente falsas, que fueron pedidas por Jovino Novoa y que esta era una práctica habitual en la tienda de Jaime Guzmán, la maquinaria del partido se fue contra ella y contra todos sus contactos profesionales. “Ha sido una presión matonesca”, aseguró.

A Lily Zúñiga no sólo la abandonaron y la criticaron a sus espaldas, tildándola de ‘traidora’ (Silva, Macaya y el resto de los dirigentes), sino, además, se encargaron de desacreditarla profesional y laboralmente, llegando incluso a insultarla de forma soez, como fue el caso del diputado Javier Macaya quien, al teléfono, no cejó en endilgarle groserías al por mayor cuando ella le informó que ya tenía abogado y que concurriría a declarar a la Fiscalía (donde había sido citada). A este respecto, cuenta Lily Zúñiga: “Cuando le digo eso, empieza (Macaya) a hacer una catarsis conmigo, de puteadas literalmente. Que qué me creía; y que yo no podía hacer eso (rechazar el tardío ofrecimiento de los servicios de un abogado propuesto por Jovino Novoa y por la UDI)”

Chile: La UDI tiene su propio Ku-Klux-Klan. Columna de autor, que puede verse acà

Que la voz de la calle se quede en la calle, no en el gobierno ni en la economía, es hoy el principal interés de los políticos asociados al duopolio. Y lo han logrado, ya que las cofradías de la Alianza, Nueva Mayoría, Evópoli, Amplitud, Fuerza Nueva, etcétera, no se sienten amenazadas por lo que se ha develado públicamente en estos meses, pues confían en la pusilanimidad de la ciudadanía, y así lo manifiestan tras bambalinas algunos parlamentarios cuando dan a entender que más allá del revoloteo provocado por ciertas organizaciones sociales y por la prensa independiente, nada serio le ocurrió a la casta política en casos como PENTA, SQM, CAVAL y CORPBANCA.

Entonces, en política, ¿qué  se elige cuando se elige? Estoy cierto que ninguno de los filósofos más respetados y conocidos a lo largo de la historia de la humanidad hubiese aceptado que el pacto o contrato social -establecido por los individuos para estructurar gobiernos-, transitase por la imposición interesada de la salvaguarda de privilegios de unas cofradías políticas que, precisamente, han sido las causantes de todo escozor y explotación  inmisericorde de la sociedad chilena.

En esta zozobra de la seudo democracia chilena, la responsabilidad principal recae en las actuales tiendas partidistas, las que se han convertido en una cofradía enemiga de la gente, del país y de sus propias historias como partidos, dejando con ello campo abierto para la acción de grupúsculos dispuestos a militarizar el país de punta a punta.

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