Las reservas estratégicas de alimentos

Los precios de los alimentos en la Argentina se han vuelto un problema central de la oposición cuando deberían de ser una preocupación gubernamental, no solo por los indicadores coyunturales, sino por las características monopólica de su producción, comercialización y exportación.

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont (@eltabanoeconomi)

Lo cierto es que, ante algunas sanas ideas tendientes a brindar un abanico de propuestas a debatir, como la de resucitar La Junta Nacional de Granos, creada en 1933 bajo la presidencia del gobierno conservador de Agustín P. Justo, con el nombre de Junta Reguladora de Granos, para comprar trigo, maíz y lino a precios establecidos por el Gobierno para venderlos a los exportadores, los medios y las grandes monopolios de alimentos pusieron el grito en el cielo.

En una entrevista que brindó en el canal Todo Noticias, el diputado Felipe Solá dijo: “El Gobierno se reserva una cantidad de granos y se la vende a los molineros, pactando así el precio del pan (…) El precio del pan no puede estar atado ni al tipo de cambio ni al precio internacional del trigo“. Cuando fue consultado sobre un posible retorno de la Junta Nacional de Granos, el diputado indicó: “Creo que hay que volver a eso”. 

Los dichos del exgobernador de la provincia de Buenos Aires no parecen imprudentes; de hecho, es una alternativa dado los perturbadores niveles de pobreza difundidos por el Instituto Nacional de Estadística y que, además, son indicadores vetustos, anteriores a las consecuencias de última devaluación, sus posteriores incrementos de precios y los inevitables efectos sobre el aumento de la pobreza.

Lo cierto es que, en general, y podría ponerse a discusión, la mayoría de las potencias mundiales suelen recurrir a las reservas estratégicas de el o los bienes que se consideren centrales para el normal funcionamiento de su economía. Dichas reservas cumplen una multiplicidad de objetivos, que van desde el abastecimiento, la protección ante fluctuación desmedida de precios internacionales, regulación de precios internos, entre otros aspectos.

Quizás las más conocidas sean las reservas petroleras americanas, cuyo origen, con el nombre de Reserva Petrolera Estratégica, se remonta a 1973, cuando los estados árabes impusieron un embargo petrolero a Occidente en represalia por su apoyo a Israel. En 1975 el gobierno estadounidense reaccionó estableciendo la Reserva Estratégica, almacenando el combustible en cuevas rodeadas de formaciones salinas, cuyo mantenimiento tiene un costo (mantener reservas tiene costos) de U$S 200 millones anuales.

En síntesis, Estados Unidos tiene reservas para no tener que importar crudo, si fuera necesario, por 114 días, un periodo como el que le toma cualquiera de las guerras en las que participa, pero en especial la del Golfo, de lo cual salió airoso, o al menos, no lo resintío su economía interna. También estos 700 millones de barriles pueden servir para abastecer la maquinaria de guerra americana, totalmente dependiente de los combustibles fósiles, y de ser necesario, ante alguna coyuntura adversa, ponerla a disposición para regular los precios internos, uno de los puntos centrales del mantenimiento de las reservas.

Para los descreídos o amantes de los relatos del establishment hay algunas reservas un poco más complicadas de mantener, como, por ejemplo, la carne de cerdo China, que trataremos más adelante, aunque el país asiático mantiene, al menos que se sepa públicamente, reservas de carne de vaca, sal, azúcar, granos y petróleo. Por supuesto que no es el único país que de manera impertinente ha impuesto reservas. Canadá conserva sus reservas de jarabe de maple, la India de arroz, por su necesidad alimentaria, y hasta el convulsionado y poco regulacionista Ecuador, tiene una Unidad Nacional de Almacenamiento, cuya portada dice “SI ESTAMOS COMPRANDO ARROZ” 

La guerra comercial con Estados Unidos y las políticas de aranceles han encarecido las importaciones de productos agrícolas y alimentarios de los americanos a China. Estas políticas, y una devastadora epidemia de la peste porcina africana, están disparando los precios de la carne de cerdo. Como resultado, el mes pasado 30.000 toneladas de carne de cerdo salieron al mercado para reducir el aumento de precios, no solo del cerdo, sino de sus sustitutos, por lo que el Estado puso también 2.400 toneladas de carne de vaca y 1.900 de cordero. Una medida de simple lógica económica.

El sistema de reservas fue creado a fines de la década de 1970, justo cuando la China comenzó a implementar una nueva economía. El gobierno de Mao había mantenido reservas de emergencia de granos, sal y azúcar desde los años 50 como parte de la economía planificada. A medida que el país introdujo reformas de mercado, las reservas se convirtieron en una herramienta para controlar los cambios de precios, no solo para la carne de cerdo, sino también para la carne de vaca, pollo y cordero.

China consume 50 millones de toneladas de carne de cerdo al año, algo así como la mitad de la carne porcina que se consume el mundo, por lo que las reservas, aunque parezcan una monstruosidad, podrían ser una gota de agua en el desierto. Las estimaciones, de acuerdo a los dichos de algunos funcionarios de China Foods Limited, a falta de datos oficiales, serían de unas 200 mil toneladas, lo que nos llevaría a la lógica pregunta de determinar dónde guardan semejante cantidad de carne.

Bueno, el gobierno tiene una especie de Fort Knox porcino con más de 12 mil almacenes a lo largo del país donde puede almacenar unas 10 toneladas de carne congelada en cada uno. También cuanta con convenios con empresas privadas y, por supuesto, públicas, con las cuales las autoridades gestionan las fluctuaciones de las reservas nacionales.

Lo mas cómico, quizás, de este artículo, es que pudiera considerarse un ataque a la soberanía nacional hablar de resucitar un mecanismo amortiguador de precios internos. Y no pedir que los mismo chinos, que en su país mantiene reservas lógicas, aquí nos den una mano, a través de Syngenta, una compañía de ChemChina, para que se done el 1% de la producción para apagar el hambre en nuestro país.

La regulación, como propuesta por parte de Solá, parece un poco más estructural que un buen gesto de limosna de las multinacionales que monopolizan la producción y la comercialización en la Argentina, que es aplaudido y expuesto por los medios como una gran contribución al país. Nos parece bien la iniciativa y no criticamos su ejecución en estos momentos, como tampoco nos oponemos a la noble tarea de Caritas, solo nos gustaría que dejaran de existir por falta de pobres.

Puede seguir ésta y otras entradas de nuestro columnista en su web eltabanoeconomista.wordpress.com

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