Sin banderas, el pueblo empoderado quiere avanzar unido

Por Arturo Alejandro Muñoz (@artamumu)

Que las cofradías políticas no han aprendido nada luego de dos semanas de masivas movilizaciones populares, es un hecho innegable. Definitivamente, esos esperpentos no tienen posibilidad de redención. Tampoco nada han aprendido las tiendas partidistas… las fuerzas armadas… las iglesias… el comercio… el empresariado…y la prensa canalla u ‘oficial’.  Desmenucemos estos personajes; después me dice –estimado lector- si estoy equivocado o en lo correcto.

Millones de chilenos salieron a las calles de ciudades y pueblos manifestando su total descontento –repudio, en verdad- en relación al depredador sistema económico y político que hiere a la mayoría de los habitantes de nuestro país desde hace cuatro décadas. En esas movilizaciones, hasta este momento, no se ha visto ninguna bandera de partido político. Las ha habido de colegios profesionales, de etnias originarias, de poblaciones, de federaciones estudiantiles, de sindicatos, e incluso de equipos de fútbol, pero nada de nada respecto de tiendas partidistas.

Uno de los efectos de tales movilizaciones son los cabildos. Decenas de ellos se están organizando en regiones. Es el pueblo en marcha, el pueblo variopinto y consciente. Sin embargo, en algunas comunas determinados partidos políticos quieren sacar maquila de todo ello. Es lamentable, pero cierto, pues aún tenemos dirigentes políticos creyendo que esta fue una “revolución partidista”, sin comprender que todo esto ha sido lo que nos lleva a donde hoy estamos, Que es una ‘revolución’ política, no hay duda, puesto que somos sociedad y vivimos en ella, pero está muy lejos de ser una manifestación de partidos.

Y con claridad luminosa es posible asegurar que en Chile muchos partidos políticos tienen ‘dueños’, ya que los mismos personajes y apellidos están encaramados en las cúpulas de esas tiendas desde hace treinta años o más (la UDI es el mejor ejemplo).  Tales ‘dueños’ pontifican ahora sobre democracia, solidaridad y justicia social, pretendiendo dirigir y administrar cabildos y encuentros populares, soslayando que son ellos los individuos contra quienes millones de chilenos protestaron. Tozudos, porfiados, sectarios… tratarán por todos los medios encauzar los cabildos hacia los temas y ejes que al partido respectivo pueda interesarle. De hecho, esto no es una suposición, es real. En algunas comunas la gente ya ha reclamado airadamente porque ciertas tiendas políticas se apropiaron de los cabildos mostrando sus banderas partidistas como encabezamiento en los llamados a participar.

Todas las tiendas que conforman el duopolio son culpables de lo que se construyó para ahogar a la gente. Sin embargo, se hacen los “de las chacras” y pretenden figurar hoy como ‘salvadores del pueblo’, o de ‘la patria’, según sea el color de la tienda.

Mientras, parlamentarios de variopintos partidos se enfrascan en discusiones intrascendentes, bizantinas, frente a micrófonos y cámaras de televisión. El ladrón detrás del juez. Treinta años percolando basura humana en el Congreso Nacional sin haber aportado maldita la cosa en beneficio de la sociedad civil, especialmente, a favor de los más desposeídos, de los pobladores, de los trabajadores, de los estudiantes. Y ahí están, en lo de siempre…parloteando en la televisión y en las radios, engañando, pontificando con mentiras, intentando mantener el control absoluto sobre las decisiones de la gente.

¿Y las fuerzas armadas?   ¿Habrán aprendido algo luego de tantos años de juicios en contra algunos altos oficiales que participaron de lleno en las aberraciones cometidas en dictadura? ¿Estas recientes movilizaciones masivas, nada les han enseñado? Lo cierto es que muchos oficiales del ejército, marina y aviación, tienen clara consciencia que en 1973 sus pares se sumaron a la sedición y al golpismo para salvarle el pellejo económico a terratenientes, empresarios y banqueros, quienes años más tarde, una vez que retornada la democracia comenzaron los juicios y citaciones a tribunales, les dejaron solos, les abandonaron, y fue así que esos soldaditos hubieron de pagar el costo del totalitarismo provocado y solicitado por los dueños del capital, los que viven felices y forrados sin haber estado un solo día en prisión. ¿Estarían dispuestas las fuerzas armadas a servir nuevamente de mano de gato, o carne de cañón, para salvarles las faltriqueras a las mismas enriquecidas familias que traicionaron y abandonaron a sus pares uniformados desde 1990 en adelante?

En fin, estas parecieran ser algunas de las tantas condicionantes que deben ser consideradas al momento de sentarse a pensar el Chile que queremos. Tabúes, miedos y discursos interesados tienen que tirarse por la borda. Nuestro país, definitivamente, cambió (para mejor, es lo que todos esperamos) desde el mismo momento en que un estudiante del Instituto Nacional decidió saltar el torniquete del Metro en Santiago. A partir de ese hecho, ya nada es ni será igual. Todo, entonces, dependerá de nosotros, sólo de nosotros, la sociedad civil, para no repetir los errores y horrores que cometimos entregando en bandeja el poder y las decisiones a quienes nos traicionaron a primera hora, ni menos aún a quienes estructuraron este sistema salvaje que obligó a millones de chilenos a juntar ira y rabia…hasta la explosión que debería dar cauce a una nueva era.

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