Mitos en la historia de Chile (I): el presidente Balmaceda.

Masacre de Lo Cañas (18 de agosto de 1891), perpetrada por fuerzas gobiernistas contra adherentes de la causa congresista. Óleo de Enrique Lynch. Fuente imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_Lo_Ca%C3%B1as#/media/Archivo:Matanza_de_Lo_Ca%C3%B1as_-_E_Lynch.jpg

Antes de comenzar a hablar del tema de la presente columna, explicaremos a modo de prólogo qué entenderemos por “mito”, a fin de que el público lector pueda comprender mejor éste y los futuros textos que publicaremos: entre otras acepciones, el mito es una creencia o historia ampliamente difundida, pero falsa, y que altera la realidad de un hecho o personaje en particular. Teniendo esto en mente, damos inicio a nuestra serie sobre mitos en la historia chilena, comenzando con las ficciones que se han construido en torno al presidente liberal José Manuel Balmaceda, que gobernó nuestro país entre 1886 y 1891.
En medio de las recientes movilizaciones contra el sistema económico imperante, que en las últimas décadas ha llevado a la amplia mayoría de la población nacional a vivir endeudada, y condenada a una vejez miserable, sujeta a los caprichos del mercado y con un Estado indolente (pues se limita a aplicar soluciones parche sobre problemas puntuales), y que fueron gatilladas por el alza en el precio del pasaje del Metro, se hace necesario recordar que en nuestro pasado han habido otras explosiones sociales, generadas por el aumento del valor del transporte colectivo, como la “revolución de la chaucha” de agosto de 1949, o los sucesos del 2 de abril de 1957; sin embargo, es menos conocido que uno de los primeros estallidos sociales en contra del alza del transporte público ocurrió en la capital el 29 de abril de 1888, precisamente durante el mandato de Balmaceda, cuando se reunieron entre ochocientas y tres mil personas de los sectores populares en un mitin organizado por el Partido Democrático, para protestar por el aumento en medio centavo del pasaje de segunda clase de los “tranvías de sangre” (vehículos tirados por caballos), por parte de la Empresa del Ferrocarril Urbano de Santiago, una compañía privada que hasta ese momento se había negado a bajar la tarifa. Frente a tal tozudez, varios de los manifestantes comenzaron a detener, volcar y quemar tranvías (tras obligar a los pasajeros a bajarse), dando por resultado la destrucción total o parcial de más de treinta vehículos, así como numerosos heridos y varios caballos muertos. A pesar de que los líderes demócratas, organizadores del acto, trataron de impedir aquella destrucción, fueron detenidos y acusados de haber incitado a las masas a quemar los tranvías; finalmente fueron sobreseídos tras haber estado 43 días en la cárcel, pues las presuntas “pruebas” presentadas en su contra eran débiles e incoherentes.
Ahora bien, si nos enfocamos en la figura del presidente Balmaceda, el mito más importante y persistente hasta hoy es el de su presunto interés por nacionalizar la industria del salitre: si bien durante su gobierno se llevó a cabo un ambicioso programa de obras públicas, que incluyó la construcción de varios puentes (entre ellos el viaducto del río Malleco), la canalización del río Mapocho, la ampliación de las líneas ferroviarias y del sistema telegráfico, entre otros, así como una fuerte inversión en la educación pública (plasmada en la edificación de nuevas escuelas, y en la creación del Instituto Pedagógico), todo lo cual fue financiado con los ingresos provenientes del impuesto a la exportación salitrera, ello se explica por su pensamiento económico, que fue más bien proteccionista, y de ninguna forma se puede asegurar que Balmaceda hubiera pensado en la nacionalización del “oro blanco”, un mito construido por sus seguidores y repetido por buena parte de la izquierda local, hasta la actualidad. Hay que tener en cuenta que el fenecido mandatario fue de tendencia liberal, tal y como se entendía entonces, es decir se mostró partidario de que el Estado debía limitarse a proteger la libertad y el derecho de propiedad, y que en la esfera económica sólo debía tomar por su cuenta “aquellas obras de reconocida utilidad para el progreso de la nación, pero que como negocio no conviene a los particulares y por tanto no las aceptan”; de allí que durante su mandato se preocupara por la construcción de obras públicas que beneficiaran a toda la población (alcantarillado, colegios, FFCC) pues, de esa forma y como objetivo final, terminaría por aumentar la riqueza nacional pública y privada (por ejemplo con la expansión de las líneas férreas, aumentaría el valor de las propiedades particulares). Su visión sobre el rol estatal en la economía fue de índole proteccionista, no estatista, señalando por ejemplo que debía protegerse “a todas las industrias que tengan por objeto elaborar nuestros propios productos”; además tuvo al respecto una visión previsora y a largo plazo, pues a su juicio la industria local y los ferrocarriles se convertirían en fuentes de nueva riqueza nacional, cuando el salitre perdiera su importancia en algún momento del futuro. Sobre este punto el presidente, como buen liberal, fue contrario a la conformación de monopolios salitreros, ya fueran nacionales o extranjeros, estatales o privados, como lo indicó claramente en su famoso discurso del 9 de marzo de 1889, pronunciado en Iquique, al señalar que “el monopolio del salitre no puede ser empresa del Estado, cuya misión fundamental es sólo garantir la propiedad y la libertad. Tampoco debe ser obra de particulares, ya sean éstos nacionales o extranjeros, porque no aceptaremos jamás la tiranía económica de muchos ni de pocos”; más aún, a fin de contrarrestar el monopolio del transporte de salitre del británico John Thomas North y su compañía Nitrate Railways Company, el gobierno de Balmaceda otorgó en 1889 una concesión para construir una línea férrea en Caleta Buena (entre Pisagua e Iquique) a la Compañía Agua Santa, perteneciente a empresarios ingleses rivales de North. El gobierno posterior al de Balmaceda, encabezado por el almirante Jorge Montt, continuó su política de socavar el monopolio de la Nitrate Railways, apoyando a otros privados, y criticando a la vez las llamadas “combinaciones” (control del volumen de salitre a producir, por parte de los empresarios dueños de las oficinas), pues se pensaba que afectaban los ingresos percibidos por el Estado. Como menciona el historiador inglés Harold Blakemore en su conocida obra Gobierno chileno y salitre inglés, los sucesores de Balmaceda fueron más explícitos y duros en sus críticas a los empresarios salitreros, de lo que fue aquel. Por si fuera poco, y contrario a lo que dice el mito, Balmaceda mantuvo relaciones cordiales con North: la prensa de la época expresó que North “estaba muy satisfecho por las promesas del Presidente Balmaceda”, tras una primera reunión en marzo de 1889, y que el presidente se había mostrado muy cordial con el empresario y sus acompañantes en esa oportunidad; además, siempre según Blakemore, el presidente permitió a North expandir su imperio económico en Tarapacá, preocupándose sólo de impedir la conformación de un monopolio, y de obtener un alto nivel de recursos fiscales (por medio del impuesto a la exportación de salitre) para poder financiar su ambicioso programa de obras públicas. Estos antecedentes refutan el mito del “Balmaceda nacionalizador del salitre”.

            Otro mito muy difundido y creído hasta nuestros días, es el del “Balmaceda popular”, es decir el del presidente querido por las clases populares durante su gobierno. Aun cuando su gobierno por un lado buscó mejorar las condiciones de vida de la población, por ejemplo a través de la construcción de redes de alcantarillado y de colegios, por otra parte también reprimió con dureza a los trabajadores huelguistas, y a grupos de opositores durante la guerra civil de 1891. Más aún, recordemos que en octubre de 1889 el periodista radical Francisco de Paula Frías fue asesinado, junto con sus ayudantes Enrique Graff y Santos Carrillo, en el sector de Pancul, cerca de Carahue, en una emboscada preparada por las autoridades locales (hablamos con más detalle de este sórdido incidente en una columna de abril de este año: https://chilelibre.cl/2019/04/14/cuando-las-imprentas-comenzaron-a-tenirse-de-luto-los-primeros-martires-del-periodismo-chileno-1875-1932/), que además habían estado persiguiendo a otros radicales de la zona; si bien Balmaceda aceptó la renuncia de uno de los implicados (el gobernador interino Manuel Rioseco), y no se pronunció por el desafuero declarado en su contra por el Consejo de Estado, el hecho de que funcionarios de su gobierno, nombrados por el Ejecutivo, asesinaran a tres personas por la posesión de un fundo, e intimidaran a opositores políticos, le otorga un grado importante de responsabilidad frente a lo ocurrido. Además es posible que este sangriento suceso afectara su imagen, ya sea en una parte de la población local o entre los miembros del radicalismo. Un hecho violento que sí empañó su figura, y que ocurrió poco tiempo después, fue la represión contra los obreros que participaron en la primera huelga general de Chile y Latinoamérica, ocurrida en julio de 1890 en Tarapacá, Antofagasta, Valparaíso y la zona carbonífera, entre otras partes del país: originada por problemas salariales, los diversos grupos de trabajadores que participaron en la movilización (lancheros, obreros del salitre, panificadores, etc.) exigieron a las autoridades el pago de sus sueldos en metálico, así como el fin de las pulperías y fichas, la instalación de escuelas primarias en cada oficina y la prohibición de vender alcohol en las minas, entre otras reivindicaciones (lo mismo pedirían los trabajadores nortinos masacrados en la escuela Santa María de Iquique, diecisiete años después). Al principio el gobierno tuvo una actitud conciliadora, pero debido a la expansión del movimiento y a la presión patronal, entre otros factores, terminó por responder de forma violenta, con los militares atacando a los huelguistas en Antofagasta y Valparaíso, lo que dejó como saldo numerosas víctimas (sólo en el puerto se registraron doce muertos y quinientos heridos). Esta respuesta represiva se repitió en febrero del año siguiente, iniciada ya la guerra civil que enfrentó a Balmaceda con el Congreso: dos mil trabajadores salitreros intentaron llegar al puerto de Iquique, para pedir el fin del conflicto fratricida y la regularización en la entrega de abastecimientos; para evitar un posible saqueo a la ciudad, las tropas del gobierno se enfrentaron a un grupo de obreros armados, dando como resultado la llamada “masacre de Huara”, pues los militares mataron a más de treinta personas (incluyendo dieciocho dirigentes pampinos, que fueron fusilados de forma sumaria), e hirieron a un número indeterminado de trabajadores. Ambos actos represivos llevaron a que los obreros del salitre apoyaran la causa congresista, enrolándose en sus filas para luchar contra el “tirano” Balmaceda.

Otra masacre que también afectó negativamente la imagen del presidente entre la población de la época, incluyendo los sectores populares, fue la conocida matanza de Lo Cañas, ocurrida el 19 y 20 de agosto de 1891: un grupo de jóvenes opositores a Balmaceda, pertenecientes a grupos populares (campesinos), medios (artesanos) y pudientes, que buscaban volar un puente ferroviario sobre el río Maipo para impedir la llegada de tropas gobiernistas a Santiago, fue capturado por fuerzas leales al presidente en el fundo Lo Cañas, perteneciente a Carlos Walker Martínez (político conservador y líder del Comité Revolucionario, encargado de efectuar actos de sabotaje contra el gobierno); los miembros de la montonera fueron ejecutados sin piedad, y la soldadesca se apoderó de sus ropas y objetos de valor, quemando además los cadáveres y saqueando el fundo. Un grupo de ocho prisioneros fue torturado y fusilado contra la pared de una bodega, a la mañana siguiente (este trágico momento fue inmortalizado por el artista Enrique Lynch en su cuadro Masacre de Lo Cañas, que corona esta columna). Este brutal derramamiento de sangre, que a juicio del historiador Gonzalo Peralta fue la primera (y tal vez única) masacre en nuestra historia que cobró las vidas de miembros de la clase media y alta, generó un amplio repudio en la población, así como un ánimo revanchista entre las filas congresistas: ello explica por ejemplo la sádica muerte a sablazos y disparos del general de Ejército Orozimbo Barbosa (quien había dado la orden de fusilar inmediatamente a los ocho prisioneros de Lo Cañas), en la batalla final de Placilla, ocho días después de la matanza.

También el odio hacia Balmaceda por parte del bajo pueblo fue alimentado por otros hechos violentos, especialmente por aquellos ocurridos durante la guerra civil, como los atropellos en contra de la Iglesia por parte de las autoridades (pues los presbíteros apoyaron la causa congresista), los saqueos en contra de los opositores a Balmaceda, y en especial las torturas cometidas por los agentes gubernamentales, así como el enrolamiento forzoso de campesinos y trabajadores: un ejemplo de aquello es la décima Prisión de Valdés Calderón (nombre de uno de los más conocidos torturadores de la policía de Santiago), del poeta popular Rómulo Larrañaga, más conocido por su seudónimo de Rolak, que en una parte trata al susodicho de “verdugo vil y menguado /pícaro que ha flajelado (sic) /con frenético tesón, /que arrastraba a la prisión /i quitaba el alimento /que prodigaba el tormento /a la víctima infeliz (…)”. En cuanto al enganche forzoso de campesinos por parte de las fuerzas balmacedistas, una muestra del repudio popular a esta arbitraria medida se puede apreciar en una composición del poeta Nicasio García: “Paisano voi a contarle /Como vine a ser soldado /A la fuerza me agarraron /Despues pase acuartelado (…)”, contraponiendo la triste realidad de los soldados obligados a combatir en una lucha que no comprendían ni era suya, con el ánimo de los obreros pampinos que aceptaron formar parte de las fuerzas congresistas: “Paisano, vine del norte /porque soi opositor /dime pues lo que has ganado /con servirle al Dictador (…)”.

            La imagen negativa del presidente Balmaceda, por parte del bajo pueblo, se reflejó no sólo en la Lira Popular, sino también en la prensa, y a lo largo de su período presidencial. Al respecto, se destacan los periódicos del escritor Juan Rafael Allende, una de las pocas figuras destacadas de la historia local decimonónica, procedentes de la clase media baja y popular (pues nació y se crio en el barrio capitalino de La Chimba, actual Recoleta), junto con el compositor y político liberal José Zapiola, el escultor Virginio Arias y el arquitecto Fermín Vivaceta. En nuestra columna anterior sobre la censura teatral, señalamos el veto impuesto a la obra La República de Jauja (1889), en donde Allende satirizó a Balmaceda, mostrándolo como un líder vanidoso, demagogo y autoritario. Estas críticas fueron comunes en El Padre Padilla, uno de los periódicos más famosos de este escritor, al menos hasta mediados de 1889 (cuando la disputa política entre el Ejecutivo y la oposición en el Congreso, compuesta por nacionales, liberales y radicales, fue cobrando bríos), apodando a Balmaceda como “Almaciega” y “Zamacueca”, criticándolo entre otras cosas por su incapacidad para resolver problemas sociales, como la miseria y el hambre que afectaban a buena parte de la población nacional, así como por sus buenas relaciones con la jerarquía eclesiástica y los conservadores, al inicio de su gobierno: “Cierto es que prometí ayer /Ser un reformista fiero, /Más fiero que Lucifer…/Pero el león en el poder /Pronto se vuelve cordero…/”. Empero, Allende cambió radicalmente su postura con respecto al presidente hacia finales de su gobierno, pues consideraba que la oposición liberal-conservadora acarrearía males mayores a Chile y a los sectores populares; es por ello que durante la guerra civil llamó al pueblo a defender a Balmaceda, fustigando a la vez con dureza a sus adversarios oligárquicos (“¡Pueblo! ¡Ejército! De vuestro patriotismo, de vuestra lealtad depende que al fin en Chile tengamos Gobierno republicano o que continuemos uncidos al carro de los banqueros y agiotistas, nuestros verdugos de tres cuartos de siglo!”, proclamó en el periódico El Recluta en agosto de 1891). De hecho a finales del gobierno de Balmaceda fue surgiendo una suerte de “populismo”, por parte del mandatario y sus seguidores, que buscó apelar a las diferencias e injusticias sociales, y así atraer atraer al bajo pueblo a sus filas: por ejemplo el diario iquiqueño La Voz de Chile, que había criticado fuertemente los motines populares de 1890, un año después afirmaba que los trabajadores y artesanos “saben bien que ésta es la revolución de los ricos, de los banqueros, de los negociantes (…) Su Excelencia el Presidente, por el contrario, se ha esforzado siempre en dar trabajo al peón para que pueda vivir feliz (…)”. Sin embargo, esta clase de discursos no habría surtido los efectos esperados, pues algunos medios populares mantuvieron su postura contraria a la oligarquía y al Ejecutivo antes y después del enfrentamiento fratricida, como lo muestra el periódico El Ají (dirigido por Hipólito Olivares, obrero tipógrafo y miembro del Partido Democrático) que en 1890 hizo un sarcástico recuento de los miembros de la elite, mencionando entre otros al “zambo Montt, el especiero Matte, el falte Edwards, el hijo de su madre Balmaceda, el marinero escocés Mac-Iver, el aventurero escandinavo König (…)”; poco tiempo antes criticó al presidente por su política inmigratoria (ello provocaría a su juicio un aumento de la miseria entre las capas populares), indicando cáusticamente que Balmaceda “no pone después de su firma Chile sino Chi, porque la otra mitad pertenece a los países de donde han venido inmigrantes”. Tras la guerra civil este periódico mantuvo su postura crítica hacia todos los integrantes de la elite, pues se refirió de esta forma al difunto mandatario: “Querido Champudo (apodo dado a Balmaceda, por su cabellera):…Cometiste tantas maldades con los chilenos que es imposible que Dios te perdone (…) Los que hicieron sufrir a medio Chile por pura ambición, Lucifer los espera con los brazos abiertos i como fuiste el mas criminal estarás en ese lugar hasta la consumación de los siglos”.

            Esto último nos lleva a otro elemento que caracterizó la imagen popular de Balmaceda, en especial durante las postrimerías de su gobierno y poco después de terminada la guerra, cuando llegó a ser considerado por una parte del bajo pueblo (por no hablar de sus opositores políticos) como un ser disoluto y “diabólico”: por ejemplo Rolak interpretó la clausura del Congreso por parte del presidente, el 7 de enero de 1891, como un hecho demoníaco (“El Dictador infatuado /en ese día que hablo /se vió por el mismo Diablo /en una caja encerrado”); otros compositores apelaron a la Virgen del Carmen como protectora frente a las iniquidades de los balmacedistas, agradeciéndole también el triunfo constitucionalista sobre los partidarios del Ejecutivo. Más aún, el posterior refugio de Balmaceda en la embajada argentina (tras la victoria opositora en Placilla, en agosto de ese año) y su suicidio al mes siguiente, fueron interpretados como hechos debidos a su remordimiento y miedo al castigo por sus injusticias, estando bajo la influencia de un espíritu soberbio y maligno, como lo muestra el grabado reproducido al final de esta columna. Frente a su deceso, los poetas populares por una parte pidieron a Dios que perdonara “al delincuente /Aquel que fue presidente, /Que atrasó nuestra nación /Y puso en tribulación /A toda la patria entera (…)”; por otro lado su muerte fue vista como un acto de justicia propia, tal y como se puede apreciar en una composición de la afamada poetisa popular Rosa Araneda, al decir que “de pena el Presidente /de un balazo se mató. /De esta manera pagó /las deudas de la nación; /estando en la Legación /se victima sin esfuerzo”. 

  Paulatinamente, sin embargo, fue surgiendo una imagen positiva de Balmaceda poco tiempo después de su fallecimiento, tanto por parte de sus seguidores (que crearon el Partido Liberal Democrático, o Balmacedista, en 1893) como de los sectores populares; es en esta época, entre finales del siglo XIX e inicios del XX, que se fueron construyendo los mitos del Balmaceda “nacionalista” y “popular”. Ello se debió a varios factores, como el empeoramiento de las condiciones de vida de los grupos más vulnerables del Chile finisecular (generado a su vez por la deuda externa, la desvalorización de la moneda local y el aumento de la cesantía), que llevó a que la “revolución” de 1891 empezara a ser vista como un triunfo de y para los ricos, en perjuicio del resto de la sociedad, hablándose de la entronización de una tiranía nueva y peor que la anterior, de índole económica; también contribuyó a la aparición de un sentimiento favorable a Balmaceda la molestia de una parte de la población frente a los saqueos y persecuciones efectuados en contra de los simpatizantes de Balmaceda, por parte de los arrogantes vencedores, que además fueron incitados por los clérigos conservadores (esto llevó a un poeta anónimo a afirmar que si existía la justicia divina “los frailes la pagarán, /pues condenados están /por su crueldad i malicia”), así como la simpatía que el bajo pueblo comenzó a sentir por aquellos perseguidos y exiliados por el nuevo régimen, rechazándose también al unísono la denigración oficialista de la memoria del ex presidente. De hecho la gestión de Balmaceda comenzó a ser vista con otros ojos al ser comparada con la de su sucesor, el almirante Jorge Montt: “Balmaceda en su recinto /Nos dio buena ilustración, /Plata corrió por millón / Pero se fue de este Averno /Ahora a nuestro Gobierno /Damos quejas con razón”, expresó un poeta anónimo; además empezó a manifestarse la imagen del “presidente mártir”, víctima de los banqueros locales y extranjeros, católicos y masones, que volverá algún día a salvar al pueblo chileno de los males afligidos por la oligarquía (esta creencia en el “héroe dormido” que volverá en algún momento para salvar a su pueblo es común en todo el mundo, e incluye a personajes reales o ficticios, desde el rey Arturo y Gengis Khan hasta Emiliano Zapata y Sebastián I de Portugal). Es en contraposición al nuevo estado de cosas, caracterizado por la pobreza, fuertes impuestos y arbitrariedades, que Balmaceda pasa a simbolizar post mórtem la defensa de los valores democráticos y de la clase trabajadora, al interior de ésta.

            Al mismo tiempo los odiados balmacedistas volvieron a la arena política, gracias a las amnistías de 1893 y 1894, y la llegada del partido Liberal Democrático al Congreso ese mismo año, cuando se convirtieron en la segunda fuerza política más importante tras obtener 26 escaños en la Cámara de Diputados; ambos sucesos reflejan la reconciliación entre los antiguos bandos en pugna, que al fin y al cabo pertenecían al mismo sector social. Como señaló Blakemore, este hecho “atestiguaba la unidad social subyacente de la clase gobernante y también subrayaba el hecho que la revolución de 1891 había sido una gran lucha por el poder”, sin estar involucrada ninguna reforma social. Podríamos decir también que las heridas provocadas por este conflicto sanaron prontamente, debido a que no fue el único enfrentamiento interno durante el siglo XIX chileno, pues ocurrieron otras guerras civiles en 1829, 1851 y 1859. No se puede decir lo mismo de la disputa, que perdura hasta hoy, entre o’higginistas y carreristas, por cuanto la Independencia no sólo fue una lucha interna sino también, y principalmente, contra fuerzas extranjeras (españolas, como los Talaveras), siendo además un proceso en donde influyeron otros elementos, como la presencia e influjo de grupos externos (la Logia Lautaro y San Martín) y la discusión en torno a la construcción política de la nueva nación, entre otros. Obviamente la independencia de Chile fue una lucha distinta y más relevante, por cuanto se jugaba la libertad política y económica de nuestro país, que la guerra civil de 1891. Volviendo al punto, hacia los años veinte del siglo pasado la figura de Balmaceda fue cobrando bríos entre los opositores al sistema parlamentario (incluyendo a militares como el futuro dictador Carlos Ibáñez del Campo), pues consideraban que el país necesitaba de un Ejecutivo fuerte, que resolviera los problemas sociales y económicos de forma efectiva, superando las rencillas políticas, la corrupción imperante y la constante labor obstruccionista del Parlamento, y enfocándose además en lograr el engrandecimiento y progreso nacionales; en suma, un jefe de Estado autoritario y con amplios poderes, progresista (desde una perspectiva económica) y eficaz, como fue Balmaceda. A esta idealización póstuma contribuyó también el pensamiento marxista local, al interpretar el conflicto finisecular entre los poderes Ejecutivo y Legislativo como una lucha entre un líder visionario, estatista y contrario a los intereses foráneos, y una oligarquía egoísta y vendida al oro inglés; esta imagen errónea y exagerada de Balmaceda se ha mantenido hasta hoy, como se puede apreciar en el penúltimo episodio de la serie de televisión Héroes (transmitido por Canal 13 el 2009), que enfatiza el mito del “Balmaceda nacionalista” y deja de lado su autoritarismo.     

            A modo de conclusión, se puede afirmar que el ex presidente no sólo fue mitificado tras su trágica muerte, sino que su imagen ha sido utilizada por los dos polos de la política chilena, ya que mientras la derecha ha enfatizado su rol de Ejecutivo autoritario y progresista, la izquierda ha acentuado su supuesto nacionalismo y oposición a los intereses creados de la elite; lo mismo ha ocurrido con otros personajes históricos, como Bernardo O’Higgins, que para la derecha y los militares fue un valiente militar y un prócer, mientras que la izquierda ha resaltado su animadversión hacia los privilegios de la oligarquía colonial (precisamente fue en noviembre de 1972, durante el gobierno de Allende, que el parque Cousiño fue rebautizado como Parque O’Higgins), y Arturo Prat, del cual también se ha resaltado su inmolación heroica en Iquique, así como su rol de profesor en escuelas populares. Por otro lado podemos decir que algunas críticas que recibió el presidente durante su gobierno (por parte de diversos grupos sociales) fueron justificadas, por su autoritarismo y en especial por las masacres y muertes ocurridas durante su mandato, así como por diversos atropellos cometidos por sus subordinados durante la guerra civil; sin embargo, otras fueron mezquinas, pues las diversas obras públicas construidas durante su gobierno contribuyeron por ejemplo a mejorar la conectividad a nivel nacional (aumento de líneas férreas), y a terminar con problemas de origen natural como los desbordes del río Mapocho (canalización del río). Empero, esto no quita que la figura de Balmaceda ha sido mistificada, atribuyéndosele ideas que no tuvo, y obviándose algunos hechos que empañan su imagen.  

El diablo acompaña a Balmaceda mientras escribe su última carta. Grabado de la Lira Popular (circa 1891). Fuente imagen: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:J.M_Balmaceda_y_el_diablo.jpg

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