Mitos en la historia de Chile (II): Ficciones, exageraciones y omisiones.

Retrato de un artista del supuesto bandolero chileno Joaquín Murrieta (Murieta), publicado en el diario Union Steamer Edition de Sacramento, el 22 de abril de 1853. Fuente imagen: https://en.m.wikipedia.org/wiki/File:Joaquin_Murrieta_1851.gif

Si bien nuestra historia escrita, al datar del siglo XVI, es “corta” si la comparamos con la de varios países asiáticos, europeos y mediterráneos, también ha sido afectada por ciertos elementos que han distorsionado la comprensión de nuestro pasado, como la omisión del rol jugado por algunos grupos sociales (mujeres, clases populares) en hechos y procesos importantes, las exageraciones que hasta hoy circulan en torno a figuras específicas (como Balmaceda, tal y como lo mostramos en nuestra anterior columna), e incluso la invención de personajes históricos. De esto hablaremos en el presente artículo.
Entre los personajes ficticios de la historia chilena, tal vez el más conocido sea el legendario bandolero Joaquín Murieta: según se narra, este individuo (del cual podemos ver su presunto retrato en la imagen que corona este artículo) viajó junto con su esposa a California durante la fiebre del oro en 1849, al igual que muchos otros chilenos, mexicanos e inmigrantes procedentes de diversas partes del mundo, con la esperanza de hacerse ricos por medio de la explotación del áureo metal; sin embargo, tras sufrir los abusos y hostigamiento de mineros norteamericanos, que además abusaron de su pareja y asesinaron a su medio hermano, decidió tomar el camino de la venganza, creando una banda de asaltantes conformada por latinos (mexicanos y chilenos, incluyendo a un tal Juan Tresdedos, o Seisdedos según otras versiones) que se dedicó a asaltar y matar a estadounidenses, enfrentándose a los Galgos o Hounds, un grupo de norteamericanos autoproclamados “vigilantes” de las minas y la ciudad de San Francisco. Hacia 1853, sin embargo, Murieta murió baleado en una emboscada preparada por los Hounds, mientras visitaba la tumba de su esposa; no contentos con ello, le cortaron la cabeza, siendo puesta en una jarra con alcohol y exhibida como tétrica atracción en una feria. Empero, tras su muerte nació la leyenda del Murieta justiciero, defensor de los pobres y humillados, y en particular de los latinos pisoteados por los gringos; de allí que hasta hoy su figura sea recordada con admiración por los chicanos e hispanohablantes del sudoeste de EEUU. Junto con ser uno de los primeros forajidos legendarios del viejo Oeste, su figura y hazañas ejercieron una profunda influencia en la cultura pop norteamericana, pues en él se basó el escritor Johnston McCulley para dar vida a su famoso personaje el Zorro; también inspiró a numerosos escritores, cineastas y poetas, como Pablo de Rokha (en su obra coral Genio del Pueblo) y Neruda, quien en 1967 escribió su única ópera o cantata, Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta, llena de críticas al racismo y codicia de los norteamericanos. El primer libro que se refirió a la supuesta vida de Murieta, y que ayudó a difundirla, fue The Life and Adventures of Joaquín Murieta: The Celebrated California Bandit, del escritor de origen cherokee John Rollin Ridge, publicada en 1854; ahora bien, en esta obra Murieta es descrito como un mexicano procedente del estado de Sonora, que lidera una partida de asaltantes que roban a mineros norteamericanos y chinos (uno de sus integrantes, Jack Tres Dedos, se caracteriza por su brutalidad a la hora de cometer los atracos, en especial contra los pasivos trabajadores orientales), noble aunque movido a la vez por sentimientos de venganza hacia los blancos, después de que éstos violaran a su esposa, mataran a su hermanastro y le arrebataran su rancho, y experto en disfrazarse y evadir a la justicia, hasta caer en un enfrentamiento contra un grupo de Rangers en 1853. En base a esta obra fundacional, queda claro entonces que Murieta nunca fue chileno.

            Pero hay más, puesto que en realidad existieron en la California de esa época varios individuos llamados Joaquín (al menos cinco), que fueron acusados de liderar diversas partidas de bandoleros mexicanos; más aún, en julio de 1853 los Rangers mataron a varios ladrones de caballos en una escaramuza, tras ser autorizados para capturar a la “banda de los cinco Joaquines” (pues compartían el mismo nombre, aunque sus apellidos eran Botellier, Carillo, Muriati, Ocomorenia y Valenzuela). Le cortaron la cabeza a uno de los caídos, la pusieron dentro de una jarra con alcohol y fue mostrada por todo el estado como perteneciente a “Joaquín Murrieta”, además de cobrar una recompensa de $ 6000 dólares; si bien muchos dudaron de la autenticidad del tétrico “trofeo”, otros creyeron que en realidad pertenecía al integrante más famoso de los cinco Joaquines. Hasta el día de hoy hay dudas de si en realidad existió Murrieta (también escrito como Murieta o Muriati), pero en general los estudiosos coinciden en que habría sido un joven mexicano originario del estado fronterizo de Sonora, en el noroeste de México, que poseía una carpa en California en donde se jugaba al “monte”, y que tenía 23 años de edad cuando murió. La pregunta que queda es ¿cómo y cuándo “cambió” de nacionalidad, pasando a ser chileno? Ello habría ocurrido de la mano del diplomático y escritor Carlos Morla Vicuña, quien tradujo al castellano en 1867 un plagio francés del libro de Ridge, titulándolo El bandido chileno Joaquín Murieta en California; con la ayuda del novelista Moisés Vargas, Morla “chilenizó” la versión francesa del libro original, cambiando la nacionalidad de Murieta y otros personajes, que pasaron de ser mexicanos a chilenos. No queda claro el motivo tras esta burda acción de chovinismo literario, que llevó a que un joven sonorense, del cual tampoco hay pruebas fehacientes de su actuar criminal, pasara a engrosar nuestro panteón de figuras heroicas y legendarias. Empero, lo anterior no significa que no hubieran existido bandidos chilenos en la legendaria California durante esa época, como Narrato Ponce, conocido ladrón de caballos, asaltante de diligencias y asesino, que evadió a la justicia norteamericana por varios años; murió en 1868 en un enfrentamiento a balazos contra su tenaz perseguidor, el sheriff Harry Morse. De todas formas queda claro que Joaquín Murrieta nunca fue chileno ni nació en Quillota, como afirmaron algunos compatriotas, sino en el norte de México.            

            Un segundo personaje ficticio de nuestra historia, aunque menos conocido que Murieta, fue el teniente de marina Carlos Peña (o Walker, según otras versiones), que se habría suicidado en un gesto patriótico en 1891, o hacia 1902. A grandes rasgos la historia es así: el 16 de octubre de 1891, un mes y medio después de las sangrientas batallas de Concón y Placilla, que pusieron fin a la guerra civil de ese año, un grupo de marineros del buque de guerra norteamericano USS Baltimore, bajaron a tierra en Valparaíso; una discusión con un grupo de obreros locales en un bar del puerto dio como resultado dos marineros muertos, y varios heridos. Este incidente provocó una grave crisis diplomática, pues el arrogante gobierno de Washington amenazó, en enero de 1892, con romper relaciones diplomáticas con nuestro país si no se daba una reparación rápida y satisfactoria; en respuesta, a finales de ese mes el gobierno del almirante Jorge Montt se disculpó por lo ocurrido, y aceptó pagar una indemnización de US$ 75 mil a las familias de los dos marineros muertos, zanjándose así un incidente que amenazaba con transformarse en un conflicto bélico, tal y como pensaron algunas figuras destacadas de la sociedad norteamericana, como el futuro presidente Theodore Roosevelt (que se ganó el apodo de “the chilean volunteer”, por su sueño de liderar una carga de caballería en contra de nuestras fuerzas), o el inventor Thomas Edison, quien ideó utilizar chorros de agua electrificada contra los invasores chilenos, en el hipotético caso de que hubieran desembarcado en suelo estadounidense; aunque débilmente, la literatura popular norteamericana de entonces también se hizo eco de esta crisis, como lo demuestra el folletín de aventuras de 1892 Tom Edison, Jr’.s Chilian Explorer; or, The Sea and Air Terror, de Philip Reade, en donde el joven protagonista se enfrenta a agentes chilenos, ayudados por un traficante de armas francés. Volviendo al punto, y a pesar de que el incidente terminó de forma diplomática, generó un profundo recelo entre la población chilena hacia la altanera y belicosa potencia del norte, convirtiéndose en el caldo de cultivo de una leyenda que ha llegado hasta nuestros días: supuestamente, el gobierno norteamericano también exigió un acto de desagravio público, consistente en que un navío chileno arriara el pabellón tricolor a los sones del himno de EEUU, y saludara a la bandera yanqui con veintiún cañonazos. El acto se habría realizado en San Francisco de California, o en el fuerte Punta Ángel (Valparaíso) en una fecha también imprecisa (1891 o 1902); tras ello, el teniente de marina Carlos Peña se habría envuelto con la bandera chilena y se habría suicidado, de un tiro en la cabeza. También cuenta el mito que existiría un busto levantado en su honor, en un lugar restringido de la Escuela Naval. Empero, en realidad nunca existió un oficial naval llamado Carlos Peña o Walker en los años mencionados; más aún, la disparidad en torno al año, apellido del oficial y el lugar en donde se habría realizado la humillante ceremonia, muestra que el hecho no pasa de ser una falsedad histórica, alimentada eso sí por el resentimiento de los chilenos de entonces, hacia la actitud matonesca del gobierno norteamericano.        

            Otro mítico y “extraordinario” personaje de nuestra historia, mucho menos conocido que los anteriores (y que tal vez sea poco recordado en su presunto lugar de nacimiento), es Belarmino Jara: según menciona brevemente el estudioso Oreste Plath en su clásica obra Geografía del Mito y la Leyenda Chilenos, Jara habría nacido en Parral en una fecha que no indica, pero que estimamos habría sido a principios de la década de 1860; tras participar en la Guerra del Pacífico viajó a Paraguay, pasando a ser oficial instructor y capitán del ejército guaraní. Poco después llegó a ser coronel y, tras derrocar al gobierno, se convirtió en Presidente del país por varios meses; sin embargo terminó por ser derrocado y herido, y capturado en la vecina Argentina, muriendo en el camino de vuelta a Paraguay. Aparte de Plath, esta historia ha sido difundida por estudiosos parralinos como el periodista Pedro Pascual Escobar, y el escritor Mario Candía en su libro de 1998 Parral, sus Héroes y su Historia (que generó una polémica pues su autor fue acusado de plagio, por el destacado historiador Jaime González Colville). Consideramos que Belarmino Jara fue un personaje mítico, debido a que tras una atenta revisión de la lista de gobernantes de Paraguay no hemos encontrado a ninguno llamado así, ni tampoco a alguno que hubiera visto la luz en nuestro país. Nuestra hipótesis es que en algún momento de principios del siglo pasado, alguien (o varias personas) confundieron al oficial paraguayo Albino Jara, que estuvo en nuestro país por motivos de estudio, con el ya mencionado Belarmino, tal vez un parralino que se enroló en el ejército chileno en 1879 al comenzar la Guerra del Pacífico, y que no volvió a su tierra. Profundizando en la historia real de Albino Jara, fue un oficial paraguayo nacido en la ciudad de Luque en 1877, y que vino a Chile a estudiar en la Academia Militar, a finales del siglo XIX; tras egresar como alférez volvió a su país, llegando al grado de coronel, y en 1911 lideró un golpe de estado en contra del presidente liberal Manuel Gondra. Jara se autoproclamó presidente y pasó a ser el jefe del estado guaraní, entre el 17 de enero y el 5 de julio de aquel año; durante su breve mandato se realizaron algunas obras públicas importantes (como la pavimentación de buena parte de las calles de Asunción, y la construcción de líneas férreas), pero también se cometieron varios abusos, incluyendo el fusilamiento por la espalda de un antiguo colaborador, que provocaron varias protestas populares, y debido a ellas Jara se vio obligado a dimitir de su cargo. No obstante el apodado “Varón Meteórico”, por su rápido ascenso en la política guaraní, trató de volver al poder en 1912, tras estar exiliado en Argentina; sus planes se vieron truncados al morir tras recibir una herida de bala, en las afueras de la ciudad de Paraguarí (ubicada al sureste de Asunción), en medio de un enfrentamiento entre sus fuerzas y las del gobierno. Las similitudes entre los hechos vividos por los dos Jara (se toman el poder en Paraguay mientras ostentan el rango de coronel, son derrocados pocos meses después, y mueren tras ser derrotados por sus enemigos) muestran que el “verdadero” Jara (es decir, Albino) fue muy posiblemente confundido con un sujeto oriundo de Parral llamado Belarmino, dando así origen al mito del “parralino Presidente del Paraguay”, que en realidad nunca habría existido.                        

            Pasando ahora al tema de las exageraciones en nuestra historia, un ejemplo clásico sería el de las presuntas hazañas realizadas por el guerrillero Manuel Rodríguez Erdoíza, durante el proceso de la Independencia nacional: por ejemplo no hay certeza con respecto a si pronunció su famosa frase “Aún tenemos patria, ciudadanos”, tras el desastre patriota en Cancha Rayada en marzo de 1818 (según el investigador Javier Campos, el registro más antiguo de aquella data de 1850, más de treinta años después de haber sido supuestamente proclamada); también ha habido muchas dudas sobre otros hechos, como que se habría disfrazado de mujer para atentar contra las vidas del general español Antonio Pareja y el intendente Tomás Vergara, durante el combate de Yerbas Buenas, ocurrido el 27 de abril de 1813 (a pesar de lo afirmado por la tradición local, las fuentes documentales sólo indican que alguien asesinó a Vergara, sin mencionarse cómo ocurrió el hecho y quién fue el autor). Otros hechos de Rodríguez que han sido exagerados son la toma del pueblo de San Fernando, a principios de enero de 1817, pues si bien ordenó el asalto no participó del mismo, ni tampoco lo dirigió personalmente: el hecho fue realizado por patriotas provenientes de familias terratenientes, como Ramón Maturana Feliú y Francisco Salas; además tras el ataque, que duró cuatro horas, los rebeldes huyeron llevándose las armas y el dinero del estanco, y liberaron a los presos de la cárcel. No se enfrentaron a las escasas fuerzas realistas que custodiaban el pueblo, pues huyeron al creer que eran atacados por una parte del Ejército Libertador; de hecho las fuerzas españolas retomaron San Fernando unas horas después. Asimismo han circulado algunas inexactitudes con respecto al cuerpo armado que formó Rodríguez, los famosos Húsares de la Muerte: por ejemplo no hay pruebas de que realmente hayan utilizado un uniforme negro, con una calavera y dos tibias cruzadas como símbolo. De hecho el primer retrato de Rodríguez con este uniforme (véase la imagen inferior de esta columna) fue hecho por el artista francés Narcisse Desmadryl en 1854, o sea treinta y seis años después de su muerte, ignorándose además en qué se basó para retratarlo de esa forma. Además uno de los integrantes de este cuerpo armado, el sargento mayor Pedro Martínez de Aldunate, señaló que sus integrantes fueron vestidos de manera improvisada, con diferentes uniformes obtenidos de la maestranza del Ejército (ubicada en la calle de la Maestranza, actual Avenida Portugal). Por otra parte hay que reconocer que los Húsares, a pesar de lo señalado por una parte de la historiografía oficial, actuó en la Batalla de Maipú, vigilando las riberas del río Maipo para evitar la huida del enemigo, y en especial enfrentándose a las fuerzas del oficial realista Ángel Calvo, a las que derrotaron en el cerro de la Niebla, cerca de Maipú.

            Si bien Rodríguez llevó a cabo hechos reales y documentados, como la recopilación de información en territorio enemigo para ayudar a las fuerzas patriotas (que se estaban preparando en Mendoza bajo las órdenes de San Martín), o la vez en que abrió la puerta del carruaje del gobernador realista Casimiro Marcó del Pont, disfrazado de pordiosero, como una muestra de audacia frente a su más encarnizado enemigo, las exageraciones en torno a su rol y figura han llevado al olvido algunos hechos poco conocidos y cuestionables de su vida pública: por ejemplo al inicio de ésta habría apoyado a los realistas, siendo ése el motivo por el cual se le impidió formar parte del primer Congreso Nacional, en 1811; también por ello su amigo José Miguel Carrera lo separó de su cargo de funcionario público, tras dar el primero de sus varios golpes de estado, a fines de ese mismo año (lo acusó de “sarraceno”, como se denominaba entonces a los partidarios del rey); también a fines de 1811 fue elegido como vocero ante el Congreso por algunos realistas, y llegó a interceder ante Carrera para evitar la expulsión de Santiago del moderado José Miguel Infante. Como muchos otros, Rodríguez pasó a apoyar con fuerza la causa patriota recién durante la Reconquista, tras el Desastre de Rancagua. Por otra parte debiera ser objeto de controversia y discusión (pues muy pocos saben de esto) el asesinato a manos de Rodríguez de un prisionero desarmado, como ocurrió tras la toma del pueblo de Melipilla a principios de enero de 1817: debido a la lentitud con que caminaba el oficial español capturado Manuel Tejeros, pues se encontraba cansado, y ante la fuga de su ayudante, el “prócer” tomó la drástica decisión de matarlo; tras ello apuró la marcha rumbo a Doñihue, para encontrarse con el hacendado patriota Pedro de las Cuevas, su amigo y primo de los Carrera. Este hecho podría justificarse con la manida excusa de que “así es la guerra” (que también ha servido para excusar saqueos, violaciones, torturas, desapariciones, etc., a lo largo de la historia de la humanidad), pero también es cierto que nos muestra una cara poco conocida de este personaje. Por último, hay que señalar que las exageraciones en torno a la labor de espía y guerrillero de Rodríguez (por no hablar de las leyendas fantásticas que circulan en torno a él, en especial en la zona de Tiltil), han llevado al olvido a otros personajes que también lucharon por darnos la independencia hace dos siglos, como el arriero Justo Estay, el bandolero José Miguel Neira, el acaudalado administrador de la hacienda Teno Francisco Villota Pérez-Cotapos (del cual se dice que ocultó un tesoro en la zona), el talquino Antonio Merino, el espía argentino (y secretario de San Martín) José Antonio Álvarez Condarco, y tantos otros de los cuales no sabemos su historia ni sus hazañas.    

            Por supuesto hay muchos otros ejemplos de exageraciones o confusiones en nuestra historia, como por ejemplo que la libertad de vientres (que daba la libertad a los hijos de esclavas de origen africano) fue obra del gobierno de José Miguel Carrera: en realidad fue impulsada por el ilustrado Manuel de Salas durante el primer Congreso Nacional, que la promulgó como ley el 15 de octubre de 1811, justo un mes antes de que Carrera y sus hermanos dieran un segundo golpe de estado; para entonces el presidente de la Junta Nacional de Gobierno (y por lo tanto el jefe del gobierno) era el moderado Juan Enrique Rosales. Este primer congreso fue disuelto por Carrera el 2 de diciembre de ese mismo año, tras su tercer golpe de estado.

            Junto con las invenciones y exageraciones, nuestra historia por desgracia ha estado repleta de omisiones. Una de ellas es el nombre de la mujer, “una huasa joven y arrogante” en palabras de Vicuña Mackenna, que disparó el último cañonazo en Maipú tras la célebre batalla que cimentó nuestra independencia política, en abril de 1818. Según narra el historiador en un artículo sobre aquella batalla (publicado en su libro Narraciones Históricas, de 1877), esta mujer del bajo pueblo, al ver que las derrotadas fuerzas realistas habían abandonado un cañón cargado, salió de su rancho con un tizón ardiendo y prendió la mecha; el estallido resultante “barrió la retaguardia de la columna en retirada”. Compartimos con el conocido escritor y político el pesar de que la historia, no hubiera registrado para la posteridad el nombre de aquella mujer heroica, cuyo acto bien pudo haber respondido a un sentimiento de patriotismo y desprecio hacia el enemigo realista. Otro lamentable olvido en nuestra historia es el nombre del joven santiaguino que construyó el primer globo que voló en Chile, hacia otoño de 1839, con telas de diversos colores y una canasta para el tripulante, y alimentado con el humo proveniente de paja quemada; su artesanal aparato se elevó hasta unos 200 o 300 metros, mientras hacía ondear dos banderas chilenas. El exitoso espectáculo (a diferencia de lo ocurrido poco antes con un norteamericano, cuyo fracaso ante la rotura de su globo provocó la ira de los espectadores en Plaza de Armas), llevado a cabo en un terreno del Ejército en lo que hoy es avenida Portugal, se repitió dos veces; empero, hasta hoy se ignora el nombre de aquel joven aeronauta popular. Asimismo fue olvidado el nombre del primer andinista de nuestra historia, un mozo que acompañó al sabio alemán Eduard Poeppig en su ascensión al volcán Antuco en 1829, un hito considerado como el inicio del andinismo nacional. Si bien Poeppig menciona en su libro Un testigo en la alborada de Chile (1826-1829) que fue guiado por un campesino llamado Antonio de Serra, éste no lo acompañó en la subida hasta el cráter del volcán; quien lo hizo, y con muchos temores, fue un muchacho que había sido raptado por los mapuche en su juventud, y que conocía su idioma y costumbres. A pesar de que acompañó al alemán desde Talcahuano, éste no registró su nombre en su obra.       

            También es motivo de pesar, la pérdida de documentos valiosos para la historia y cultura locales, como la primera obra de teatro escrita en nuestro territorio: titulada El Hércules Chileno, fue escrita por dos penquistas (de los cuales se ignoran sus nombres) y representada en Concepción en 1693, con ocasión de la llegada del gobernador Tomás Marín de Poveda y su matrimonio con una dama limeña. Aparentemente habría sido puesta en escena sólo aquella vez, y junto con ignorarse los nombres de sus creadores, también se ha extraviado su trama (si la obra fue escrita, tampoco ha llegado hasta nosotros el libreto), aunque algunos suponen, sin dar pruebas fehacientes, que trataba sobre la vida y hazañas del toki Caupolicán. Afortunadamente la segunda obra teatral escrita en Chile, Al Amor Vence el Deber, una adaptación de la ópera histórica Zenobia (compuesta por el italiano Pietro Metastasio y representada en Viena en 1737) hecha por Juan Egaña en 1802, logró sobrevivir y conservarse hasta la actualidad.    

            Por último no podemos ignorar los “olvidos” intencionales de aquellos hechos censurables, cometidos por nuestros próceres y autoridades a lo largo de la historia republicana: no sólo nos referimos a las masacres que han jalonado con sangre buena parte de nuestro pasado, al menos desde el gobierno de Balmaceda (como explicamos en nuestra columna anterior), sino también al exterminio de los pueblos originarios del extremo austral a finales del siglo XIX, y por supuesto a la Ocupación de la Araucanía, efectuada con violencia, saqueo y muerte, con demasiada pólvora y poco mosto y música, al revés de lo señalado jactanciosamente por el general Cornelio Saavedra al presidente José Joaquín Pérez, en una carta de 1862. Además no podemos darnos el lujo de olvidar otros sucesos ignorados a propósito, pues muestran la cara oscura de personajes célebres de nuestro pasado, como el involucramiento de O’Higgins en el asesinato de Manuel Rodríguez; las causas criminales seguidas contra el joven José Miguel Carrera a principios del siglo XIX, por homicidio (las víctimas fueron un huaso anónimo muerto tras un duelo a cuchillo en El Monte, hacia 1803, y el mapuche Estanislao Placencia y su hijo José en Talagante, al año siguiente, atacados por el futuro prócer y sus sirvientes tras acusarlos de abigeato) y robo (su protector en Lima, el comerciante Francisco Javier Ríos, se querelló en su contra por haberle hurtado más de dos mil pesos de la época), zafándose de la justicia gracias a las influencias de su padre, quien terminó por enviarlo a España en 1806; o las relaciones clandestinas de Diego Portales con la aristócrata menor de edad Constanza Nordenflycht, con quien tuvo al menos tres hijos, y con quien no quiso casarse pues Portales estaba resuelto a morir soltero, llegando a confesarle a su amigo Antonio Garfias que “me desesperaría si me viera casado”.

            Los prohombres del pasado siglo XX tampoco fueron la excepción, ni siquiera en lo político, como lo muestran el apoyo dado por los radicales a la férrea dictadura de Ibáñez (1927-1931), y su participación en el llamado “Congreso Termal”, bautizado de esa forma pues Ibáñez eligió personalmente a los integrantes del Parlamento, en base a listas hechas por los líderes políticos mientras estaban reunidos en las Termas de Chillán, en 1930 (este congreso títere de Ibáñez fue disuelto dos años después), así como el actuar represivo de Pedro Aguirre Cerda durante su vida política, desde que fue ministro del Interior de Alessandri (durante su cargo ocurrió la masacre obrera de la oficina salitrera San Gregorio, al interior de Antofagasta en 1921) hasta que llegó a La Moneda en 1938, pues a lo largo de su gobierno se reprimieron las huelgas campesinas, por medio de amenazas de expulsión, y se impidió la formación de sindicatos agrícolas (cuya creación fue aprobada recién en 1967). También durante su mandato se aplicó la Ley de Seguridad Interior del Estado (aprobada en 1937, a pesar de la oposición de la izquierda y los propios radicales), cerrando temporalmente algunos diarios opositores, y relegando a ciertos dirigentes sociales y políticos, como el radical Armando Silva Valenzuela. Otro hecho poco sabido sobre Aguirre Cerda (que tampoco fue el primer presidente radical, pues lo fue Juan Esteban Montero, entre 1931 y 1932), es que en un principio se opuso a que el partido Radical formara parte de la coalición de centro-izquierda del Frente Popular, pues se oponía a todo trato con los comunistas; no obstante los opositores al ingreso del PR al conglomerado fueron derrotados en unas elecciones internas, lo que llevaría a que los radicales pasaran a formar parte del Frente, y a que el propio Aguirre Cerda se convirtiera en candidato presidencial del partido, y de la coalición después.

            Como se ve, nuestra historia ha estado repleta de confusiones, exageraciones, mitificaciones y omisiones, convirtiéndose en una especie de maleza que sólo el trabajo arduo y concienzudo de los investigadores puede ayudar a eliminar, ayudando así a que se conozcan los hechos históricos tal y como habrían sucedido (pues la Historia no es una ciencia empírica, no se puede llegar a la verdad absoluta), sin añadidos ni censuras. 

Retrato del mitificado guerrillero y abogado Manuel Rodríguez (1785-1818), del artista Narcisse Desmadryl. Fuente imagen: https://es.wikiquote.org/wiki/Archivo:Manuel_Rodriguez_educarchile.cl.jpeg

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