¿Qué se juega Chile en abril próximo? ¿Libertad o sometimiento?

(Imagen de portada) La culpabilidad de una posible fractura social recaerá tan sólo en uno de los actores, no en todos, sino exclusivamente en uno, la derecha. En la imagen, Desbordes, Matte y van Rysselberghe.

Por Arturo Alejandro Muñoz (@artamumu)

“Cuando el pueblo comience a pensar, todo se habrá perdido para la corona”. No recuerdo a quién pertenece esta antigua frase, pero la hago piel y me permito citarla ya que encierra una verdad irrefrenable, muy actual -y de plena vigencia- para tratar de entender el pavor que provoca a derechistas y mayordomos el libre pensamiento y opinión que la gente ‘de a pie’ expresa a través de las redes sociales.

Lo cierto es que la derecha chilena y las tiendas socialdemócratas que la apoyan son políticamente inefables, pues aseguran tener a su favor al 70% del electorado, pero en el escenario de la contingencia rutinaria un exiguo 5% opositor las asusta y les hace temblar. Ese 5% es el partido comunista, la nada misma en realidad, pero les da pavor, y al carecer de argumentos de peso y de razón apuestan a la violencia disfrazada de orden legal, apoyada en una justicia que se desglosa de códigos patronales.

Y si nada de lo anterior permite quietud al establishment, este recurre entonces a ‘legalizar’ la violencia del estado contra un pueblo demandante, dando cuerpo a lo que hace más de cuatro siglos escribiera Montesquieu: “Cuando se busca tanto el modo de hacerse temer se encuentra siempre primero el de hacerse odiar”.

Pero, ¿qué saben nuestras energúmenas autoridades y nuestros ganapanes parlamentarios de asuntos tan importantes, e históricamente relevantes, como son los escritos de grandes maestros, cuales fueron Voltaire, Montesquieu, Rousseau y, yendo siglos más atrás, Cicerón, Pericles y otros muchos como ellos, o mejores que ellos? Para los dueños de la férula, si sus mentirijillas no resultaban como querían, esparcir el miedo acompañado de una buena dosis de violencia arrojaba pingües ganancias.

En otras etapas de la evolución histórica de Chile, aquella sociedad conformada por empresarios y políticos ya había utilizado la fórmula del terror mediante una campaña de amedrentamiento masivo basada en mentiras de calibre descomunal, como aquello de asegurar que durante el gobierno del doctor Allende “miles de niños serán enviados a Moscú para adoctrinamiento marxista”, cuestión que mucha gente desinformada, de pensamiento simplón y cultura mínima, se tragó por kilos.

No es asunto a debatir ni a discutir, pero el gobierno de la Unidad Popular también tuvo responsabilidad en el quiebre final de nuestra sociedad, en muy menor tono y tamaño que la responsabilidad de la entonces oposición, pero sin duda fue parte del problema.

Sin embargo, esta vez, la culpabilidad de una posible fractura social recaerá tan sólo en uno de los actores, no en todos, sino exclusivamente en uno: la derecha. Y con mayor exactitud –como bien dijo un querido profesor- en la derecha de la derecha dura.

Parece insólita esta afirmación última, pero existe un referente. Los predadores del pasado –en pleno gobierno derechista (reitero el término, ‘derechista’) están esforzándose no sólo en regresar con su argamasa de clasismo, violencia y locura, sino también ataviados de un racismo que es propio de sus equívocas pretensiones de superioridad racial y económica.

Esa punta de lanza que hoy muestra la derecha dura, está conformada por noveles vástagos del fascismo de antaño, aquel que bandereaban grupos como ‘Patria y Libertad’ y ‘Tizona’, que hoy, en un claro intento por obnubilar a la gente, pretenden disfrazarse de insignes defensores de la democracia y de la patria.

Y la ‘otra’ derecha, la que supuestamente hoy gobierna, ¿calla, acepta y, quizás, acata? ¿Por qué? ¿La ‘ultra’ le ofrece más? ¿Cómo qué? ¿No les basta a los representados por la UDI, RN, Evópoli y el resto de los colgajos pertinentes, con todo lo que ya tienen? ¿Qué más desea –que ya no posea- ese sector de la política chilena?

La derecha es propietaria –casi sin oposición- de la prensa, la salud, la educación, la economía, la banca, el comercio nacional e internacional, la legislatura, el agro, la tarea fabril, los bosques, el mar, las pesqueras, los minerales, las sanitarias, las carreteras, el transporte, los puertos, los clubes deportivos profesionales, las fuerzas armadas, la justicia, la policía, la previsión social, el tribunal constitucional, las iglesias, los cementerios, los bosques, las islas, los glaciares, los ríos y lagos… ¡pero, no está satisfecha! ¡Quiere más! ¡Quiere el poder absoluto, total! Y ojalá sin la existencia de las más mínima oposición, la cual –de haberla o de asomar la nariz- sería sancionada “al viejo estilo”.

Esa es la respuesta. La derecha (ultra y no ultra) lo quiere todo… aspira a tener el poder sin controles legales ni periodísticos. Desea adueñarse de todo el quehacer de la sociedad chilena y mantenerlo férreamente bajo su control como si fuera un patrimonio personal.

En ese intento, la derecha y sus aliados socialdemócratas usan la mentira como punta de lanza, accionándola en dos direcciones: lograr el rechazo a una nueva Constitución, o en su defecto pujar por una especie de ‘reforma’ a la actual carta de 1980. En ambos casos, la mentira es el elemento principal. Vea usted… ¿reformas –de esas en serio- a la Constitución de las bayonetas? No me diga…¿y aplicando también la política de los dos tercios? ¡Cataplum!…no habrá reforma alguna, y usted querido lector lo sabe.

Eso es lo que Chile se juega el próximo mes de abril. Libertad o sometimiento a una pequeña y poderosa clase social que viene proponiendo miedos para alcanzar sus objetivos totalitarios y clasistas.

Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado.

Voltaire

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