111 de Octubre de 2019, 93 días de historia

Lejos de ser un triunfo, la Ley Anti-Encapuchados representa un fuerte desafío a Sebastián Piñera. Sin terminar de convencer a los mismos parlamentarios en lo que respecta a su aplicabilidad, son estos últimos los que ven un fuerte contragolpe: el regreso de Andrés Chadwick como asesor presidencial del proceso constituyente. Mientras Piñera deja claro el mensaje, el pueblo intenta acumular adrenalina por pura fatiga luego de 93 días de represión incansable.

Por Daniel Romo Vega (@dromovega1)

Imagen propiedad de Frente Fotográfico (@frente_foto)

Vamos para los cien días. En los tiempos actuales, serán los cien días más complejos de los que muchos tengan memoria. El 18 de octubre de 2019 va a quedar en la historia como el inicio de un proceso que algunos llaman “rebelión”, otros, “estallido” y los más eruditos llaman “reventón”; de todos modos, creo que el lector convendrá conmigo en que este proceso está lejos de terminar.

Muy lejos, diría yo.

Desde el viernes 18, la clase política se quedó sin poder articular una sola palabra ante la estampida, mientras la opinión pública se solazaba con los disparates surgidos desde el palacio de La Moneda. Y es que en el manual de contingencias preparado en el segundo piso no había un capítulo dedicado a una “revuelta social”. Alguien dijo que era posible “reciclar” el capítulo que hablaba sobre desastres naturales y sobre ese libreto los ministros y alcaldes proclives a ChileVamos echaron manos a la obra. De ahí que el presidente del Metro de Santiago llevara a vecinos de la estación Pajaritos el domingo 20 para dar por reabierta la estación y la Línea 1, todos con las manos tomadas y gritos propios de un bingo. Ni más ni menos.

Pero el ànimo de unión duró bastante poco. Ese mismo día, mientras todos estaban en sus casas debido a la segunda jornada de toque de queda decretada por el general Iturriaga en diversas partes del país, Sebastián Piñera le declaró la guerra a “un enemigo poderoso e implacable”. Fue el comienzo de la desconexión del Poder Ejecutivo con el pueblo. Incluso con aquella parte que había confiado en la causa piñerista con su voto hacía poco menos de dos años atrás.

El alejamiento cognitivo con el sentir popular se ha ido acrecentando hasta alcanzar niveles insostenibles, que pondrían seriamente la duda acerca de seguir o adelantar elecciones a cualquier otro país. La ciudadanía exigía el término de los abusos perpetrados por los grandes empresarios y consorcios transnacionales. La petición era clarísima: el fin de las AFP, solución inmediata al tema de la salud pública, así como también iniciar el proceso para democratizar la educación pública y presentarla gratuitamente a todos los hijos de Chile, y de igual manera poner énfasis en la corrupción de Estado y el alarmante nivel de desempleo. Más tarde empezaron con igual legitimidad las demandas feministas, iniciar el verdadero proceso de reconstrucción del Sename… y un largo etcétera.

Se inició un proceso a nivel nacional de cabildos autoconvocados por la misma gente, en los cuales participaron desde los grandes instruidos en la materia hasta los chilenos más modestos pero con igual sentido del desastre que es está viviendo. En igualdad de condiciones, todos estimaron conveniente que el primer proceso, o sea el origen de los cambios ya mencionados, debía pasar por cambiar nuestra constitución política, confeccionada en 1980 por los asesores de Pinochet y a la medida de la dictadura imperante. Y de inmediato, como si de una negociación colectiva se tratara, el oficialismo puso el grito en el cielo.

¿Cómo era posible que los “patipelados” vinieran a tocar la constitución? Eso era inaceptable desde todo punto de vista por la coalición gobernante… y también por buena parte de la oposición. Esa misma oposición que decidió entregar sus esfuerzos políticos a la famosa “democracia de los acuerdos” y proclamar a todo el mundo su completa mediocridad: “actuaremos en la medida de lo posible”.

Por eso, el pueblo pidió lo imposible. Imposible de ser entregado por la élite de los grandes millonarios, que son aquellos a los que realmente beneficia ChileVamos y, aún peor, legisla bajo sus condiciones. No las de la gente. Jamás olvidaremos la Ley de Pesca de Pablo Longueira, o el escándalo del Caso Penta que, como bien dijo el exfiscal Carlos Gajardo, fue la oportunidad que la clase política chilena tuvo para deshacerse de los lobbys y corruptelas que las habían dominado por más de 25 años; y que, simplemente, desperdiciaron para acordar un pacto secreto en complicidad con el exfiscal Gómez, sobreseyendo a todos y cada uno de los involucrados.

Bajo estos precedentes, era claro que el acuerdo entre la transversalidad política iba a ser un tema arduo. Pero no tenían tiempo que perder: la madrugada del 15 de noviembre, a 28 días de iniciadas las primeras evidencias del estallido social, los presidentes de los partidos políticos firman el “Acuerdo por la Paz”, aunque si analizamos los hechos posteriores a la firma de dicho acuerdo es posible sostener que no fue más que el nombre: hoy en día nadie reconoce la firma de ese acuerdo. Ni siquiera aquellos personeros que salieron a defender por todos los medios posibles los puntos abordados en esas páginas.

Tal vez sea porque el Poder Legislativo, al igual que el Ejecutivo, tampoco quiere paz.

Tras el autocongelamiento de la UDI en ChileVamos comenzó la regresión en los avances por el proceso constituyente. Las demandas sociales impuestas en la agenda (AFP, salud, educación, desempleo, feminismo e igualdad de género, Sename…) quedaron traspuestas. Nadie se acordó más de ellas, salvo en el gran conglomerado social, trabajador y ciudadano como es Unidad Social. Durante los 17 días del año en curso la coalición oficialista se dedicó a desandar el camino trazado en noviembre. Ni hablar de Asamblea Constituyente, tampoco de voto obligatorio: eso es demasiado peligroso para la derecha política. En muchos casos, hacer un “puerta a puerta” para explicar sus razones sería inabordable.

Si bien el Estado de Emergencia y los toques de queda cesaron, los niveles de represión por parte de las policías (Carabineros e Investigaciones) tuvieron un considerable aumento. Ya van 26 muertos en las diversas etapas de manifestaciones, centenares de heridos por traumas oculares, millares de detenidos (entre los que se cuentan menores de edad) y las diversas organizaciones de Derechos Humanos internacionales han acusado salvajes torturas que incluyen violaciones.

Salvo la acusación constitucional contra Andrés Chadwick, el Congreso Nacional poco y nada ha hecho para detener la mansalva. Aún más, el actual intendente de Santiago Felipe Guevara inició la estrategia de “copamiento” de la Plaza de la Dignidad sin ser cuestionado oficialmente por ningún parlamentario. Y bajo el nuevo escenario impuesto por ChileVamos, es perfectamente plausible que la acusación se rechace tal como se hizo con la de Sebastián Piñera. No nos hagamos ilusiones al respecto.

Y hay más, porque acabo de mencionar a Andrés Chadwick. Hay dos hechos que son realmente complejas.

En primer lugar, ya hemos visto cómo una persona que debe permanecer alejada de cargos públicos por cinco años está ahí, a la derecha de Piñera, llevando adelante un proceso que es de la gente, la cual no confía en la clase política y menos en uno de los principales responsables de las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en Chile. Y lo segundo, pero no menos importante: Andrés Chadwick es otro más de los discípulos de Jaime Guzmán y, por ende, otro de los manipuladores para que la nueva Constitución no vea la luz.

Jaime Guzmán, uno de los artífices de la constitución de Pinochet y líder de la UDI, junto a su discípulo Andrés Chadwick. Coincidencia o no, es el exministro de Interior quien lleva el timón del nuevo proceso desde La Moneda

¿Qué les parece? A la luz de los acontecimientos que hemos visto estos días, nos queda claro que Piñera, el responsable directo de la represión en diversas partes de nuestros país, el conculcador de las libertades de prensa y opinión aplicadas a los mass media chilenos, el que ha sostenido a su equipo asesor a toda costa (incluso en su cambio de gabinete), aquel que no titubea en desafiar al país anunciando toques de queda y solicitando mano dura al Congreso en nuevos cuerpos legales que no hacen más que aumentar los pretextos para detener más manifestantes y, de ser posible, aplastar el movimiento social; ese mismo Piñera nos da el claro mensaje que el Poder Ejecutivo no desea una nueva Constitución. Ni siquiera el presidente de su partido, Mario Desbordes, ha podido traspasar la idea a sus correligionarios, en lo que parece ser una contienda interna entre los poderes del Estado.

Esto último es preocupante porque una división en el contexto social sería fatal. Si consideramos la nueva “Ley Anti-Encapuchados”, han sido numerosas las voces de senadores y diputados que han reclamado la inaplicabilidad del nuevo articulado. ¿Será esto un hecho fortuito o es acaso intencional para dar un mensaje a Piñera de que, si él no está oyéndolos a ellos, tampoco lo van a ayudar?

Tan pronto se vio el desenlace en el Congreso respecto a la ley, sonó el nombre del ex Ministro de Interior en el palacio de la Moneda. Nadie vio con buenos ojos este hecho, pero estoy seguro que en el Congreso abrió una grieta de credibilidad importante. El jugador empedernido jugó su apuesta al límite de todo, incluso de la razón. El mismo enjuiciado políticamente por sus recientes responsabilidades ahora está ahí en los primeros puestos de la avanzada constitucionalista, dispuesto a liquidar el proceso con tal que no se lleve a cabo.

¿Qué nos queda como ciudadanos? Pues no bajar los brazos, seguir adelante en la lucha por la libertad de los principios más fundamentales a los que cualquier grupo humano puede aspirar. Porque si hay algo que hemos aprendido como chilenos es que la unión de todos los segmentos sociales hace temblar a aquellos que son muchos menos pero infinitamente más preparados. Porque así como Piñera desprecia las encuestas sobre su gestión, también repugna las que hablan sobre la nueva Constitución.

Marzo está a la vuelta de la esquina, y al lado de abril. Serán tiempos oscuros e inquietantes, pero que no deben desconcertarnos.

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