Por Manuel Martínez Opazo (@capitancianuro)

Ya no somos lo que éramos,
una promesa con historia,
unas zapatillas, un pantalón desteñido
una guitarra y este recuerdo nace
de aquella noche trunca y oscura,
entrando y saliendo
la sangre marcando,
los muros gimiendo,
cabalgando jinetes sin cabeza,
como enamorados sin camas
y nos llegaron a destruir
en ese instante incierto,
donde los sueños
de un balazo se extinguen,
se pierden, las letras saltan
y la canción rueda por el suelo
de aquel pasado que se hace presente
devorando nuestros huesos,
nuestra mente.

Manuel canta a su amada Amanda,
inmortalizando al pequeño Luchín,
que se pierde en medio del río,
donde los gatos también se ahogan
como ahogaron nuestros discursos,
intenciones, sueños, pasiones,
principios, deseos
de una sociedad mejor;
donde los enfermos usurpadores
se instalaron a dictar bandos, decretos, leyes,
sacando de sus nidos a quienes no pensaban igual,
uniformando el pensar que quisieron castrar,
el tiempo dio resultado y en este lejano día,
los negacionistas, se imponen y omiten lo que pasó.

Mas ahí sigues con tu guitarra, tus acordes
en medio de ese Estadio,
espacio singular ,
que en un instante la música se hace vida
y luego en el invierno los indigentes se van a acostar.

16 de septiembre,
a veces con odio,
a veces con pena,
a veces con miedo,
a veces te nombro,
a veces te busco
con sed de justicia
y hambre de libertad…
Espero que tus canciones se vuelvan a cantar,
una plegaria al labrador de la vida
y el derecho de vivir en paz,
sea eso, un derecho
y no una quimera en donde
tus manos terminen quebradas,
depositadas sobre tu libre guitarra,
que hoy está dentro de este poema.
Si bien hay gritos de rabia,
también hay una forma de advertencia,
tu historia trasciende más allá,
aunque se empeñaron
en apagar tu cigarrito,
hoy desde esta singular casita del barrio alto,
me tomo un Martini y manifiesto que yo también
soy un aparecido en un romance del enamorado…
Mas somos ese aliento de futuro
que se quedó en este presente,
que te perpetuó y se siente con sabor complaciente
con ojeras a las cinco de la mañana,
golpes, garabatos, gritos,
un papel en la billetera impreso
un canto por cantar sin tener buena voz
y llega ese tiro de desgracia,
donde el asesino no hizo más que suicidarse
en ese momento, en que las gaviotas volaron
para instalarse en medio del río Mapocho.

Las calles que imaginaste eternas,
amando,
cantando,
viviendo,
enamorando
y volviendo a tu amada guitarra cómplice,
componiendo como el muralista que pinta
en las paredes de su ciudad
un canto de libertad,
en donde naciste y viniste,
compartiste y te re hiciste
y creíste en un hombre nuevo,
un trovador de infinitos versos,
ese hombre que se desvaneció
en medio de aquel balazo criminal,
ese ser que alcanzó la victoria
aunque su cuerpo quedara tendido
en un Estadio con una ventana rota
y una historia trunca.

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