Marihuana, negocio necesario para afirmar el sistema neoliberal

¿Cuál marihuana era la mejor de todas? ¿La de Pichidegua, la de Coltauco, la de Curimón, la de Rapel, la de Pirque, la de San Vicente de Tagua-Tagua?

Por Arturo Alejandro Muñoz (@artamumu)

Y EL LÍDER del grupo de trabajadores, muy suelto de cuerpo, me dijo: “hablemos de cosas que de verdad importan”. ¿Cuáles son esas?, pregunté inocentemente. La respuesta me dejó alelado. “Yo y mis ‘socitos’ acá, tenemos una encuesta, profe… nos gustaría que participara dando su opinión. Usted sabe que siempre lo hemos respetado y admirado mucho”.

Me sentí de verdad gratificado, pues algunos de esos hombres, de esos ‘socitos’, habían sido mis alumnos. Claro, lo sé, estoy hablando de años ya idos, muchos años han pasado desde entonces, puesto que ahora aquellos chicuelos se convirtieron en fortachos mocetones. Varios de ellos ya son padres, y todos, sin excepción, siguen viviendo y trabajando en esta hermosa comuna rural.

“¿Cuál es la encuesta?”, pregunté con la ingenuidad típica de aquel viejo profesor que cree, sin ambages, que los hombres parados frente a él siguen siendo sus inocentes alumnos de ayer. Craso error.

La encuesta en cuestión trataba de averiguar la opinión de los consumidores, ya que preguntaba respecto de cuál marihuana era la mejor de todas…refiriéndose, por cierto, al producto ‘nacional’ exclusivamente. ¿La de Pichidegua, la de Coltauco, la de Curimón, la de Rapel, la de Pirque, la de San Vicente de Tagua-Tagua, la de Fresia? Obviamente, me negué a responder la encuesta, aunque en mi fuero interno intuía que la cannabis producida clandestinamente en las alturas del cerro Quillayquén y en la ‘islas’ del río Cachapoal, en Coltauco, eran superiores a las otras; la tradición lo asegura, y en ella me baso, ya que personalmente ni siquiera fumo cigarrillos, pero bebo chacolí, pigüelo (*) y aguardiente (para que nadie se mueva a engaño creyendo que soy un absoluto ’colijunto’).

-¿Por qué diablos ustedes están metidos en esto de la droga? –pregunté airado, con tono doctoral.

-Porque de alguna manera hay que ganarse el mango pa’comprar lentejas, profe. Y ellas son caras. Lo que ganamos trabajando y deslomándonos en la cosecha de arándanos, duraznos-plátanos, manzanas, y en la vendimia de la uva, apenas da pa’parar la olla en los meses de la temporada de raleo y cosecha de frutas. Pero cuando llegan los ‘meses azules’’, los invernales meses sin ‘erre’ en los que la pega en los fundos se termina y quedamos cesantes, la cuestión se complica. Los chiquillos piden alimentos, vestuario, diversión, medicinas, y si uno no tiene los morlacos, hay que buscarlos en otros negocios.

-¿Y esta mierda de la marihuana se los proporciona? –inquirí molesto e incrédulo. No podía aceptar que algunos de mis exalumnos estuviesen en ese maldito negocio del narco.

-Nosotros no la fumamos, simplemente la comerciamos, y los compradores son de dos tipos. Uno de ellos es el distribuidor mayorista, y el otro es el ricachón, el intelectual, el artista, el famoso televisivo de la gran ciudad, como también algunos políticos de esos que salen parloteando en la tele contra la droga y la delincuencia. Son los que mejor pagan. -¿Puedes darme algunos nombres? –pregunté esperanzado en conocer la identidad de tales ‘famosos’ que disfrutan de la cannabis coltauquina. La respuesta de mi exalumno me noqueó.

-Claro que puedo dárselos, profe, pero sólo si usted nos compra un paquetito de la buena. Ciento veinte lucrecias y tiene yerba para un mes. Si usted no fuma, puede venderla en ‘porritos’ como este –mostró un pequeño cigarrillo- y cobrar cinco lucas por cada uno. Va a ganar más de novecientos mil pesos sin saber leer ni escribir. No se preocupe por el asunto de la venta; nosotros le informamos a la clientela y ella llegará solita a comprarle. Es negocio redondo.

Interesado en el tema, pregunté por la forma y lugares donde cultivaban la cannabis sativa. Descubrí entonces el origen de algunos de los incendios forestales de la zona donde vivo.

-¿Cómo diablos lo hacen para que la policía no descubra sus plantaciones? Porque según sé, Carabineros utiliza helicópteros…de hecho, he visto varias veces a esas máquinas revoloteando sobre Coltauco, e incluso sobre mi pequeña parcelita.

-Cubrimos nuestras plantas con zarzamora, con verdaderos ‘túneles’ de zarzamora.

-Pero, los helicópteros de Carabineros y de la PDI van equipados con una especie de monitor que distingue la marihuana a pesar de sus disfraces- insistí.

-Ah, claro, así es… pero apenas ‘cachamos’ que un helicóptero ronda demasiado cerca de una de nuestras plantaciones, vamos y la quemamos antes que lleguen los de la ’yuta’ o los ‘ratis’…

-¿La queman? ¿En el Quillayquén? ¡Pueden provocar un incendio forestal de proporciones! -protesté asombrado e indignado.

-¿Y qué? Con eso estamos dándoles pega a los viejos de la Conaf, a los amermelados de la tele y a los mamahuevos del gobierno.

-Nosotros somos parte importante del sistema neoliberal. Lo alimentamos, y sin nuestra labor el sistemita pierde de ganar. Es una cadena, profe, parecida a la que usted nos enseñó con “el ciclo del agua”, ¿se acuerda? En ese mismo ciclo basamos nuestro trabajo.

-Sin embargo, muchos de ustedes caen presos, son detenidos y enviados a prisión. ¿No te preocupa el bienestar de los tuyos?- Mi exalumno rió a mandíbula batiente. Me abrazó con ternura, como si estuviese dándole cariño a un viejo de mierda, a un querido abuelito que apenas pudiese caminar con la columna vertebral derechita y la cabeza enhiesta.

-Querido profe…ya estuve en ‘cana’. Dieciocho meses. Pero a mi gente nunca le faltó nada. Más aún, disfrutaron -y disfrutan- de un excelente buen pasar. Tres hectáreas con maizales, cinco hectáreas con paltos y duraznos…cuatro camionetas, tres camiones trabajando a todo dar con fletes de frutas hacia Rancagua y Lo Valledor, bien valen la pena 18 meses en la ’jaula’. ¿O no?

Con el corazón atragantado entre mis amígdalas no pude evitar preguntarle, ¿cuánto dinero obtienes mensualmente, dinero líquido, en billetes? Su respuesta me desarmó.

“Sumando y restando, para mí y para mi gente, cada mes obtengo algo así como diez millones de pesos, es decir, US$12,000 dólares. ¿Cuánto dinero mensual es su pensión, querido profe, usted que ha desgastado su vida en salas de clases tratando de educar a huevones como yo que sólo queríamos ganar plata sin importar cómo?”

Luego, agregó.”¿Y usted, profe querido, cree que la ‘yuta’ local no sabe dónde plantamos las matas? Claro que lo sabe, pero interviene sólo cuando el huevonaje de Rancagua o de la capital decide hacer una ‘limpieza’ pa’la tele, pa’las noticias, pa’que el garumaje crea que las instituciones funcionan. Después de ello, todo vuelve a la normalidad”.

Bajé la cabeza, ¿Qué podía argumentar contra esa maldita realidad que dibuja diez mil dólares mensuales, cárcel incluida, en personas que no tienen otra posibilidad para sustentar a sus seres queridos? Conversé con un par de amigos (de verdad buenos amigos) que trabajaron en la PDI, quienes confirmaron que la legislación vigente permite a los narcotraficantes esconder sus ilícitas ganancias, por lo que no les molesta ni les inquieta pasar algunos meses en la ’jaula’ para después disfrutar de las jugosas cantidades de dinero obtenidas con el narcotráfico de marihuana. Además, culpables principales son quienes viajan desde Santiago hasta estas tierras de la región de O’Higgins en procura de buena ‘yerba’, y entre esa gente hay conocidos artistas, personajes de la televisión, e incuso políticos..

-Mientras el poder político siga legislando en exclusivo favor de los millonarios de siempre y pagando a la gente sueldos de hambre, el narco continuará siendo negocio y solución económica para miles de desesperados. La frase de mi ex discípulo caló hondo en mi corazón. En pocas palabras (y quizá él ni siquiera lo supiese) el narcotráfico forma parte activa del sistema neoliberal, al igual que la corrupción y la traición a los valores de la sociedad.

(*) El ‘pigüelo’, o ‘pihuelo’, es un trago ‘histórico’, típicamente chileno, campesino y jaranero que viene de la época de las chinganas, ramadas, fondas y cocinerías del siglo diecinueve. Es chicha con aguardiente («púa» o «malicia»), pero siempre con harina tostada y azúcar. Si usted, amable lector, lo duda, le sugiero confirmarlo preguntándoselo al abogado y coronel don Manuel Rodríguez Erdoíza…él podrá responderle con propiedad al respecto.

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