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En América Latina: ¿desastres naturales o errores humanos?

Desastres y catástrofes ‘naturales’ seguirán afectando a sectores donde la pobreza y la mala calidad de vida y de viviendas es la característica principal, por lo que no es posible achacar exclusivamente a la “madre naturaleza” las pérdidas de vidas humanas y los estragos materiales cuando ella actúa.

EN SU OBRA “Arica 1868, un terremoto y un tsunami”, el prestigioso historiador chileno Manuel Fernández Canque, al finalizar casi las páginas de su magnífico documento, apunta que en Chile (y en gran parte del mundo subdesarrollado) los desastres naturales, mayoritaria y generalmente, causan los estragos en las zonas de menor valía económica, que es donde instalan y levantan viviendas aquellos que nada, o muy poco, poseen.

Lo anterior no es un despropósito, pues si se revisa la Historia de nuestro país en cuanto a la ocurrencia de grandes catástrofes naturales, se observará que la mayoría de ellas provocaron daños inimaginables precisamente en las zonas, barrios o sectores donde se levantan las viviendas populares, vale decir, donde está instalada la pobreza.

Es un hecho cierto que casi todos los gobiernos (con escasas excepciones) han determinado construir poblaciones en sectores y terrenos económicamente depreciados y despreciados por las inmobiliarias porque carecen de seguridad ambiental, se sitúan en medio de un entorno peligroso física y geográficamente, están distantes de los centros de apoyo, son de difícil acceso para cualquier medio de locomoción, y otras variables que también intervienen en el asunto.

A lo anterior, agréguese la mala calidad de los materiales usados para alzar casas y edificios de departamentos populares o sociales, ya que el ahorro en insumos incrementa las ganancias de las empresas constructoras que ganan las pertinentes licitaciones públicas.  Y que no quede en el tintero el tamaño de esos departamentos, o de las casitas para pájaros, ya que con suerte superan los 40 metros cuadrados de construcción habitable, provocando hacinamientos que conlleva males aún mayores, como bien sabemos. ¿Será necesario hacer algún apunte respecto a la ‘prohibición social’ que esas poblaciones populares tienen en cuanto a no disponer de belleza paisajística, ni del verde de arboledas y jardines?  Tierrales, quebradas y aridez son características en  la mayoría de las poblaciones que ocupan los pobres en Chile.

Pakistan/ Floods/ Men digging up the remains of what is left of their home in the Azakhel Refugee camp, near Peshawar, following the devastating floods that has left much of Pakistan in misery./UNHCR/ W. Schellenberg/ August 2010

Las implicancias que tiene la consideración de los riesgos naturales en la planificación del territorio (planificación que como bien sabemos siempre está en manos de los dueños de la férula y del dinero), certifica una verdad inamovible, cual es que el ordenamiento del espacio resultante de la aplicación de criterios exclusivos de rentabilidad económica da lugar a disparidades territoriales insostenibles en el tiempo.

Así entonces, si el terreno es seguro, sólido –y se encuentra a resguardo de cualquier pataleta de la Pachamama– tiene valor suficiente para que sea ocupado por aquellos humanos que cuentan con poder económico y que, obviamente, estén en condiciones de sufragar los gastos en dinero que ello amerita. Por cierto, un terremoto de 9.8º Richter o un tsunami con olas de 20 metros de altura también les afectaría… pero tales eventos ocurren una vez cada doscientos años, así que no hay necesidad de preocuparse.

No puede discutirse una verdad que brilla con luz propia: en Chile (y es sólo un ejemplo), la pobreza se ve obligada a instalar sus domicilios en los sectores que presentan mayores riesgos, como es dable constatar en los bordes costeros en la zona sur, donde ventarrones, temporales y  marejadas constituyen el pan diario en los inviernos. Lo mismo puede verse en las grandes ciudades, lugares en los que la pobreza es llevada a sitios de alta contaminación, cercanos a vertederos o a canales que transportan heces y mugres… o en las quebradas de Valparaíso, terrenos que en absoluto cuentan con un mínimo de seguridad ante sismos, tormentas, ventiscas, incendios forestales y siniestros varios, lo que contradice el torpe comentario expresado hace años por un alcalde  de la ciudad puerto,  respecto de una lamentable tragedia en la que miles de familias perdieron sus viviendas arrasadas por el fuego: “Los pobres tienen el privilegio de poseer la mejor vista de Valparaíso». ¿Amerita comentario esa desagradable opinión?

Los desastres naturales castigan, severa y preferentemente, a los sectores de mayor pobreza porque estos –ante la urgencia y la carencia de recursos económicos- se ubican en los lugares menos aptos para levantar viviendas, y para ello, en gran medida, cuentan con el beneplácito de los gobiernos, y de una parte de la sociedad civil que desea mantener a los pobres en una especie de “ghetto” para poder mantenerlos alejados del centro de las ciudades.

Entonces, visto así el problema, en gran parte de América Latina –y en Chile, muy especialmente- los desastres y catástrofes ‘naturales’ seguirán afectando a sectores y zonas donde la pobreza y la mala calidad de vida y de viviendas es la característica principal, por lo cual no es posible achacar exclusivamente a la “madre natura” la pérdida de vidas humanas y los estragos materiales cuando ella actúa, ya que en sitios y barrios donde las construcciones cuentan con entornos seguros, buen andamiaje y mejor armazón, tales “demostraciones de fuerza” de la pachamama poco daño hacen.

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