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Una anécdota de prisión. (Historias de la vida real)

Los dioses terrenales, ¿existen? Jaime Meza es uno, con el poder de hacer desaparecer y encarcelar personas porque sí. La acusación constitucional contra los jueces es justa. No son dioses terrenales, pero ellos lo creen y es tanta la soberbia que cometen incluso delitos, pensando que nadie puede contra ellos porque ellos se sienten dioses todopoderosos; es ahí su talón de Aquiles, porque nadie está sobre la ley, y la justicia. Sobrevaloración del yo respecto de otros, es un sentimiento de superioridad que lleva a presumir de las cualidades o de las ideas propias y menospreciar las ajenas; eso los lleva al infierno.

Hoy, ¡Chile despertó! Y se cuestionan, se ponen en duda a estas personas con justa razón, hoy el caso de Ambar y muchos otros. Pero traigo mi caso, que está tomando relevancia últimamente en las redes sociales. #JusticiaparaCarlosMarchant es un caso sin parangón en Chile y el mundo por lo inusual de esta lucha que empecé solo pero con fe en ustedes, la sociedad, en la justicia, en Chile.

Hoy tengo la oportunidad de contar estas gravísimas injusticias y sus consecuencias donde perdí todo: casa, negocios y hasta mi libertad. ¡Lo más preciado del ser humano! En esta oportunidad, muestro a ustedes otra historia extraída de mi libro «Secretos a Voces»:

Una anécdota de prisión

A LOS POCOS DÍAS de estar prisionero, temprano nos avisan: «Hoy vienen de visita». No recuerdo muy bien cómo dijeron, pero teníamos que hacer aseo, tener bien limpio el modulo. Bueno, se trataba de la visita de un juez con mas autoridades.

Abren la puerta de la pieza y nos sacan al patio, nos hacen formar. Frente a nosotros estaban ellos, las autoridades. Yo estaba muy contento, porque tenía la oportunidad de hablar con un juez y explicarle que se estaba cometiendo una injusticia conmigo. Ahora, escribiendo, estoy tiritando nervioso, con la boca seca recordando esta situación.

Estando frente a ellos pensé que todo se solucionaría, pero fue para peor: frente a las máximas autoridades, uno a uno se nos preguntaba el nombre y el por qué nos encontrábamos allí; eran como seis o siete personas y uno de ellos -que no era el juez- hacía las preguntas. El juez solo miraba, como demostrando que él es superior a todos; cuando toca mi turno le pido al señor juez hablar unas palabras en privado, lo cual me lo niega y me hace hablar frente a todos.

-Soy Carlos Marchant Santana -digo-, unos delincuentes me fueron a asaltar en mi negocio «Los Tinacles». Una banda, ¡y estoy preso!

El juez hace una seña a los que lo acompañaban, como diciendo «apuren», y me dejan. Siguen con los otros y se retiran rápido. Yo, en mi afán de contar la injusticia que se estaba cometiendo, de nuevo saco mi voz.

-Señor, unas palabras, ¡por favor! -pero no quisieron escuchar. Siguen… ¡y se van!

Tan tan. Quedé solo, con todos los delincuentes de ese penal mirándome, acercándose, riendo… burlándose, encerrándome, dándome empujones porque había dicho… ¡delincuentes! Casi me pegaron, lo pasé mal ese día.

Y aún me pregunto: ¿a qué va un juez a visitar las cárceles si no hacen ni solucionan nada?

Te invitamos a opinar y debatir respecto al contenido de esta noticia.

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