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Grilletes de pies y manos (Historias de la vida real)

¿POR QUÉ esta polémica se instala hoy, se escucha y se le da amplia difusión en todos los canales de televisión, cuando es sabido que es así y seguirá siendo así? ¿Acaso es por el joven delincuente de familia privilegiada? ¿Acaso influenciando quieren seguir burlando la justicia?

Un chileno sin privilegios y sin justicia: Carlos Marchant Santana.

Bajada a tribunales

Mi primera bajada, después de casi cuatro meses de estar privado de libertad.

Estaba en el modulo 6 o 7, no recuerdo bien. ¿Será por tratar de olvidar esa pesadilla? Creo que es eso, pienso y me digo: «recuerda, Carlitos…», y mi mente no quiere recordar, estoy pegado, bloqueado; pasan minutos y trato de hacer memoria… me cuesta, hago un esfuerzo y vuelvo al pasado.

Son las 5 de la mañana de un día gris con mucha neblina y mucho frio; el gendarme me llama:

-¡Marchant! ¿Estás listo?

-¡Sí!- le respondo. Él se acerca, abre la puerta y me deja salir; lo sigo y llegamos donde ellos controlan y ven con cámaras los módulos.

-Espera- me dice.

Estaba solo allí. Después de un largo rato, siento ruidos de cadenas y pasos: eran dos gendarmes con unos presos, serian unos nueve, venían con cadenas y esposas. El gendarme pide que le abran la puerta, entra con una lista, la mira y pregunta:

-¿Eres Marchant?

-¡Sí!- le respondo.

-Ya. ¡Pónte acá! -me dice-, frente a la cámara. ¡Mírala!

Miro la cámara, y por un parlante se escucha una voz que dice: «¡Está listo!»; el otro dice: «¡Ya, vamos!». Salgo al pasillo y el gendarme me pide que levante la mano, la levanto y me pone una esposa con cadenas pegadas unas con otras. Todos juntos caminando, llevando un ritmo para no tropezar con el primero y caer. Yo iba de terno, muy bien vestido; era motivo de risas para los demás, uno dijo: «¡Oye, viejo, ¿te vas a casar ,que vai tan bonito…?!»… y todos reían. Yo estaba pendiente de dónde estaba, tratando de ubicarme, pensando en cómo poder escapar de allí…

Damos muchas vueltas y llegamos a un lugar donde habían varios calabozos, nos dejan en uno de ellos. Nos sacan las cadenas y nos hacen esperar.

Después de unos minutos llegan más presos al otro calabozo y empiezan a gritar:

-¡Hermanito, hermanito! ¿En qué módulo estái…?

-En el 55…

-Ahhh. ¿Oye, ahí está el viejo rulo?

-Si poh, ¡el viejo la lleeeeva poh! ¡Tiene cualquier ficha el viejo…!

-Es connotado…

-¡Sí, poh!¡Él corta el queso allá, poh!

-Oye… hermanito, ¿tirate un cigarrito…?

De repente, aparecen muchos gendarmes, dos traen los chalecos amarillos; detrás de ellos vienen los que traen las esposas con grilletes. Uno por uno nos llaman a otro calabozo, en él hay tres gendarmes más: uno en la puerta. Nos hacen quitar toda la ropa.

Me miran, piden que abra la boca, que saque la lengua, que se las muestre y luego con voz prepotente, me ordenan:

-¡Date vuelta con las manos arriba!¡Ya, agáchate en cuclillas!¡Uno, dos, tres… ¡Ya! Vístete rápido, apúrate. Pónte esto… -y me pasan el chaleco.

-Las manos -me dicen, y me ponen las esposas bien apretadas y, entre el pantalón, baja una cadena a los pies y me los engrillan. Nos cambian de calabozo y nos dejan, se van todos los gendarmes.

Pasan aproximadamente como dos horas ,llegan rápidos los gendarmes… abren el calabozo y nos llevan a los carros de Gendarmería, unos furgones verdes. Nosotros íbamos caminando como el chinito Wong, por los grilletes.

Nos hacen subir al carro y yo me puse de rodillas a la entrada para poder subir, no pude de otra forma. Me dolían mucho los tobillos con los grilletes al levantar los pies. Subo, me siento y el gendarme pasa lista y nos cuenta.

De abajo otro pregunta: -¿están todos?

-¡Sí!- responde el otro, y cierra la puerta del carro.

Todos vamos sentados y el furgón empieza su marcha. Por curiosidad uno se levanta para mirar por donde estábamos y el guardia lo increpa: -¡Siéntate, agáchate!

Por el camino vuelve a pararse a mirar y otros lo imitan, hablaban entre ellos, justo estábamos pasando cerca de mi casa: unas parcelas donde se veían las casas grandes y bonitas. Yo igual me paro a mirar y escucho.

Cáchate las casitas de estos weones…!¡Está bueno venir p’acà!

-¡Sí poh, estos culiaos tienen cualquier plata…!

-Están llenitas, ¡está bueno pa’venir, cabroh…! -ríen contentos.

De pronto, el guardia nos reta: «¡Siéntense!». Y nos sentamos; llegamos a los tribunales y entramos por detrás a los calabozosque son una especie de mazmorras, unas jaulas sin un lugar donde poder sentarse siquiera. Nos dejan allí y se retiran.

El tiempo pasa muy lento, la espera es eterna. Un cabro chico, con cara de malo, llama a los guardias.

-¡Oiga, tengo que ir al baño!¡Oiga…! -y no pasa nada, yo también tenía muchas ganas de orinar.

De pronto, nombran al chico: estaba en el piso, se levanta y sale; quedo solo, aprovecho y orino en un rincón. Qué alivio, pensé. Ya me reventaba.

Después de un largo rato llegan con el chico. El guardia, frente a la reja antes de abrir mira y dice: «¡Este weón echó la meá!», y pesca al chico, lo empuja dándole patadas; lo llevan a otro calabozo, escucho gritos y golpes.

El chico pagó el pato. Después de tanto tiempo aún me siento culpable por no tener la valentía de decir: «¡Yo fui, no le peguen al chico!»

Chico… ¡donde estés, te pido perdón! 

Te invitamos a opinar y debatir respecto al contenido de esta noticia.

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