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Pensamientos en prisión (Historias de la vida real)

DESPUÉS DE LA ANÉCDOTA no podía dormir bien, daba vueltas y vueltas en la colchoneta de diez centímetros; tirado en el suelo no lograba conciliar el sueño por días. Entre los internos se pasaban pastillas para dormir, uno de ellos, el Pancho, me ofreció y me dio una pensando que por fin dormiría bien: no fue así, cometí el error de tomarla muy tarde, no supe la hora; temprano por la mañana nos sacan al patio y yo seguía con mucho sueño: la pastilla estaba funcionando, me quedé buscando dónde tirarme a dormir y no pude, anduve como ido todo el día, las pastillas provocaban el sueño.

Hablé con el Pancho para que me diera otra.

– ¿Voh creí que estas weás me las dan? ¡No! No te puedo dar, tengo una y es para mí, tení que comprar la weá, poh – me responde.

– ¿Y cómo…? – le pregunté.

– ¡El Pitilla vende!

– ¿Y quién es el Pitilla?

– ¡El weón que está para los mandados, poh! Era el que nos traía el almuerzo…

Más tarde llega el famoso Pitilla y le pido que me vendiera una pastilla.

– ¡No poh, weón, me las tení que pedir antes, poh! ¡No, no tengo! ¡Mañana te tengo una, me la tení que pagar sÍ, poh! ¡Valen luca!

– ¿Cómo tan cara…?

– ¡Sí poh! ¡Estamos en cana, poh amigo, luca valen y te puedo vender de a una no más!

– Dame una y te la pago cuando tenga visita…

– ¡No, poh! Aquí es ‘pasando y pasando’, y tení que avisar antes poh

– ¡Ya! – le digo. – ¡Para el miércoles, entonces! –. Y era lunes, tendría que esperar dos días más para lograr tener una pastilla y dormir bien.

Los días se hacían interminables, con la cabeza llena de pensamientos y a punto de explotar, hasta que llegó el día tan esperado de la visita. Mi señora -linda ella- llega con dos bolsas llenas de cosas para comer: yo no comía en la cárcel, esperaba los días de visita para comer. Abrazo fuerte a mi señora y le doy un gran beso, ella estaba sudada y le pregunto por qué.

– Es que me vine caminando – me responde.

– Pero ¿cómo…?

– Sí, de la “Hokus” hasta acá.

– ¡No…!

– Sí, porque no tenía plata, la gasté para comprarte cosas…

– Chuta, mijita…

– ¡Sí! – me dice ella.

– ¿Y cómo te vas a ir ahora? – le pregunto.

– Caminando – me responde.

– ¡Chuta la weá! – le digo. –  Perdón, mi amor, por lo que estás pasando…

La vuelvo a abrazar con más fuerza y amor por ella, es un sacrificio caminar tanto y cargada, ¡son como 16 kilómetros! Era mucho, mucho para ella.

Con todo lo que supe ya no podía ser tan idiota de pedirle plata para que me dejara, simplemente me aguanté ese día. Con el tiempo se fueron dando las cosas, mis hijos encontraron trabajo y ayudaban a la mamá, y yo mientras tanto seguía sin poder dormir bien.

Un día, mi señora llega y me pasa diez mil pesos escondidos en la mano. – Esto lo mandan los niños, para ti – me dice. ¡Créanme! Fueron los diez mil pesos más valiosos de mi vida. Lo primero que hice fue comprar una pastilla para poder dormir bien.

Los días pasaron y yo ya estaba adicto a las pastillas, una no me hacía nada. Tampoco dos, tenía que tomar tres pastillas para dormir.

Un día despierto y me trato de levantar… y no podía, la cabeza me daba vueltas y no lograba ponerme de pie; estuve un largo rato así, y anduve volado todo el día, como un zombie. Ese día decidí no tomar más esas pastillas, pero seguí comprándolas, pensando que con unas 30 de esas podía terminar con ese sufrimiento de estar preso. Junté muchas con ese propósito, pero luego pensé: ‘¿Cómo sería el sufrimiento de mi mujer y mis hijos, mi mami y mis hermanas al verme muerto?’. Tomé las pastillas y las tiré por el baño.

Gracias a mi familia se me fue ese pensamiento de quitarme la vida.

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