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Clotario Blest tenía razón. Lo anticipó el año 1983

Gobiernos del duopolio, Congreso nacional, prensa ‘canalla’ y la misma CUT parecen haberse asociado para que los trabajadores agrícolas chilenos sigan constituyendo una masa amorfa, sin cohesión ni fuerza.

EL AÑO 1983 nuestro país se encontraba en lucha franca contra la dictadura militar y empujaba, sin esconder la cara, el carro de la reconquista de la libertad y del retorno a la democracia. Seguramente, muchos lectores en esa época eran demasiado jóvenes –quizá púberes aún– y desconocen los entretelones de la odisea que el mundo laboral (el sindical, por cierto) hubo de enfrentar y recorrer para que Chile, finalmente, llegara a buen puerto y la tiranía abandonara el gobierno (insisto: el gobierno, no el poder, que es algo mayor y muy diferente).

Aquel año se caracterizó también por la valentía popular que encaró al dictador a través de las Protestas Sociales que, en términos concretos, inmovilizaron las principales ciudades del país. La batuta de la dirección la llevaba el Comando Nacional de Trabajadores, dirigido en ese momento por personas de indudable coraje, como Rodolfo Seguel Molina y Manuel Bustos Huerta; este último, a no dudar, el mejor, más inteligente y valeroso dirigente sindical de aquella convulsionada época.

Recuerdo que era invierno, 1983. ¿Junio o julio? En fin, da lo mismo. Manuel Bustos me solicitó que hiciera un artículo para publicarlo en la revista de la CEPCH (Confederación de Empleados Particulares de Chile), donde yo oficiaba de director (uno de tantos allí, no crea usted que era yo el ‘capo’, pues quien dirigía se llamaba Federico Mujica Canales). La idea de Manuel no era otra que dar a conocer –en aquel momento de lucha desatada contra los asesinos militares– el pensamiento y consejo del dirigente sindical más importante de nuestra Historia, después, obviamente, de Emilio Recabarren. Me refiero al gran Clotario Blest Riffo. ¡Todos de pie, por favor, y aplaudan!

Me recibió en su vieja y humilde casona santiaguina de calle Ricardo Santa Cruz, donde gobernaba una cofradía de gatos deambulando por doquier, desde el tejado hasta la mesa de la cocina, empingorotados por coronas faraónicas regaladas sin hesitar por el mismísimo Clotario. ‘Descienden de aquellos que acompañaron a Ramsés, Amenhotep y Akhenaton, en Tebas y Tel-El-Amarna’, me dijo. Instruido el hombre. También era sabio en materias sindicales y políticas. ‘Que el Comando Nacional de Trabajadores confíe plenamente en los obreros, en los profesionales, en los técnicos, en los pobladores y en los estudiantes, pero ¡ojo con los campesinos!, pues, aunque estén organizados en sindicatos y centrales son hijos perfectos de la Historia del inquilinaje administrado a placer por ese semidios que es el patroncito y amo de turno en la hacienda y en el fundo’. ¡Nunca olvidé aquel consejo!

Los trabajadores agrícolas siempre han estado más desprotegidos que el resto de sus compañeros de clase. Alguna vez lograron sindicalizarse, siendo su mejor momento aquel que vivieron durante las administraciones de Frei Montalva y Allende Gossens, cuando la ley –y el gobierno respectivo– les permitió crear los asentamientos campesinos y los CERA (centro de Reforma Agraria).

Una vez llegada la dictadura, esas organizaciones fueron las primeras en desaparecer. Por ello, en el momento de mayor explosión organizacional del mundo sindical chileno en época de persecuciones y totalitarismo (léase y entiéndase: años 1983-1987), los campesinos, los trabajadores del agro, estuvieron ausentes… completamente distantes, inexistentes, en esa histórica lucha. Ya habían sido regresados –a golpe de bayonetas y balas– al redil del viejo inquilinaje que tanto satisface a los gremios patronales como es el caso de la Sociedad Nacional de Agricultura y, hoy, la Asociación de Exportadores Agrofrutícolas que en ese entonces dirigía un señor de nombre y apellido bien poco castizos: Ronald Bown.

Clotario Blest, en aquel lejano año 1983, a pesar de su avanzada edad y de su retiro total de los escenarios sindicales, lo sabía… y lo tenía prístino en su memoria. Pero, por cierto, don Clota no podía siquiera intuir que los viejos campesinos del sistema de inquilinaje colonial serían transformados en ‘temporeros y temporeras’, cuyo trabajo sólo se requiere en época de raleo y cosecha de frutas, vale decir, entre septiembre y abril de cada año, dejándolos –a ellos y sus familias– en la intemperie de la cesantía durante los meses azules, o meses sin erre (mayo, junio, julio y agosto).

El insigne dirigente fundador de la Central Única de Trabajadores (CUT) el año 1952, tampoco tenía registrado en su cerebro la posibilidad del envenenamiento temprano que sufrirían temporeras y temporeros debido al uso de plaguicidas tóxicos (prohibidos en el mundo desarrollado) que habitualmente se usaron en nuestros campos, específicamente entre 1985 y 2009.

La minería les birla mano de obra a los patroncitos agroexportadores

Hace algunos años, en Coltauco (provincia de Cachapoal, corazón agrofrutícola de la región de O’Higgins), circuló una información que provocó densa sudoración en las empresas exportadoras de frutas, cuando trascendió el rumor de que el mediático y millonario empresario Leonardo Farkas habría comprado todo un cerro en el sector de Idahue porque allí, supuestamente, se detectó –a través de inspecciones satelitales– la existencia de minerales valiosos, como oro y cobre.

Fue un rumor. No era cierto. Pero, la preocupación cundió a grados de soponcio en muchas empresas agroexportadoras, ya que la minería, desde hace años, viene birlándole mano de obra a la agricultura, toda vez que los salarios son superiores y ello provoca que la fuerza laboral mayoritaria (no sólo la técnicamente capacitada, sino también aquella que carece de calificación y especialización) se traslade hacia el sector minero atraída por salarios muy superiores.

En 1983 ya me lo había explicado Clotario Blest en la entrevista susodicha. “Los trabajadores mineros son ‘adelantados’ en materias sindicales; tienen potente historia, han entregado sangre de su sangre en ella y luchan desde siempre por sus intereses de clase y para mejorar las condiciones laborales. Los campesinos, en cambio, se inclinan casi gratuitamente ante el semidios que es su patrón”.

Reconozco que en ese momento (insisto, era junio o julio de 1983) no valoré adecuadamente la opinión de Clotario. El Comando Nacional de Trabajadores ya tenía el control de la calle, y Pinochet, al igual que los ‘prohibidos’ partidos políticos, parecía estar obligado a negociar con Bustos, Seguel, Mujica, Ríos, Flores, Antognini, Muñoz, y el resto de dirigentes sindicales que éramos los verdaderos dueños del pandero ‘protestatario’, responsables de la paralización del país. Así, entonces, lo que me enseñaba Clotario era poco menos que nada. Torpemente, lo consideré ‘poesía de viejo’. Años más tarde, me arrepentiría –a nivel de llanto– por no haber seguido al pie de la letra los consejos de aquel sabio y honesto dirigente cristiano fundador de la CUT. ¿Les cuento algo? Aún me arrepiento.

Los agroexportadores contraatacan

Digamos, para iniciar este nuevo párrafo, que los empresarios agroexportadores luchan tenazmente para no verse obligados a mejorar salarios de temporeros. Es, en realidad, lo único que les preocupa en materias laborales. Los latifundistas son conscientes de que la minería les levanta fácilmente la mano de obra merced a las buenas remuneraciones que ofrece ese sector de la economía.

Pero, digamos también que los agroexportadores frutícolas obtienen altos ingresos en cada temporada, y se sienten protegidos por dos hechos indiscutibles; el primero de ellos es la cobija legal que durante décadas les ha regalado las administraciones nacionales, tanto en años de dictadura como en estos cuatro lustros de gobiernos del duopolio.

Y el segundo asunto es, sin duda alguna, la carencia de una organización sindical fuerte, cohesionada y decidida, por parte de miles de temporeras y temporeros que cada año deben laborar bajo condiciones paupérrimas y salarios exiguos. Estos trabajadores, dígase lo que se diga en esferas gubernamentales y legislativas, están a la intemperie, indefensos, y al igual que los campesinos del antiguo inquilinaje se encuentran sujetos a la voluntad del patrón de turno. A su bondad o maldad. Así de simple y de claro.

De esa forma, entonces, la mano de obra opta por trasladarse a las alturas cordilleranas del norte del país y engancharse en las faenas mineras, donde las condiciones técnicas y de seguridad –junto con salarios mucho mayores– resultan atractivas. Poco a poco, los campos de nuestra zona central se han ido quedando sin fuerza laboral.

Pese a tamaña realidad, los poderosos empresarios exportadores siguen negándose a mejorar salarios y, como una forma de paliar el déficit ya señalado, proponen al gobierno una medida que tiene olor y sabor a colonialismo barato: abrir aún más las puertas del país a la contratación de mano de obra extranjera; vale decir –siguiendo el pésimo ejemplo del ‘enajenado mental’ Francisco Javier Errázuriz–, recurrir a las necesidades de pobres más pobres que los nuestros para embaucarlos con trabajos de corto aliento, mal pagados y sin resguardos previsionales ni de salud por parte del contratante para, luego de terminada la temporada frutícola, dejarlos en la estacada  y llamarlos nuevamente al año siguiente.

En esa parte del cuento estamos hoy. Por ello, recordé las palabras del viejo Clotario, entendiendo ya que nuestros trabajadores agrícolas no tienen la decisión ni conciencia que caracteriza a sus hermanos de clase, como es el ejemplo de los mineros, a quienes una parte de la sociedad chilena fustiga porque saben negociar colectivamente, porque tienen organizaciones sindicales sólidas producto de años de lucha, y porque, ello es innegable, no trepidan en exigir sus derechos cuando la parte patronal (sea privada o fiscal) intenta pasarse de lista y rebajarles derechos y ganancias.

Respecto del tema que convocó estas líneas, pareciera que todos se han asociado para que los trabajadores agrícolas chilenos sigan constituyendo una masa amorfa, sin cohesión ni fuerza. En ello participan no sólo los empresarios y la casta de políticos que son nostálgicos vástagos de la dictadura, sino, también, la prensa y la propia CUT, esa organización que una vez, hace ya muchos años, fue digna, fuerte, soberana y poderosa, Pero, hoy ya no están Clotario Blest ni Manuel Bustos, y ello podría ser la explicación.

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