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La Rebelión Popular recién comienza

LA REBELIÓN POPULAR ha sido el acontecimiento que nos ha marcado a todos. Ya sea por su crudeza en torno a los actos de represión que nos ha tocado presenciar, como también por los conciliábulos fuera de lugar de la casta política gobernante y, por qué no decirlo, por el silencio que ha guardado la prensa oficialista respecto a los progresos y resoluciones de los diversos sectores sociales no representados por los partidos políticos actuales.

Así es, desde el comienzo de las legítimas acciones de manifestación ejercidas por el pueblo desde ese viernes 18, los medios han usurpado el concepto de rebelión para entregarnos uno que no representa en absoluto los intereses de una sociedad con hambre y sed de justicia, paz social, igualdad, fraternidad… pero, sobre todo, dignidad. Que no se le olvide nunca: esto ha sido una rebelión, y aunque nadie la haya articulado o planeado, no resta un ápice el mérito de que tuvimos a la ya mencionada casta política en jaque por bastante tiempo. Tuvieron que recurrir a subterfugios, maratones de asambleas internas que en nada representaron el pensamiento de la civilidad. El pueblo estalló en una rebelión legítima, grandiosa y absolutamente fuera del alcance de lo que el actual régimen político pudo controlar.

Por eso, el presidente de la república nos declaró la guerra. Pero, las Fuerzas Armadas no se hicieron eco de ese enunciado. Por lo menos, hasta ahora.

Debemos estar orgullosos de lo que hemos mostrado al mundo. Porque fuera de Chile no se impresionan con la quema de buses, ni con la caída de semáforos, ni con los montajes de los agentes del Estado en los que se escuda el asesino de Sebastián Piñera; allá afuera no ven piedras ni barricadas, ni ven a la Primera Línea como delincuentes.

En más de 6 oportunidades, los informes internacionales de diversas organizaciones de Derechos Humanos (en donde se incluye la ONU) han insistido que en Chile se vulneran gravemente los DDHH fundamentales. Todos ellos apuntan a los procedimientos policiales y a la responsabilidad civil de los tres poderes del Estado. No dicen nada acerca de los semáforos ni de temas afines.

En Chile, no se considera como un acto violento que un jubilado reciba poco más de 60 mil pesos para todo el mes. Tampoco se considera como violencia social que una profesora tenga que vender confites a la salida del Metro para completar un monto suficiente para sobrevivir. En Chile no se reconoce violencia cuando un afectado por la usura de la Salud tenga que costear con sus propios recursos los gastos médicos, a riesgo de incluso morir si no lo hace. Tampoco es un acto violento que un estudiante universitario tenga que endeudarse por décadas para terminar su carrera y luego se animen a dogmatizarlo con la idea de la ‘meritocracia’, cosa que en Chile no existe. Y menos, que las trabajadoras y los trabajadores de Chile ganen un sueldo ridículo, insuficiente para sus gastos, mientras trabajan jornadas interminables y recorren distancias titánicas para cumplirlas, en transportes inhumanos, atestados de personas, corriendo el riesgo de contraer todo tipo de enfermedades (para no hablar solamente de Covid-19).

Hace muy poco, la ley se ha animado a decir que es violento aquél que niega actos tan inhumanos como el pinochetismo, en donde se tergiversan y ocultan las cosas ya juzgadas en el Poder Judicial. Pero, ahí funciona el Tribunal Constitucional para violentar la ley incluso antes de ser promulgada.

Chile no estalló en llamas en octubre del año pasado. Tampoco estalló en 2011 con la protesta universitaria, y menos el 2006 con la revolución pingüina. A pesar de que todas aquellas movilizaciones tuvieron un denominador común: fueron iniciadas desde las y los estudiantes de Chile; y es que ellas y ellos han nacido desprovistas y desprovistos del miedo a la muerte, esa característica presente aún en las generaciones que convivieron y lucharon contra la primera dictadura, la de Pinochet.

Lo digo claramente: a fines de los años ’80 este episodio del secuestro de la movilización ciudadana ya fue vivido cuando los miembros de la -entonces- ‘Concertación de los 16’ prácticamente redujo a la más mínima expresión el clamor ciudadano para sentarse a la mesa de los que entonces ostentaban el poder. La persecución a los disidentes al sistema no disminuyó en lo más mínimo: aquellos que abrazaron la disidencia al neoliberalismo y a la impunidad de los criminales de lesa humanidad que prohijó el Tirano fueron cruelmente exterminados, perseguidos en Chile y el extranjero o encerrados de por vida en cárceles hechas por los mismos que prometieron la alegría a un pueblo que -una vez más- confió en ellos.

Les menciono episodios como la Masacre de Apoquindo y la creación de la Cárcel de Alta Seguridad (diseñada y construida mucho antes que el resort de Punta Peuco y el Penal Cordillera, una bofetada a la dignidad de Chile). Traigo a colación los infinitos relatos de personas detenidas después de 1990 y que sufrieron torturas en comisarías y lugares de detención que para muchos puede resultar insospechados. Pongo en esta discusión a aquellos ejecutados en fugas de cárceles a sangre fría por Carabineros, la PDI o Gendarmería de Chile. Y, por cierto, les relato la imposición del pinochetismo, esa cruel enfermedad social presente en amplios sectores de la casta política ahora gobernante, de las que incluso el actual presidente se sirve en los ministerios y a los que la derecha gusta de hacer guiños a la hora de las elecciones.

Pero, en cualquier debate que pueda darse con aquella casta que hoy -insisto- ostenta el ‘poder’ que el Tirano les otorgó, no reconocerán violencia en esas acciones. Por eso, vuelvo al inicio de estas líneas porque, así como nos usurparon el concepto de ‘rebelión’, nos han ocultado el concepto de ‘violencia’, porque no vacilarán un segundo en aplicarla al pueblo aun cuando estén presentes los organismos internacionales en el mismo lugar de los hechos. No titubearán en reprimir, violentar, torturar, asesinar, encarcelar… y, en resumen, intimidar a la ciudadanía. Así es como funciona la propaganda desde la conquista de América: asesinar en nombre de sus intereses no es violencia, pero un pueblo que resiste y se defiende sí es violento.

Pero, así no funciona el pueblo.

El mensaje entregado por el pueblo tras la gran marcha de 2 millones de personas realizada por todo Chile y que tuvo como epicentro la Plaza de la Dignidad ha dejado un mensaje muy claro: no estamos en guerra. Y debe ser respetado por todas y todos los que están en esta Patria, incluyendo a los participantes de esa ralea corrupta, mercenaria y autoelegida como lo es la élite política chilena que ya va en su segunda generación desde la ascensión de los presidentes civiles al poder. Y es que el pueblo es soberano: el hambre y la sed de justicia merecen mucho más que una raya en un voto. Este deseo debe conseguir la participación de sus ciudadanos en debates y diálogos a través de todo Chile, excluyentes de todo partido político. Eso es una voluntad, no un acto de subversión. Y si ellos (la casta política) lo querrán ver así, les recuerdo a Luis Emilio Recabarren: ‘Queramos o no, tenemos que aceptar el título de peligrosos y subversivos […]. Toda persona que se dedique a instruir al pueblo tendrá que aceptar el calificativo de subversivo’.

Chile merece ser libre.

Te invitamos a opinar y debatir respecto al contenido de esta noticia.

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