QUE LAS INSTITUCIONES de la república están en crisis, qué duda cabe: sabemos del ocultismo que vive la iglesia caótica, las acciones tránsfugas de los obispos y pastores evangélicos, solo por mencionar el millonario robo desde las oficinas del obispo Durán hace no mucho tiempo, desapareciendo 12 computadores con sus discos duros donde se encontraba toda la información contable y una caja fuerte de 250 kilos ubicada en un segundo piso muestra que los jerarcas de estas organizaciones que trafican con la fe están sumidas en una putrefacción desproporcional.

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La crisis de identidad en la fe, muy compleja de revertir, se acentúa cuando los que hacen de guías espirituales y cabeza se han visto envueltos en muchos actos deleznables que poco ayudan a que los militantes de sus credos estén fieles a lo que ellos denominan La Palabra del Señor.

Pero si la fe está en crisis, ni hablar de las instituciones profanas o mundanas que conforman el Estado.

Un parlamento que lo representaba en una columna anterior denominada Un parlamento de mierda que fue expuesto como ensayo haciendo alusión al parlamento romano, que poco difiere con nuestro Congreso que nos toca ver como testigos. Por el otro lado, un gobierno con un señor que sólo administra de mala manera su cuota de poder, entregándole la autoridad a un cartel que se fundó dentro en una dictadura cruel y sanguinaria y hoy nos tratan de mantener bajo ciertas acciones que nada nos agradan y solo nos hacen recordar la perversa noche oscura de ese periodo que uno no desearía volver a vivir. Un poder judicial que está, pero no existe —o se hace como el que está y es muy débil a la hora de ejercer su equilibrada balanza— inclinándose siempre al lado de la elite y dejando sin responsabilidad a los de cuello y corbata, como si estos, por vestir de marca y estar en una zona de privilegios, no fuesen tan criminales como los que lo son sin llevar ese vestir.

Vivimos en medio de un caos social, con una Revuelta Social que está a la vuelta de la esquina, fresquita, con un Chile más despierto que nunca. Por lo mismo, no es poco significante que las Fuerzas Armadas, que no son deliberantes y deberían estar sometidas al poder político, cada cierto tiempo se salen de madres y nos recuerdan que ellos son especiales, que no se les puede mirar, tocar y mucho menos reírse de la forma absurda con que tratan la patria que ellos han manoseado en parte seguida de esta historia.

Hace unos días atrás, un programa de televisión hizo una humorada muy distinta a la que acostumbramos a ver; no solo fue graciosa, sino que en el fondo reflejó una realidad de lo que son y como actúan en su interior estas Fuerzas Armadas, caricaturizadas por una oficialidad displicente, que no tiene respeto ni por sus subalternos, mucho menos por el pueblo al que siempre le han visto como distinto e incapaz de estar a la altura de ellos. En la parodia aparece un general entrevistado en un supuesto programa de TV estilo late show, y sus respuestas son tan mediocres —pero tan reales— que eso les hizo reaccionar y les tocó la fibra más intima de su formación; entonces, como no se dieron cuenta que esto era una parodia y pretenden mostrarse como los serios del grupo, sacaron una declaración pública de pataleta y, para ponerle la guinda a la torta, nada menos que el propio ministro de Defensa salió a respaldar dicha carta-molestia, publicitando su parecer en RRSS y en la escupidera de estas que es Twitter. Un dato al margen: en 1938 la Revista Topaze armó una caricatura del presidente Jorge Alessandri: la indignación del presidente fue tal, que mandó a requisar  todas las revistas y ordenó quemarlas en una clara demostración de censura; su ministro del trabajo de aquel entonces —don Bernardo Leighton— ante este acto renunció, aludiendo a que aquello atentaba contra la libertad de expresión… hoy se da algo similar entre las Fuerzas Armadas y un sketch de TV: reacción inmediata, una carta de protesta de las tres ramas de las FFAA y el ministro de Defensa —en vez de llamar al orden a los militares ya que no son deliberantes— sale a apoyarlos. O sea, la censura y la libertad de expresión quedan al debe una vez más. El humor ácido quema las cabezas, pero ello no mata a nadie; mejor dicho, el humor sana… así lo deberíamos ver todos.

Ojalá con la misma prontitud estas mismas Fuerzas Armadas entregaran la información del espionaje a la prensa de seis periodistas, entre ellos Mauricio Weibel, pero para ellos las prioridades están invertidas y acá queda de manifiesto que así lo es.

Las Fuerzas Armadas deberían ser profesionales y entender que no son deliberantes ante nada, que para eso hay un ministro de Defensa que puede —y debe— mostrar sus agrados y desagrados a la hora de emitir puntos de vista; pero tenemos claro que el poder civil y sobre todo en este Gobierno, siguen siendo los admiradores de los militares y sienten que decirles, siquiera feos, es sinónimo de faltarles el respeto. ¿Hasta cuando viviremos con esta tropa veleidosa y pendenciera? ¿Cuándo veremos unas FFAA que sean parte del pueblo y no se sientan como una élite especial y diferente por llevar su uniforme de la Alemania nazi que generó lo peor de su historia?

Por otro lado, aparece el Director de Carabineros diciendo que la gente, cuando está en peligro, llama a Dios y a Carabineros; me recuerdo haber escuchado esa frase años atrás al ex Director de Carabineros que rezaba “Dios en el cielo y Carabineros de Chile en la tierra”. Qué arrogancia e ironía más pendeja, solo me resta decir que ni lo uno ni lo otro menos; cuando escribí la columna Lo que no sirve, se bota queda de manifiesto que esta otra institución no da el ancho y debe —también— profesionalizarse para acabar en una policía nacional; incluso, cambiarles el uniforme, que también representa a la SS Alemana. Tenemos una policía militarizada como prácticamente no existe en el mundo. Ante la falta de control político, los guardianes del orden público terminan provocando el desorden y la vulneración de los Derechos Humanos. Necesitamos una policía que realmente responda al poder civil y no se le siga avalando su desquicio en el actuar por parte de la autoridad.

Carabineros —así como los militares— le deben una gran respuesta a Chile por actos tan bajos y delictuales como el bullado PacoGate o el ruin MilicoGate; no son entes aislados los que acá participaron: hay muchos antecedentes que muestran que se involucraron bastantes oficiales y mandos medios y que no han informado a cabalidad, saben que al tirar más el hilo se pueden llenar las manos de excremento.

En medio de toda esta crisis aparecen algunas voces conservadoras criticando y condenando una protesta o el Paro Nacional como una actividad violenta.

Violencia es que una madre no despierte a su hijo pues no tiene que darle de comer.

Violencia son los viejos buscando las sobras de la feria para alimentarse.

Violencia es reclamar a los 70 años las licencias médicas de 4 meses.

Violencia es que el presidente es más rico durante la pandemia y 2,8 millones de chilenos de Clase Media pasaron a la lista de la pobreza.

Violencia es rebajar una multa a tu amigo de U$S 33 millones a U$S 3,5 millones, mientras el Servicio de Impuestos Internos exige la devolución de 500 mil pesos a los que, por error, se les asignó un bono de ayuda.

Violentos son: Juan Sutil, Ricardo Ariztia, Antonio Errázuriz, Andrónico Luksic, Anacleto Angelini y toda la manga de zarrapastras que usan los medios para tratar a la clase trabajadora de flojos; estos —que aprendieron a saquear el Estado porque hicieron que las leyes legalmente se los permitiera— son una suerte de robo legal sin penas de ninguna índole… les debe desesperar que una Constitución nueva les cambie el naipe de una jugada tan perfecta como la que han tenido por décadas.

Violencia es que un diputado o senador, en un año gane lo que una persona con sueldo mínimo logrará ganar en 45 años de trabajo.

Violencia es —justamente— militares rateros que se embolsaron miles de millones de pesos en el MilicoGate, o lo mismo en Carabineros con el robo del PacoGate.

Tantas cosas son mucho más violentas que un paro de actividades.

En definitiva, una sociedad en crisis debe iniciar un cambio de estructura, buscar la forma de sanar y ello es difícil hacerlo con esta administración o instituciones que señalo y que han tocado fondo, llegando a la más profunda degradación.

La profunda crisis que vive Chile no se resuelve negociando con Piñera ni firmando acuerdos pedorros con la Derecha. La clase política busca mantener cuotas de poder y vuelven a desoír a la Ciudadanía; por eso es muy oportuno repetir el que se vayan todos, porque en esta crisis los todos no han hecho nada para mejorar y salirse del vicio que transformaron el poder de la política en una suerte de pandillas mafiosas al interior de cada una de las instituciones antes referidas.

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