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El negacionismo

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El negacionismo

‘MÁS MUERTOS DEBIÓ generar Pinochet, hay muchos que no deberían estar’. Suena fuerte, pero es una de las frases que le escuché al padre de un amigo en medio de una discusión hace no mucho tiempo atrás; sin duda, él es un habitante dentro del universo en donde se hacen este tipo de sentencias, pero a la vez niegan que aquello de lo cual afirman hubiese sido real. Este tipo de personas las conocemos y sabemos quiénes son, HABLO DE LOS NEGACIONISTAS.

El negacionista parte de la base de cuestionar la realidad desde un apoyo ideológico que cambia los hechos a su conveniencia negando, de esta manera, la realidad, aunque ella esté comprobada en testimonios de otros seres vivientes igual a al negacionista: quienes estuvieron como testigos de tal o cual acto aberrante realizado por su sector o por los que participan y son parte de su convicción ideológica.

El negacionista es ese que ante una serie de pruebas razonables, amplias, confiables, comprobables, reproducibles; ante todo ese argumento, se niega a acatar lo que otros muchos afirman. Tienen la tendencia de convencerse de lo que le conviene y desechar lo que no es conveniente para la construcción de su discurso, una suerte de cherry picking (literalmente recolectar cerezas: seleccionar lo mejor de algo, o bien seleccionar lo peor de algo, o bien seleccionar algo ‘a la medida’) o falacia de la evidencia incompleta; en otras palabras, la supresión de pruebas, usar la evidencia selectivamente y desde ahí decir que lo que para muchos es una realidad concreta, para este negacionista no lo es y solo forma parte de una difamación maquinada por sus adversarios ya sea ideológicos, políticos o religiosos.

En mi país, podemos ver a negacionistas que en momentos se visten de defensores de la vida —por lo mismo, los llamados ‘providas’— y van de esquina a esquina, como frenéticos, pidiendo derechos del feto o indultar a los viejos estandartes genocidas que se mantienen encerrados en la cárcel ‘modelo’ de Punta Peuco; son los mismos que no escatiman argumentos mayores para pedir que se reponga la pena de muerte. O sea, de contradicciones vitales que rayan en la estupidez.

Hace unos días escuché a Jorge Arancibia, Almirante en Retiro de la Armada y actualmente Convencionalista Constitucional, que se hizo parte de la Comisión de Derechos Humanos de la Convención, donde al ser interpelado por la machi Francisca Linconao —entre otros varios— por su incorporación en esta comisión, él se limitó a responder que se sentía orgulloso de haber sido el edecán del presidente Pinochet; ese que se autodenominó Presidente, ese genocida que murió como un delincuente, ladrón y criminal y que, hasta hoy, a los negacionistas les cuesta llamar por su nombre de TIRANO y siguen reescribiendo su historia con el nombre de presidente. Bueno, aunque eso también lo hacen los que dicen no ser negacionistas, como algunos miembros —incluso— de partidos de la pseudo izquierda, ex Concertación y actual Unidad Constituyente.

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No ahondaré en lo que una gran mayoría sabe de Pinochet y lo que le hizo a Chile, pero no puede ser posible que un cómplice pasivo sea parte de una comisión de DD. HH. ¿Qué garantías podría ofrecer este sujeto en una Convención Constitucional, donde esta materia es de un nivel sensible y que debe ser tomada y tratada con alturas? Es como ver a un criminal de guerra nazi trabajando en el Tratado de Nuremberg.

Los negacionistas no son solo locales: hay negacionismo en Argentina, desde sus propios detenidos desaparecidos y que un grupo de la sociedad argumenta que no existen; en España los negacionistas aún mantienen viva la figura de Francisco Franco y ondean banderas falangistas donde aplauden para silenciar lo aberrante que fue para ese país aquella parte de la historia. Hay negacionismo del Holocausto y todo lo que significó no solo para el pueblo judío. También los sionistas no solo de Israel, sino que todos alrededor del mundo son negacionistas que justifican los crímenes en contra del Pueblo Palestino. Para la China hay negacionismo, convertido en invasión ante el pueblo-estado tibetano. Hay negacionismo en la historia errónea que le contaron al actual rey de España, quien hace unos años decía que los indígenas americanos debían pedir perdón a la corona. El Estado de Chile ha mantenido una política sistemática de negación y exclusión a todo lo que no representa la identidad europea. Nuestros ancestros llegaron de manera forzada a los territorios, en calidad de objetos más que sujetos de derecho. La trata esclavista es uno de los delitos de lesa humanidad más grandes de la historia, donde Chile también fue parte.

El negacionismo se impone como una corriente política en muchos estados y en muchos aspectos es sinónimo de ignorancia condimentada con estupidez. Los que no ven ni oyen, nunca hablarán de las atrocidades que se cometen en ciertos periodos de la historia, por conveniencia, complicidad, desidia o inopia.

El Almirante (R) Arancibia se siente orgulloso de ser quién dice que fue. De la misma forma, en un programa de televisión el Senador Felipe Kast defiende al Almirante, argumentando que él no era responsable de lo que cometió la Armada durante la dictadura. La facilidad de palabra y argumento pobre se cae al saber que esa rama de las Fuerzas Armadas nunca ha colaborado con la justicia, jamás hicieron un mea culpa e incluso este propio Almirante reconoce en una entrevista, no hace mucho tiempo atrás, que “si seguimos así yo pesco un fusil y me voy al cerro a matar comunistas”.

Hoy es un Convencionalista, que cuando cumplía 81 años en su cuenta de Twitter levantaba el siguiente tweet:

Pronto aquello se le olvidó y se presentó de candidato obstruccionista, entendiendo que los 37 electos de la derecha para esta Convención, en su gran mayoría llegaron —a juzgar por su comportamiento— a tratar de impedir o dificultar el desarrollo normal del proceso, especialmente en las asambleas, con el fin de retrasar y obstaculizar la aceleración de las materias que se han venido discutiendo en las últimas semanas.

Así, al parecer se tendrá que convivir en esta instancia donde se desea escribir una nueva Carta Fundamental, con este tipo de especímenes negacionistas y descarados, en donde queda claro que no llegaron a aportar sino solo para atornillar al revés. Esperemos que esto no se traspase a la centroizquierda, esa que en su momento participó de orgías entre derecha y centro e izquierda neoliberales, donde comían —y comen— de un mismo plato y se defeca en el mismo.

Ojalá la memoria esté presente; no se construye una historia sin su pasado, mucho menos se puede armar una Carta de Navegación sociopolítica ignorando por dónde y cómo se caminó. Todo exige de equilibrio, sin negar nada del pasado, sin restar nada al futuro.

Es importante la medida que se toma con relación a Jorge Arancibia, quien si bien sigue conformando parte de la comisión de DD. HH. no podrá participar en las audiencias públicas. Es justo y necesario no poner a un defensor y negacionista de violaciones a los Derechos Humanos en audiencias donde irán víctimas, revictimizar a los invitados, una forma de dar tranquilidad a quienes concurran.

Esperemos que Arancibia y los otros guarden la compostura y la decencia o de lo contrario reinaría el caos, y eso no hace avanzar bien a ningún grupo que desea, además, adentrarse tan profundamente en cimentar la Constitución que nos ha de regir por las próximas décadas.

Continuará

4 Comentarios

  1. Una realidad que ya comienza a tender un muro irreconciliable ,el típico argumento del fascismo golpista y criminal.Ningunear todo cuando su falta de argumentos los lleva a la estrategia de la violencia .Mal estamos que ante esa estrategia ,la reacción contundente no se puede dar por la sospechosa división de la izquierda. Otra vez ,un sector se quiere vestir con los ropajes del alwinismo,y del diálogo,sin la presencia de un programa revolucionario pero realista de cambios

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