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La Vocería del Pueblo

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La Vocería del Pueblo

EL 8 DE JUNIO del presente año, 34 convencionalistas constitucionales entregaron a la opinión pública una carta que inquietó principalmente a la bancada de la derecha, quienes no demoraron nada en ponerse de acuerdo y comenzar a decir que se estaba desconociendo el acuerdo del 15 de Noviembre de 2019. Del mismo modo, algunas voces disonantes de la seudo izquierdista ex Concertación (actualmente, Unidad Constituyente) plantearon algo similar. Esperemos que los convencionales de ese sector no piensen como los que emiten opiniones desde sus tiendas políticas; a la postre, ellos pueden patalear lo que deseen: total, quienes tomarán las determinaciones y acuerdos son los que estarán en el ruedo de esta Convención Constitucional y el resto puede aplaudir o alharaquear.

Lo que causa extrañeza es saber por qué se tendría que mantener un acuerdo coaccionado y muy lejano a las demandas de la calle; este acuerdo fue el resultante de una trasnochada que se pegaron un grupo de parlamentarios que sin recibir ningún tipo de respaldo ciudadano para este fin no escatimaron en apropiarse de la demanda social y, de forma mañosa, terminaron sacando un mentado ‘Acuerdo por la Paz’ que tenía dos claros objetivos: salvarle el traste a Sebastián Piñera y —de pasadita— hacer que la ciudadanía se calmara, realizando un gesto muy al estilo del ‘circo romano’: tirar una presa de carne en medio de una jauría rabiosa, esa que había prendido, durante prácticamente un mes lunar, por todo el país.

 De este tema en su momento escribí una columna Que se vayan todos, en donde se puede advertir que —no solo quien escribe, sino muchas personas— no estuvimos de acuerdo en la forma como se dieron los hechos para obligarnos a aceptar este tipo de fórmulas entregadas por la mesa coja. Recuerdo claramente haber discutido con una senadora sobre el tema en cuestión, donde me advirtió a modo de pregunta si lo que quería era un golpe de estado, y le repliqué diciendo que además de la antojadiza salida de los parlamentarios lo hacían de forma coaccionada. En otras palabras, le creyeron a Mario Desbordes que, días antes, indicó que todo caminaba mal y que sólo tenían 48 horas para ponerse de acuerdo o, de lo contrario, esto podría terminar en una suerte de extremar la fuerza.

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Hoy, cuando observo a la distancia aquella noche, cuando además logramos darle un amplio respaldo a la opción #Apruebo —aún después, incluso, de posponer este plebiscito desde abril a octubre de 2020 usando el Covid-19 como pretexto para dicha postergación—, además volver a usar lo mismo y mover la elección de Convencionalistas de abril a mayo de 2021, y se logra una abrumadora mayoría de los muchos que sí aprobamos la Convención Constitucional y elegimos a candidatos que más nos representaran y que, entre aquellos, solo un puñado de los que rechazaban hasta ayer hacer una nueva Constitución lograron entrar en el ruedo, pero sin una mayoría como algunos agoreros pretendían que se diera como es el caso de Pepe Auth, quien pronosticó más de 60 Convencionalistas de derecha y se quedó al debe. Hago esta salvedad de suceso, porque no puede ser posible que cuando un grupo de Convencionalistas expresan una carta de seis puntos basado en: Libertad, verdad y justicia, reparación, desmilitarización, fin a las expulsiones y soberanía, puntos de vista concretos y contingentes, se alardee en forma histérica por parte de una derecha que debiese ser un tanto más cauta y entender que su gobierno —al cual representan y todo lo que este significa— ha provocado situaciones despreciables frente al momento que vivimos y lo que se advierte en esta carta no está lejano en lo absoluto a la realidad que todos conocemos.

Es inentendible, además, que se pretenda censurar o quitarle un legítimo derecho adquirido por soberanía popular a los Convencionalistas para que expresen y digan lo que estimen apropiado y conveniente; del mismo modo, no sólo es incomprensible si no que causa desprecio ver cómo los medios de comunicación masivos hacen análisis de esta carta y sus lineamientos en estudios de televisión, sin incorporar a ninguna parte involucrada pero invitando a personas que están ajenas a la carta. La prensa servil y secuestrada —por la derecha empresarial— arma desde sus editoriales conversatorios no solo de este tema, sino de contingencia y de una manera muy vergonzosa, dando espacio a las minorías en igualdad de condiciones que las mayorías. Cuándo entenderán que Chile no está dividido en un 50% y que no estamos polarizados —como se pretende reflejar y convencer—. Así  vemos cómo se sientan los mismos de siempre, hablando los mismos desaciertos y desatinos en cada matinal o espacios que denominan estelares: la silla musical de los medios de comunicación, es tan igual como el travestismo que se da en los sets de televisión donde se cambian rostros de aquí para allá,  pero no salen de los mismos de siempre.

Sin descolgarme del tema en cuestión, siento que es prudente y conveniente que la Convención Constitucional pueda, en su acto soberano y pleno, modificar las condiciones absurdas que se dejaron expuestas en la borrachera del 15 de noviembre de 2019 y en virtud de los acontecimientos se pueda alterar lo que sea correspondiente a la hora de tener que iniciar su proceso de trabajo. Si esto no se acuerda y se logra dar un golpe de timón como corresponde, poco se logrará armar un cambio necesario y justo, que muchos esperamos expectantes ante la nueva Carta Fundamental que se comenzará a redactar conforme a las muchas demandas sociales expresadas en las calles de Chile por miles de actores sociales, por último es claro que todo fluye y cambia y en política todo es voluble, lo suficiente para alterar —desde un acuerdo mal gestado— hasta darnos la libertad de exponer a la ciudadanía lo que nos inquieta y nos limita.

Entiendo que las minorías buscarán hacer ruido y revolotear para que sean visualizadas y no se pierdan en la invisibilidad de los acontecimientos; lo importante es comprender que hay un Chile que hoy se comenzó a mover de otra manera, muy lejano a los cánones establecidos y, por lo mismo, lo que para ayer nos parecía normal y no cuestionable, hoy nos debe hacer pensar que para construir la Constitución que nos rija los próximos 50 años —o más— se debe hacer el trabajo bien y no desconocer que más allá de esa mesa trasnochada hay muchos que estuvimos en la Revuelta Social y que dijimos No Más de lo Mismo. Bienvenidas todas las voces disonantes al proceso iniciado: de eso depende hacer un Chile digno y justo.

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