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Reconocimientos que marcan la historia

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Reconocimientos que marcan la historia

ME PIDIÓ UN AMIGO hace un tiempo atrás escribir sobre Salvador Allende. La verdad es que, más que un tema que fluye es un desafío.

Tenía cuatro años cuando, en hombros de mi padre, vi a la distancia al Doctor Salvador Allende. Estaba recorriendo Chile; yo, en Constitución, mi ciudad natal. Algo tenía —al parecer— este señor que ha sido odiado y querido, pero jamás ignorado. ¡Cómo! Si es parte del vuelco en la historia histérica que nos tocó vivir desde 1970 en adelante. Luego, mi relación siguió con esa mañana del 11, cuando habló por última vez al país: un discurso de los mejores que he conocido en mis años de vida. Emotivo, preciso, un legado al que las generaciones venideras han de dar el sitial que corresponde.

Allende, más allá de entrar a defenderlo o condenarlo, representa esa savia emergente de hombres que se entregan por sus ideales y son capaces de marcar un sello para lograr una estatura mundial. He tenido el privilegio de conocer muchos países. Siempre la figura de este hombre es recordada en una plaza, una avenida, un busto, una calle, un museo. Nuestra pequeñez nos impide ver más allá del ombligo y descubrir que el mundo hace reconocimientos a los nuestros. Obviamente, para algunos estas muestras sobran, son impropias y atrevidas. Sabemos que el grupo que aplaudió el golpe poco ha de reconocer en Allende. Pero el pueblo, los trabajadores, los sindicatos, los intelectuales, la buena política, las dueñas de casa y los jóvenes de la época son parte de ese discurso final. A muchos ese momento les llegó y caló profundo. Se perpetuó en la memoria y por mucho que nos la quisieron extirpar, se multiplicó, creció y se hizo gigante.

Ese hombre se enfrentó a la traición. Cuando amanecía, percibió un Chile diferente, como vaticinando que ese momento sería para nuestra patria un antes y un después. Allende supo acercarse, siendo laico, a personalidades como el cardenal Raúl Silva Henríquez, otro grande entre los grandes. El orador perfecto, fue ingenuo al no ver la traición entre sus cercanos y morir en un acto de oblación que pocos harían.

No escribo esto para hacer un homenaje póstumo y repetir como papagayo lo que se dice cuando alguien muere: ‘Que era el mejor de todos…’, ‘nunca será reemplazado…’ y todas esas frasecitas de buena crianza. No deseo llenar esta columna con esas expresiones. Al contrario, quiero plasmar un reconocimiento al que nace y muere por un ideal, seguro algo adelantado y extraviado, en una sociedad enfrentada y llena de odio, delirante y con grandes necios que ocupaban cargos dirigentes en su gobierno. Algunos aún están vigentes, siguen iguales o peores que entonces, desvariando y olvidándose de quiénes fueron, dónde estuvieron y cómo se les trató, esos que por mantener una cuota de poder son capaces de transar sus principios, si es que alguna vez los tuvieron, con la Derecha…

Aquí, veo la figura de Allende indicándonos qué significa un idealista y lo que es un acomodado a las circunstancias. Desconocer es algo que nos cuesta poco; reconocer, un ejercicio que debiéramos practicar más a menudo, pero muchas veces supeditamos a nuestros reconocimientos, que nos impiden ver en el adversario capacidades y actos que lo destaquen. En eso hay grandes de la historia como por ejemplo el almirante Miguel Grau Seminario —peruano— capaz, en su momento, de hacer un reconocimiento al Capitán chileno Arturo Prat Chacón.

Allende es ese personaje que ve lealtad en el desleal y comenta en sus últimos minutos —preocupado— qué será de Augusto, para luego darse cuenta de que el que encabeza el golpe es ese que le ofreció lealtad unos días antes. Así se escribe la historia, entre valientes que dejan huella y cobardes que crean desprecio.

Me siento honrado de ser parte de esta historia. Nadie me la puede contar. Reconozco en este hombre de Estado, a alguien enclavado en nuestros emblemas y consignas, difícilmente posible de desconocer.

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