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Un parlamento de mierda

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Un parlamento de mierda

EL TÍTULO DE ESTA COLUMNA no es del todo decoroso, pero cuando vemos tantas ambigüedades o visualizamos que el parlamento es tan mediocre como el Gobierno, uno se pregunta qué es lo que hizo tan mal el pueblo para merecer estos representantes, en donde los muchos hacen el trabajo para que unos pocos se enriquezcan.

La corrupción se supo instalar como una bacteria —como un virus—, el clientelismo y el favoritismo son prácticas usadas muy seguido, el tráfico de influencias reina, así como las coimas se imponen, desde los más simples funcionarios que aprendieron a trampear, hasta el superior que vestido en forma especial sabe robar.  Así con una buena retórica, requisito indispensable para postular a ser un servidor público; todo se podrá alcanzar, la élite medianamente educada se sabrá por los muchos imponer, más importante aún es estar apoyado por un pituto que tenga algo de poder o alguna persona influyente que pudiese recomendarlo para tal o cual cargo o determinada función pública. Los favores —eso sí— se pagan, ya sea con otros favores o mediante alguna trampa que se sepa diseñar.

El servicio público es un medio efectivo para enriquecerse rápidamente si tienes un poquito de astucia; y lo mejor de todo, que se han habilitado una suerte de proxenetas especializadas en realizar dicho comercio de recomendaciones, algo al estilo de lobbistas. Muchos trámites se realizaban utilizando alguna forma de soborno, por pequeño que fuese; por eso, cuando un funcionario de menor categoría se presenta ante uno superior, para congraciarse con este muchas veces entrega un presente que puede ser insignificante, pero eso se anota y se considera para otros favores, estilo tarjeta de crédito ‘favoricard’.

El Ejército tampoco escapaba de esta corrupción, pues los soldados se libran de sus deberes de servicio pagando a los oficiales con otros favores; de este modo, los soldados pierden del mismo modo natural su tiempo en los regimientos, dedicándose a los placeres que encuentran en el acuartelamiento, favorecidos por los oficiales sobornados. Además de la renta de cada cual pagada mediante las arcas del estado, los soldados obtenían dinero del pillaje de algún robo mal informado.

El soborno, el tráfico de influencias y la extorsión reinan en este imperio; no hay excepción, es parte del sistema. El gobierno es considerado como una ‘empresa económica privada’, varios senadores saben cómo es el ‘procedimiento senatorial para enriquecerse’. Mas el enriquecimiento de los funcionarios —la mayor de las veces— se hace directamente de las arcas del Estado, por medio de las dietas que absorben la mayor parte de los fondos asignados.

Mientras tanto, el pueblo es oprimido en demasía, y como corderos poco reclaman; es difícil que se destituya a algún funcionario y, cuando se hace, es para calmar los ánimos de la gente.

Cuando la corrupción es demasiado explícita el funcionario puede ser sancionado o destituido, pero siempre eso demora o enceguece a la justicia, lo que significaba que el inculpado —a lo más— se queda sin empleo y, en el peor de los casos, no podrá volver a ejercer una actividad de Servicio Público; se conocen varios casos los que, sin embargo, posteriormente fueron reintegrados en otros lugares del aparataje.

Acceder al parlamento equivale a algo muy parecido a adquirir un título nobiliario, convirtiéndose en un importante honorable; algunos han logrado esta actividad casi de por vida.

Y es sabido que cada uno de los honorables tienen una tropa de protegidos, de clientes, a quienes disponen en funciones importantes por medio del intercambio de favores (uso de la ’favoricard’); así se identifican dos grandes clases de clientes: unos sometidos al patrón —que buscan sus favores o su protección— y otros que son buscados por los propios honorables, quienes influencian por medio de ellos.

De esta misma forma, las familias ricas pueden acceder hacer parte de la élite y comprar o mantener senadores; cargos muy costosos, pero pagaban con gusto para luego obtener favores.

Pero los excesos cansaron al pueblo y este Congreso se agotó porque la mediocridad fue tan grande que en algún instante debía esta democracia mal gestada sucumbir; por eso, está claro que fue un parlamento de mierda el romano… ¿o acaso usted creía que yo hablaba del parlamento local?

Basado en el libro ‘La vie privée dans l’Empire romain’ de Paul Veyne

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