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Yo no voto, porque son todos lo mismo

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Yo no voto, porque son todos lo mismo

REPITIERON TANTO ESTE DISCURSO antojadizo que la gallada se lo creyó y lo hizo propio. ¿A quién le conviene este predicado? A los grupos de poder, a los que mantienen secuestrado el poder. Si el ciudadano de a pie entendiera la importancia de ejercer su voto, no armaría en su cabeza la justificación de afirmar: ‘¿Qué saco con votar, si siempre salen los mismos?’ Y puede que tengan razón, pero para salir de los mismos hay que movilizarse en las alternativas.

En las últimas elecciones por Gobernadores Regionales en segunda vuelta, pudo verse uno de los peores síntomas de descomposición de este acto electoral que hemos tenido posibilidad de ser testigos, cuando vemos la Región Metropolitana —que tiene un universo votante que supera los cinco millones ochocientos mil electores— donde solo se movilizó un 25% de la masa electoral (vale decir, no superó el millón seiscientos mil votantes) por lo cual, quien se adjudica la Gobernación lo hace con algo más de un 13%, o sea muy difícilmente declare que su cargo es de legitimidad. Pero, hay otros lugares peores, como en la Región de Antofagasta en donde no más del 12% del electorado fue a votar, entendiendo que el padrón supera los 480 mil votantes y para esta elección concurrieron a sufragar tan solo 58 mil personas: quien sale electo tiene poco más de 7% del electorado total, algo así como quien hoy tiene el Gobierno Central y que, de existir el orden revocatorio, estaría fuera hace rato. Tema que ya lo he tocado en otras columnas.

La Cámara de Diputadas y Diputados visualiza la debacle electoral: pide la reposición del voto obligatorio, y puede que a más de uno incomode; claramente sabemos que detrás de un voto obligatorio hay intereses de algunos sectores, pensando en el método de ser ellos los que proponen candidatos y los corderos van obligados a sufragar; pero debe tenerse claro que hoy los corderos no están dormidos y puede que con una lógica de calculadora electoral se le vayan sus planes al carajo. Tampoco es bueno salir a premiar a los que —alineados con la idea de Sebastián Sichel— plantean que debe crearse una suerte de incentivo al votante: eso, derechamente sería cohecho y la verdad que el voto debe convertirse en un deber cívico y punto; las demás justificaciones son claramente desentender que la ciudadanía también debe tener algún mínimo de compromiso a la hora de barajar el naipe y no dejar que otros decidan por las mayorías. Ya ha sido mucho el tiempo en que el duopolio proponga lo que es bueno o malo, lo que se debe hacer y lo que no y, peor aún, con quiénes se debe gobernar.

Si entendieras el poder de tu voto y lo ejercieras con responsabilidad, muchos de los que hoy ostentan el poder partiendo por Sebastián Piñera no estarían ocupando cargos de relevancia nacional.

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El día que se ejerce el voto todos —por única vez— pesamos lo mismo frente al Estado; mi voto no vale más que el de la señora de la feria o menos que el empresario hediondo a lucas. Este tema no es como lo planteó la mujer esa que tiene apellido de ganado que afirmaba que su voto valía 10 veces más que el voto de una señora de población; pero bueno, en el mundo de la discriminación y de creernos más los unos frente a los otros, estos decires pueden darse muy seguido, más cuando los que han pronunciado las desigualdades hacen ver que no todos debemos estar en el mismo carril.

En un país rico donde la desigualdad marca la pauta de la pobreza, está más que claro que al menos podemos modificar posturas y comenzar desde ya a empoderarnos de nuestro espacio, del que nos toca vivir; para eso debemos hacer la pega hasta el final: no basta con la protesta en la Plaza de la Dignidad, con la consigna de libertad y trabajo para todos. Hay que saber movernos para que los mismos de siempre no sigan saliendo electos y luego nos repitan el mismo plato de pantrucas de todo el año.

Todo indica que el voto representa el principal mecanismo de participación ciudadana, razón por la cual le corresponde al Estado asumir la gran responsabilidad de proteger, auspiciar y fomentar el derecho del sufragio, cuando este sea el camino para que los ciudadanos participen en la conformación y control del poder político. Desde ahí hay una responsabilidad de entregar una adecuada educación cívica: entender cuál es el rol que cumple cada cargo en el escalafón social, abrir debates de conversación en todos los ámbitos posibles; estamos claros que quienes hoy usufructúan del poder esto como que les importa poco, es más: se han suprimido las clases de Filosofía de la malla curricular y lo correspondiente al ramo de Historia aun va con recreaciones antojadizas de quien arma los textos. Si no corregimos este tipo de situaciones, estamos lejanos de entender lo que es un voto y su gran significado.

El votar no es solo un ejercicio de marcar con un lápiz una preferencia: es entender profundamente que ese día, tú entregas tu confianza a alguien que te administrará el poder que le estás confiriendo y, de esta misma manera, darle poder no implica que se arranque con los tarros y termines teniendo a tu electo candidato, en el transcurso del tiempo, como tu represor enemigo y que, además, se convierta en un mini dictador desde su espacio adquirido por voluntad popular. Ahí es donde debemos estar muy atentos, y saber cómo se frenan este tipo de acciones desproporcionadas de la autoridad. Para lo mismo, deben quedar en la Constitución establecidos los deberes y derechos que ejerce la autoridad y sus sanciones al momento de excederse por sobre su cargo; para lo mismo sirven las Constituciones Políticas, esas que en momentos las vemos como algo muy poco servibles, por desconocimiento o ignorancia.

Cuando te digan que tu voto no te hará cambiar nada la vida que llevas hasta hoy desconfía de ese que te lo está predicando. Cuando te adviertan que elegir a una autoridad da lo mismo porque son todos iguales, desconfía de ese que te lo plantea así. Es probable que él desee empatar la cancha, entendiendo que los de su sector son tránsfugas y poco les interesa la democracia y solo la utilizan para acceder al poder, para luego olvidarse de sus electores.

La democracia se construye con más democracia; debe ser fortalecida desde las bases, tal como lo hacían los griegos y no como esta democracia estilo Romana que se centra en una élite política y la chusma se utiliza para avalar sus malas prácticas a las que nos han pretendido acostumbrar por décadas.

Ejerce tu voto y si se da como una obligación, entiéndelo no como un malestar sino como la única forma de movernos para mover a los que juegan a la silla musical y nos engrupen cada cuatro años con sus izquierdas resentidas y sus derechas amargadas. No olvides que todo lo podemos cambiar si nos empoderamos y ocupamos los espacios que dejamos libres para que una tropa de ineptos por tiempo en demasía los ocupen por nosotros. Si no votas no te quejes y, por último, si no te convence nadie, ¿qué esperas por reemplazar tú a ese nadie y hacerte parte del círculo del poder presentando tus propuestas? Mira lo que sucedió en las elecciones para Convencionalistas Constitucionales: más de un 64% fueron electos fuera de los partidos políticos, es decir, de la gente que estuvo en la calle y salió desde las organizaciones de base. ¿Ves cómo sí se puede doblegar ese poder apernado?

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